La grafomotricidad es el trabajo previo a la escritura: todo lo que la mano
tiene que saber hacer antes de que le pidamos una letra. Suena técnico y en
realidad es muy concreto — sujetar el lápiz sin agarrotarse, arrancar un trazo
donde toca, mantener la dirección, parar a tiempo y volver a empezar sin
cansarse.
Es la parte que más se salta. Se compra el cuaderno de letras, el niño coge
el lápiz como puede, y al mes la conclusión es que «le cuesta escribir». Pero
lo que le cuesta casi nunca es la letra: es el control del trazo, que es lo
que había que entrenar antes y por separado.
Qué se entrena exactamente
Debajo de un trazo hay tres cosas distintas, y conviene separarlas porque
fallan por separado.
La fuerza y la resistencia de la mano. Un niño de cuatro
años se cansa de escribir mucho antes de aburrirse. Cuando el trazo empieza a
temblar o a salirse de la línea, casi siempre es la mano, no la atención. Esto
se trabaja tanto con el lápiz como fuera de él: pinzas de la ropa, plastilina,
rasgar papel, abrochar botones.
El control de la dirección. Una línea recta hacia abajo, una
inclinada, una onda. Parece poca cosa hasta que se mira una letra: la
m son tres bajadas y dos curvas encadenadas sin soltar. Quien no
controla una onda suelta no puede encadenar tres.
La coordinación entre lo que ve y lo que hace la mano. Ver
un punto y llevar el lápiz hasta él. Ver un carril y no salirse. Esto es lo que
está haciendo el niño cuando pasa el dedo por un laberinto sin tocar las
paredes, y por eso los laberintos aparecen en todos los cuadernos de esta edad
aunque no tengan ni una letra.
Para ese tercer punto va bien empezar en la pantalla antes que en el papel:
en el juego Traza las letras el dedo sigue
un contorno punteado y el juego avisa en el momento en que se sale, cosa que
un papel no hace. El niño corrige sobre la marcha en lugar de descubrir al
final que la línea quedó torcida. Cuando el trazo ya sale limpio con el dedo,
el lápiz encuentra el camino hecho.
En qué orden van los trazos
El orden no es un capricho: cada trazo prepara al siguiente, y saltárselo se
paga después.
- Líneas verticales. De arriba abajo, siempre en esa
dirección. Es el trazo más simple y el que fija la costumbre de empezar por
arriba, que luego vale para casi todas las letras.
- Líneas inclinadas. Mismo movimiento, pero obligando a la
mano a salirse de la vertical cómoda.
- Ondas y zigzags. Aquí aparece lo importante: cambiar de
dirección sin levantar el lápiz. Es el primer trazo que se parece de verdad a
escribir.
- Ganchos y bucles. Curvas cerradas y aperturas. De aquí
salen la l, la e y media docena más.
- Óvalos. Los últimos, y con razón: exigen cerrar la figura
donde se empezó, que es lo más difícil de todo. La a, la o,
la d y la g son óvalos con algo pegado.
Un error corriente es empezar por los óvalos porque «la o es la letra más
fácil». Es la más fácil de reconocer y de las más difíciles de dibujar.
Cuándo está listo para el lápiz
No hay una edad, hay señales. Merece la pena mirarlas antes de comprar el
primer cuaderno de letras:
- Sujeta el lápiz con tres dedos y no con el puño cerrado. Si lo agarra con
el puño, todavía no.
- Puede pintar dentro de una figura grande sin salirse demasiado.
- Aguanta cinco minutos seguidos dibujando sin quejarse de la mano.
- Copia una cruz y un círculo mirando un modelo.
Si tres de las cuatro se cumplen, adelante. Si no, no pasa nada: se sigue
trabajando la mano de otras maneras y se vuelve dentro de unos meses. Empezar
tarde no deja huella; empezar demasiado pronto sí, porque instala una forma de
coger el lápiz que luego cuesta muchísimo cambiar.
Cómo se trabaja en casa sin que sea un suplicio
Sesiones cortas. Cinco o diez minutos. La grafomotricidad
cansa la mano de verdad, y una hoja terminada con la mano agotada no vale nada:
la segunda mitad sale peor que la primera y lo que el niño se lleva es la
sensación de que le sale mal.
Primero el dedo, después el lápiz. Que recorra la línea con
el dedo dos veces antes de coger nada. El dedo le enseña al brazo el recorrido,
y cuando llega el lápiz la mano ya sabe por dónde va. Es el paso que más se
salta y el que más ahorra.
Grande antes que pequeño. Trazos en un folio entero, en una
pizarra, en la arena, con el dedo en el cristal empañado. El movimiento amplio
sale del hombro y del codo; el pequeño, de los dedos. En ese orden.
No corregir el trazo mientras lo hace. Corregir a mitad de
línea rompe justo lo que se está entrenando, que es sostener un movimiento de
principio a fin. Se mira al terminar.
Nada de borrar. Si sale torcido, se hace otro al lado. Borrar
convierte el ejercicio en una evaluación, y a los cuatro años eso sobra.
Lo que no hay que hacer
Dos cosas concretas, porque son las que más se ven.
La primera es pedir letras antes de tiempo. Escribir el
nombre está muy bien como juego, pero no sustituye al trabajo de trazo. Un niño
puede dibujar su nombre de memoria, como quien copia un dibujo, sin haber
entrenado ni uno de los movimientos de debajo.
La segunda es medir el progreso por lo bonito que queda. Lo
que se mira a esta edad es si el trazo empieza donde tiene que empezar, si
mantiene la dirección y si llega al final sin pararse. La regularidad y la
elegancia llegan solas, y bastante más tarde.
Cómo practicarlo jugando
La pantalla no sustituye al papel, pero tiene una ventaja concreta: avisa en
el momento. En papel, el niño descubre que se salió cuando ya terminó la línea.
Traza las letras recorre el abecedario
entero letra a letra, con el orden de escritura correcto y una palabra de
ejemplo para cada una. Repasar los números
hace lo mismo con las cifras, que suelen entrar antes que las letras y son un
buen sitio para empezar.
Y para la coordinación entre ojo y mano sin lápiz de por medio,
Laberinto: se lleva al perrito hasta su casa con
el dedo, sin atravesar paredes. Es el mismo control que hace falta para no
salirse del renglón, sin que parezca un ejercicio.
Antes que las letras está Repasa el camino, que va por los trazos en este mismo orden: recta, palotes, onda, zigzag, montañas, ganchos y bucles. El camino lleva siempre a alguna parte —la abeja a la flor, el conejo a la zanahoria—, y con esa meta delante el niño de tres años llega hasta el final en vez de dejarlo a la mitad.
Qué imprimir
Para llevarlo al papel en el orden que hemos visto, las fichas de
trazos y líneas van
justo en esa secuencia: una hoja de rectas e inclinadas, una de ondas y
zigzags, y una de ganchos, óvalos y bucles. Tres hojas dan para varias semanas
si se hace una por sesión, que es lo recomendable.
Después de las rectas y las ondas sueltas viene el trazo continuo, que es lo
que pide la letra ligada: las fichas de
bucles y ondas son tres
hojas en las que el lápiz no se levanta de un extremo al otro del renglón.
Cuando el trazo ya se sostiene, los
laberintos para 4 y 5 años
son el paso siguiente: obligan a planificar antes de trazar, que es lo que
todavía no pide una hoja de líneas. Sobre por qué el laberinto trabaja bastante
más de lo que parece, y cómo acompañar cuando el niño se atasca, va
este otro artículo.
Lo esencial
La grafomotricidad es lo que hace que escribir no duela después. Se trabaja
en un orden concreto — rectas, inclinadas, ondas, ganchos, óvalos —, en
sesiones de cinco o diez minutos, y empezando siempre por el dedo antes que por
el lápiz.
La prisa es el único error caro. Un mes de más preparando la mano no se nota
en nada; un año escribiendo con el lápiz mal cogido se nota durante toda la
primaria.