«Ya tiene seis años y sigue contando con los dedos.» Es de las frases que
más se oyen y de las que más daño hacen, porque detrás casi siempre viene la
decisión de prohibirlos. Y prohibir los dedos no acelera nada: lo único que
consigue es que el niño los esconda debajo de la mesa y cuente igual, con más
esfuerzo y menos precisión.
Contar con los dedos es una fase, no un vicio. Se pasa sola, y se pasa antes
si se trabaja lo que hay debajo en vez de pelearse con el síntoma.
Qué tiene que estar antes de sumar
Antes de la primera suma hacen falta tres cosas. Si falla alguna, las fichas
de sumas no arreglan nada: se rellenan de memoria o a boleo.
Contar de verdad, no recitar. Hay una diferencia enorme
entre decir «uno, dos, tres, cuatro, cinco» de carrerilla y señalar cinco
objetos asignando un número a cada uno sin repetir ni saltarse ninguno. Lo
segundo se llama correspondencia uno a uno y es la base de todo lo demás.
Saber que el último número dicho es cuántos hay. Suena
absurdo hasta que se prueba: se cuentan cinco fichas juntos, se pregunta
«¿cuántas hay?» y el niño vuelve a contarlas desde el principio. Todavía no ha
hecho clic que el «cinco» del final era la respuesta.
Reconocer cantidades pequeñas de un vistazo. Ver tres cosas
y saber que son tres sin contarlas. Es lo que hace que el dado se lea de golpe.
Sin esto, cada suma obliga a contar los dos sumandos desde cero.
Ese último punto es el que más se puede entrenar jugando, y también el que
más rápido se nota. En A contar el niño toca los
objetos uno a uno y elige el número — trabaja la correspondencia y el
reconocimiento a la vez, con cantidades que crecen a medida que acierta. Cuando
los grupos de tres y cuatro empiezan a salir sin tocar, ya se puede sumar.
Cómo se suma de verdad al principio
Las sumas no se aprenden todas igual. Hay una progresión, y saltársela es lo
que convierte las fichas en un suplicio.
- Contar todo. 3 + 2: cuenta tres, cuenta dos, cuenta las
cinco desde el principio. Es lento y es correcto.
- Contar desde el mayor. 3 + 2: dice «tres» y sigue «cuatro,
cinco». Este salto es importante y muchas veces hay que enseñarlo
explícitamente: empieza por el número grande, es menos trabajo.
- Hechos memorizados. Los dobles primero (2+2, 3+3, 4+4),
luego los que suman diez (7+3, 6+4). Salen de memoria porque se han repetido,
no porque se hayan estudiado.
- Derivar unos de otros. «Si 4+4 son 8, entonces 4+5 son 9.»
Aquí ya no está contando: está razonando con números. Este es el destino.
Los dedos aparecen en los pasos uno y dos y sobran en el tres y el cuatro.
Es decir: desaparecen cuando hay suficientes hechos memorizados, no cuando se
prohíben. La forma de acelerar es dar más ocasiones de repetir, no menos.
La descomposición, que es la clave y casi nadie trabaja
Si hubiera que elegir una sola cosa para trabajar entre los cinco y los seis
años, sería esta: saber que el 7 son 5 y 2, y también 6 y 1, y también 4 y 3.
Un niño que domina las descomposiciones del 10 tiene resueltas de golpe las
sumas hasta 10, las restas hasta 10 y, más adelante, todo el cálculo con
llevadas — porque «8 + 5» se resuelve partiendo el 5 en 2 y 3 para completar la
decena. Sin eso, cada suma nueva es un problema nuevo.
Se trabaja con cosas, no con papel: siete garbanzos, se tapan unos cuantos
con la mano, ¿cuántos hay debajo? Cinco minutos al día durante unas semanas
valen más que un cuaderno entero de sumas. En pantalla,
Descompón el número hace exactamente
ese ejercicio — el número se parte en dos y falta una de las dos partes.
Cuándo tocan las fichas de sumas
Las fichas no enseñan a sumar. Sirven para afianzar y automatizar lo que ya
se entiende, y ese es su único trabajo. La señal de que ha llegado el momento
es concreta: el niño resuelve sumas pequeñas con objetos sin dudar y ha
empezado a contar desde el número mayor.
Si todavía necesita contarlo todo desde cero, la ficha va a ser veinte veces
el mismo esfuerzo y ninguna práctica útil. Toca volver a los garbanzos.
Cuando sí toca, media hoja de una sentada es suficiente. Veinte sumas
seguidas cansan a cualquiera de cinco años, y las últimas se rellenan como sea:
no miden nada y encima dejan la sensación de haber fracasado en algo que se
sabía hacer.
Dónde practicar sin cuadernos
Lo que automatiza el cálculo es la cantidad de repeticiones, y la mayoría
no tienen por qué ser en papel. Tres sitios donde salen solas:
Los dados. Cualquier juego de mesa con dos dados obliga a
sumar decenas de veces por partida sin que nadie lo llame ejercicio. Además es
donde mejor se aprende a reconocer cantidades de un vistazo, porque leer un
dado contando los puntos uno a uno se hace insoportable enseguida.
Las cartas. La baraja da para mucho: cada uno levanta una
carta y gana quien tenga el número mayor — ahí se compara; o se levantan dos y
gana quien sume más — ahí se suma. Con una baraja del uno al diez está todo el
rango que hace falta.
La compra y la mesa. Poner los cubiertos para cinco cuando
ya hay dos puestos, contar cuántas manzanas faltan para media docena, repartir
las galletas entre tres. Son sumas de verdad, con un motivo de verdad, y
además de sumar aparece el reparto, que es la puerta de la división.
Qué no hacer
Cronometrar. La velocidad llega con la repetición, no con
la presión. Un niño al que se le mide el tiempo cuenta peor, no mejor.
Corregir sobre la marcha. Mejor dejar que termine la hoja y
repasarla después juntos. Interrumpir en cada fallo rompe la concentración y
convierte el ejercicio en un examen.
Saltar a las decenas porque «esto ya lo sabe». Saber sumar
hasta 10 con soltura es la base entera. Pasar a 20 con las sumas hasta 10 a
medias garantiza tener que volver.
Cómo practicarlo jugando
La ventaja de la pantalla aquí es la cantidad de repeticiones sin que
parezcan repeticiones. Sumar jugando plantea
sumas con dibujos, así que el niño puede contar si lo necesita o responder
directo si ya le sale — y el rango crece solo según acierta.
A contar es el paso previo, para cuando
todavía hace falta afianzar el conteo. Y
Descompón el número es el que de
verdad marca la diferencia a medio plazo, aunque parezca el más raro de los
tres.
Diez minutos al día de estos tres dan más repeticiones que un cuaderno, y
sin la parte de pelearse con el lápiz — que es un problema distinto y se trabaja
por su lado.
Qué imprimir
Cuando el cálculo mental ya va suelto, las fichas de
sumas hasta 10 dan cuarenta
operaciones en dos hojas A4 para automatizar. Media hoja por sesión.
Cuando la suma ya sale, las restas
hasta 10 son el paso siguiente: el mismo tramo de números en el otro
sentido, que cuesta bastante más de lo que parece. Y si el niño ya no necesita
contar para nada de eso, las sumas
y restas hasta 20 cruzan la decena, que es donde el cálculo deja de poder
resolverse con los dedos.
Y si lo que falla todavía es la atención sostenida más que el cálculo, los
laberintos son mejor punto de
partida: piden concentración durante un rato largo sin exigir nada de
matemáticas.
Lo esencial
Los dedos no son el problema. Son la prueba de que el niño entiende lo que
está haciendo, y desaparecen solos cuando hay suficientes resultados
memorizados.
Lo que acelera de verdad no son más fichas de sumas: es trabajar las
descomposiciones —que el 7 son 5 y 2— y enseñar explícitamente a contar desde
el número mayor. Las fichas vienen después, para automatizar lo que ya se
entiende.