El español tiene una virtud que sus hablantes damos por hecha y que a un
niño le ahorra un año entero de trabajo: se lee casi exactamente como se
escribe. Una letra, un sonido, y muy pocas excepciones. Un niño inglés tiene
que memorizar que through, though y tough acaban
igual y suenan distinto; el nuestro no tiene que memorizar prácticamente nada,
solo entender el mecanismo.
Ese mecanismo es la sílaba. No la letra: la sílaba. Y entender la diferencia
es la mitad del camino.
Por qué la sílaba y no la letra
Cuando un adulto piensa en «aprender a leer», suele imaginar al niño
aprendiéndose el abecedario. Es lo que casi todos hicimos, y es justamente el
paso que más frena.
El problema está en que el nombre de la letra y su sonido no son lo mismo. La
m se llama «eme» pero suena «mmm». Si el niño aprende el
nombre, al ver mamá lee «eme-a-eme-a», y de ahí no sale
mamá por mucho que se esfuerce. Se queda atascado en un sitio donde no
hay salida, se frustra y concluye que leer es imposible.
Con el sonido pasa lo contrario: «mmm» + «a» da «ma» sin ningún truco
intermedio, y de «ma» + «má» sale la palabra entera. Por eso el primer objetivo
no es que sepa cómo se llaman las letras —eso llega solo—, sino que sepa cómo
suenan. En Aprende las letras cada
letra se presenta con su sonido y con una palabra que empieza por ella, que es
exactamente el orden útil.
Una vez que suenan, se juntan. Y ahí empieza lo bueno.
El orden que funciona
No todas las sílabas cuestan lo mismo, y hay un orden bastante establecido
que evita choques innecesarios.
Primero, las cinco vocales. Son las únicas letras que suenan
solas y son las que llevan la voz de cada sílaba. Conviene que estén muy
asentadas antes de seguir: reconocerlas escritas, decirlas, buscarlas dentro de
palabras.
Después, las consonantes que se pueden alargar. La
m, la s, la l, la
n y la f tienen una ventaja enorme: se pueden
sostener con la voz. Puedes decir «mmmmm» todo lo que quieras, y eso permite
enseñar la unión estirando el primer sonido hasta que el niño oye cómo se funde
con la vocal: «mmmm-aaaa», «ma». Con una p eso no se puede
hacer, porque la p es un golpe y no se estira.
Luego, las de golpe. P, t, d, b. Aquí ya no vale estirar,
pero para entonces el niño ya ha entendido el mecanismo y solo tiene que
aplicarlo.
Y al final, las tramposas. Las que cambian según la vocal
que llevan al lado o las que se escriben con dos letras: ca-que-qui-co-cu,
ga-gue-gui-go-gu, la r suave y la rr
fuerte, la h que no suena. Estas se dejan para cuando lo demás
va rodado, y se explican de una en una cuando aparecen. En
las páginas del abecedario cada letra lleva anotada su
particularidad, que es donde se concentra casi toda la dificultad real del
español.
De la sílaba a la palabra
Aquí hay un salto que conviene no saltarse. Muchos niños leen «ca», leen
«sa» y no consiguen leer casa: para cuando llegan a la segunda sílaba,
se les ha olvidado la primera. No es un problema de lectura, es de memoria de
trabajo, y se resuelve con tiempo y con palabras cortas.
Lo que ayuda de verdad:
- Empezar por palabras de dos sílabas iguales —
mamá, papá, nene, tata — donde la segunda
ya se sabe porque es la primera repetida.
- Separar las sílabas visualmente las primeras semanas:
escribir ca-sa con guion o en dos colores.
- Dejar que relea. Leer una palabra dos o tres veces
seguidas no es hacer trampa; es como pasa de descifrar a reconocer.
- Palabras que signifiquen algo para él. Su nombre, el del
perro, pan, sopa. Leer una palabra inventada no engancha a
nadie.
Un ejercicio que rinde mucho y no parece un ejercicio: dar palmadas a las
palabras. Ca-sa, dos palmadas. Bi-ci-cle-ta, cuatro. Antes de
leer nada, oír cuántos golpes de voz tiene una palabra prepara el terreno
entero. Es lo que hace Cuántas sílabas, y
se puede jugar igual de bien en el coche sin ninguna pantalla.
Cuánto tiempo y con qué frecuencia
Cinco o diez minutos, casi todos los días. No más.
Esto suena a poco y es lo contrario: una sesión corta diaria adelanta mucho
más que una hora el domingo, porque lo que consolida la lectura es la
repetición espaciada, no la cantidad de una vez. Además, a los cinco años la
atención sostenida da para lo que da, y estirar la sesión solo consigue que el
niño acabe cada día con mala cara — que es la forma más rápida de que se niegue
a la sexta.
Y un detalle que cambia bastante las cosas: no hace falta que sea sentados en
la mesa. Leer el cartel del supermercado, el nombre de una calle o lo que pone
en un yogur cuenta igual, y encima demuestra para qué sirve todo esto.
Cuando se atasca
Se va a atascar. Todos lo hacen, y casi siempre por una de estas tres cosas:
Adivina en vez de leer. Ve la p inicial y suelta
perro aunque ponga pato. Es buena señal en el fondo —
significa que está intentando llegar al significado —, pero hay que cortarlo:
tapa la palabra con el dedo y descúbrela sílaba a sílaba.
Confunde letras parecidas. La b y la d, la
p y la q. A los cinco y seis años es completamente normal y no
significa nada: son la misma forma girada, y distinguirlas es un asunto de
orientación espacial más que de lectura. Se trabaja mejor con juegos de
posición que insistiendo con las letras.
Se cansa a los dos minutos. Casi siempre quiere decir que el
nivel está por encima. Bajad un peldaño — palabras más cortas, sílabas ya
conocidas — y volved a subir cuando vaya suelto. Un éxito fácil devuelve las
ganas mucho antes que un reto bien intencionado.
Lo que no ayuda nunca es comparar con otro niño. Entre dos niños de cinco
años puede haber un año entero de diferencia de madurez y estar los dos
perfectamente. La velocidad a la que arranca la lectura predice muy poco sobre
cómo leerá a los diez.
Cómo practicarlo jugando
La pantalla aporta aquí algo concreto que el papel no da: la voz. El niño
puede oír la sílaba tantas veces como quiera sin que nadie se canse de
repetírsela.
Leer por sílabas va justo en el orden
de esta guía: primero sílabas sueltas con las consonantes que se estiran,
después palabras de dos sílabas y al final palabras más largas. Cada sílaba se
oye antes de elegir, así que el niño puede comprobar por sí mismo si lo que ha
leído suena bien.
Primer sonido trabaja el paso anterior,
el que muchas veces se salta: oír con qué empieza una palabra. Es lo que mejor
predice si la lectura va a arrancar con facilidad, y se entrena sin ver una sola
letra.
Y cuando ya lee sílabas sueltas,
Forma la palabra le pone a montarlas al
revés: dadas las piezas, construir la palabra que corresponde al dibujo. Leer y
escribir se apoyan la una en la otra, y este es el puente.
Qué imprimir
El papel entra en cuanto empieza a copiar letras, y conviene que la mano
llegue preparada. Las fichas de
trazos y líneas son el
trabajo previo: rectas, ondas y bucles antes de que aparezca ninguna letra. Si
la mano no aguanta, escribir se convierte en un castigo y la lectura se
contamina de eso.
Y cuando esos trazos ya salen, los
bucles y ondas trabajan el
trazo continuo, que es el que hace falta en cuanto las letras empiezan a unirse
unas con otras.
Sobre en qué orden van esos trazos y cómo saber si el niño está listo para el
lápiz, va este otro
artículo. Y si aún estáis decidiendo cuándo empezar con todo esto,
aquí están las señales que sí
sirven para decidirlo.
Lo esencial
En español se lee por sílabas, y el camino es siempre el mismo: primero el
sonido de cada letra —no su nombre—, después las vocales, después las
consonantes que se pueden estirar, y al final las tramposas. De la sílaba a la
palabra hay un salto que pide paciencia y palabras cortas.
Cinco minutos al día, todos los días, y ninguna prisa. La lectura no se
adelanta apretando: se consolida repitiendo. Y el único error que sale caro es
el de las letras por su nombre, porque lleva a un sitio del que hay que salir
desandando.