El laberinto tiene mala fama de relleno: la página que se pone cuando no se sabe qué poner. Y sin embargo aparece en absolutamente todos los cuadernos de infantil, en todas las editoriales y en todos los países. No es casualidad — es que en un solo ejercicio se juntan cuatro cosas que normalmente hay que entrenar por separado.

Las cuatro cosas que pasan a la vez

Planificar antes de actuar. Un laberinto se puede resolver a lo bruto, metiéndose por el primer hueco y volviendo cuando no hay salida. También se puede mirar primero. La diferencia entre esas dos formas es exactamente lo que se entrena aquí, y es la misma diferencia que aparece años después al resolver un problema de matemáticas: leerlo entero o empezar a sumar números en cuanto se ven.

Sostener un objetivo. Mientras recorre pasillos, el niño tiene que acordarse de adónde iba. Parece obvio y no lo es: a los cuatro años es frecuente que se pierda el objetivo por el camino y el lápiz acabe paseando por el dibujo. Cada laberinto es un rato de mantener una meta en la cabeza mientras las manos hacen otra cosa.

Inhibir el impulso. El camino correcto casi nunca es el primero que se ve. Frenar la mano que ya iba hacia allí es un músculo mental concreto, y es el mismo que hace falta para no gritar la respuesta antes de que acaben la pregunta.

Controlar el trazo. Lo más visible: llevar la línea sin tocar las paredes es control de la mano, ni más ni menos. Un laberinto es una hoja de grafomotricidad disfrazada de juego, con la ventaja de que el niño no la vive como ejercicio.

Ese último punto es el que hace que el laberinto funcione tan bien en pantalla antes que en papel. En Laberinto el recorrido se hace con el dedo y las paredes son de verdad: no se puede atravesarlas, así que el error se nota en el momento en vez de quedar dibujado en la hoja. Para un niño que todavía se frustra al ver su línea torcida, ese matiz cambia bastante la tarde.

Qué dificultad va con cada edad

La dificultad de un laberinto no es cuánto ocupa, sino cuántas decisiones tiene. Un laberinto enorme con un solo camino es fácil; uno pequeño con seis bifurcaciones no lo es.

Tres años. Caminos anchos, sin bifurcaciones o con una sola. A esta edad el ejercicio es de trazo, no de lógica: llevar la línea de un lado a otro sin salirse ya es todo el trabajo.

Cuatro años. Dos o tres bifurcaciones y algún callejón sin salida corto. Aquí empieza de verdad lo de mirar antes de trazar. El primer callejón sin salida es un momento importante y conviene no estropearlo — de eso va el apartado siguiente.

Cinco años. Rejillas de verdad, con varios caminos falsos y callejones largos. Un niño de cinco puede recorrer el camino con la mirada y decidir antes de bajar el lápiz, que es la habilidad completa.

Seis y siete. Además de complicar la rejilla, cambia el tipo: laberintos con reglas (pisar solo determinadas casillas), con números, con recorridos que hay que hacer en un orden. Ahí ya no se entrena la mano sino el razonamiento.

La señal de que la dificultad es la correcta: el niño se equivoca alguna vez pero termina. Si acierta siempre a la primera, aburre; si abandona a mitad, sobra dificultad para hoy.

El momento del callejón sin salida

Aquí es donde el adulto suele estropearlo, con toda la buena intención.

El niño se mete por donde no era y se queda parado. La tentación es inmediata: señalar el camino bueno, o peor, borrar la línea para que quede limpio. Las dos cosas quitan justo la parte valiosa del ejercicio.

Lo que hay que hacer es más aburrido y funciona mejor: que vuelva por su propia línea hasta la última bifurcación. Sin borrar nada. La línea que retrocede no afea la hoja, es el registro de cómo se resolvió. Y el aprendizaje real no es «encontré el camino», es «me equivoqué, volví y probé otro» — que resulta ser bastante más útil en la vida que salir del laberinto.

Si se queda bloqueado de verdad, la ayuda que menos estorba es tapar con la mano una parte del dibujo para reducir las opciones, o preguntar «¿por dónde crees que no es?». Señalar la solución cierra el ejercicio; reducir el campo lo mantiene abierto.

Cuánto y cuándo

Uno o dos laberintos por sesión. Son más exigentes de lo que parecen: exigen atención sostenida, y la atención sostenida a los cuatro años dura poco. Tres laberintos seguidos acaban en un cuarto resuelto de cualquier manera.

Van especialmente bien como transición: después del parque y antes de cenar, cuando hace falta bajar revoluciones pero todavía no toca estarse quieto del todo. Un laberinto ocupa las manos y calma sin exigir estar callado.

Y un detalle que ayuda más de lo que parece: dejar que elija cuál hacer primero de los tres. La sensación de haber elegido cambia la disposición con la que se sienta.

Cuando el laberinto normal ya aburre

Llega un momento en que el niño los resuelve del tirón y pierde la gracia. Antes de subir de tamaño, que suele cansar más que enseñar, van mejor estas tres variantes.

Al revés. Empezar por la meta y llegar a la salida. Es el mismo laberinto y se resuelve distinto, porque desde el final hay menos caminos falsos y el niño lo descubre solo.

Sin lápiz. Recorrerlo con la mirada y decir en voz alta por dónde va: «arriba, arriba, a la derecha». Cuesta bastante más y trabaja de lleno la memoria de trabajo, porque hay que sostener el recorrido sin dejar rastro.

Con reglas. Un tablero sin paredes donde solo se puede pisar determinadas casillas — las rojas, las redondas, los números pares. Ya no es un ejercicio de trazo sino de clasificar mientras se avanza, y funciona muy bien a partir de los seis años.

Y una que gusta más de lo esperable: que sea el niño quien dibuje un laberinto para el adulto. Para inventar uno hay que entender por dentro cómo funcionan, y de paso se descubre enseguida si lo que había entendido era el camino o el dibujo.

Cómo practicarlo jugando

Laberinto es la versión en pantalla: el tablero crece con el nivel, de 4×4 a 7×7, así que la dificultad se ajusta sola según cómo va el niño y no hay que estar eligiendo hojas.

Para la parte de planificación sin trazo de por medio, ¿Qué viene después? trabaja lo mismo por otro lado: descubrir la regla antes de responder, en vez de probar a ver. Y Encuentra el objeto entrena la búsqueda ordenada dentro de una escena llena de cosas, que es lo que hace el niño cuando recorre un laberinto con la mirada antes de bajar el lápiz.

Qué imprimir

En papel, los laberintos para 4 y 5 años vienen en dificultad creciente: dos fáciles para empezar y uno medio, en tres hojas A4. Están pensados para hacer uno por sesión, no los tres de una vez.

Si el trazo todavía se sale mucho de los pasillos, conviene volver un paso atrás y trabajar antes las fichas de trazos y líneas: el laberinto pide control de la mano y planificación al mismo tiempo, y si la mano no está, la planificación se pierde peleando con el lápiz.

Lo esencial

El laberinto no es relleno: junta planificación, memoria de trabajo, control del impulso y trazo en un ejercicio que el niño hace por gusto. La dificultad se mide en decisiones, no en tamaño, y está bien elegida cuando se equivoca alguna vez pero termina.

Y el callejón sin salida no es el fallo del ejercicio: es el ejercicio. Que vuelva por su línea, sin borrar, y que pruebe otro camino.