De todo lo que se puede corregir antes de que empiece Primaria, coger bien
el lápiz es lo que mejor relación esfuerzo-resultado tiene. A los cuatro años
se arregla en unas semanas y casi sin darse cuenta. A los ocho, cuando la mano
lleva tres años escribiendo de otra forma, cuesta meses de trabajo consciente —
y para entonces el niño ya escribe mucho y se cansa mucho.
No es una cuestión de estética. Una mano mal colocada se agarrota antes, y
un niño que se cansa a los cinco minutos escribe menos, peor y con peor humor
que uno que aguanta veinte.
Cómo es la pinza que buscamos
Se llama pinza trípode y es la que usa casi todo el mundo que escribe mucho:
- El lápiz descansa sobre el dedo corazón, que hace de
soporte.
- El pulgar y el índice lo sujetan por
arriba, formando un círculo, sin apretar.
- Los dos dedos que quedan —anular y meñique— se recogen hacia la palma y
se apoyan en la mesa. Son el trípode: estabilizan la mano.
- El lápiz se coge a unos dos centímetros de la punta y se inclina hacia el
hombro.
- La muñeca apoya en la mesa. El movimiento sale de los dedos, no del
brazo.
Ese último punto es el que más se nota. Un niño que mueve el brazo entero
para hacer una letra no puede escribir rápido nunca: el brazo es demasiado
grande para hacer trazos pequeños.
Hay un detalle de esa lista que se pasa por alto y decide bastante: el
lápiz no debe apoyarse en el nudillo del índice sino en el
lado del corazón. Es un centímetro de diferencia y cambia todo — si se
apoya más arriba, la mano se cierra y el movimiento vuelve a salir de la muñeca.
La forma rápida de comprobarlo es mirar el hueco entre el pulgar y el índice:
tiene que quedar un círculo abierto, no un puño aplastado.
Otra señal fiable es la presión. Si al levantar la hoja se nota el relieve del
trazo por detrás, el niño aprieta demasiado — casi siempre porque compensa con
fuerza lo que le falta de control. Ahí no hay que corregir la posición sino
bajar la exigencia: trazos grandes, rotulador grueso y nada de renglones
pequeños durante unas semanas. Un juego como
Une los puntos viene bien justo en ese
momento, porque entrena el recorrido y la puntería sin gastar mano.
Qué se espera a cada edad
La forma de coger el lápiz no aparece de golpe: pasa por etapas, y las
primeras son normales aunque parezcan un desastre.
- 2–3 años: puño cerrado, lápiz atravesado en la mano y
movimiento desde el hombro. Es lo que toca.
- 3–4 años: el lápiz empieza a subir hacia los dedos,
aunque a menudo con los cuatro dedos por encima. El movimiento baja al
codo.
- 4–5 años: aparece la pinza de tres dedos, todavía rígida
y con la mano tiesa.
- 5–6 años: pinza trípode suelta, con la muñeca apoyada.
Aquí es donde debería estar antes de que escribir se convierta en la
actividad principal del día.
Si a los cinco años sigue en la fase del puño, merece la pena dedicarle
tiempo. No es tarde, pero ya no se arregla solo.
El error más común no es el que parece
Lo que casi todos los padres intentan primero es colocar los dedos y decir
«así». Y casi nunca funciona, por un motivo sencillo: si la mano no
tiene fuerza suficiente, la pinza correcta es incómoda. El niño la
mantiene diez segundos por complacer y vuelve al puño en cuanto se distrae, no
por cabezonería sino porque con el puño no se le cansa.
La consecuencia práctica es importante: antes de corregir la posición hay
que fortalecer la mano. Y eso no se hace escribiendo.
Lo que de verdad fortalece la mano
Todo lo que exija pellizcar, apretar o separar los dedos:
- Pinzas de la ropa. Ponerlas en el borde de una caja es
exactamente el gesto de la pinza trípode, con resistencia.
- Plastilina. Hacer bolitas pequeñas con las yemas —no
churros con la palma— trabaja justo los dedos que sujetan.
- Recortar con tijeras. De lo más completo que hay, y de lo
que menos se hace en casa por miedo al desastre.
- Rasgar papel en tiras finas, con las dos manos.
- Abrochar botones, subir cremalleras, apretar un pulverizador
de agua para regar las plantas.
- Colorear de pie, con el papel pegado a la pared. Obliga
a sostener la muñeca y cansa mucho menos de lo que parece.
Diez minutos de esto al día durante un mes cambian más la letra que
cualquier cuaderno de caligrafía.
Trucos para colocar los dedos
Cuando la mano ya tiene fuerza, colocar la pinza es casi un juego:
La pinza del pañuelo. Se le da un pañuelo de papel arrugado
para que lo sujete con el anular y el meñique contra la palma. Con esos dos
dedos ocupados, los otros tres no tienen más remedio que hacer la pinza.
Funciona a la primera con muchos niños.
El lápiz corto. Un lápiz de dos o tres centímetros no se
puede coger con el puño: no hay sitio. Los ceras cortas y gordas de los más
pequeños están pensadas exactamente para eso.
Levantar y dejar caer. Se pone el lápiz en la mesa con la
punta hacia el niño, se pellizca por la mitad con dos dedos, se levanta y se
deja rodar hacia la base de los dedos. La pinza sale sola.
Lo que no funciona es recordárselo cada dos minutos mientras dibuja. Se
corrige antes de empezar, una vez, y se deja en paz: la corrección constante
consigue que el niño asocie el lápiz con que le riñan.
Zurdos: dos cosas que cambian
Un niño zurdo no coge el lápiz «al revés»: lo coge igual, en espejo. Lo que
sí conviene ajustar es otra cosa.
Primero, el papel se inclina hacia el otro lado — la esquina
superior derecha hacia arriba, no la izquierda. Sin esa inclinación, la mano
tapa lo que acaba de escribir y aparece la postura de gancho, con la muñeca
doblada por encima del renglón, que es incómoda y cansa.
Segundo, que coja el lápiz un poco más arriba, a unos tres
centímetros de la punta, por lo mismo: para ver lo que escribe.
Y una cosa que no hay que hacer nunca: intentar cambiarle de mano. La
dominancia se define entre los tres y los cinco años y no es una preferencia
que se elija.
Cómo practicarlo jugando
La pantalla no sustituye al lápiz — eso hay que decirlo claro — pero sí sirve
para una parte concreta: el recorrido del trazo. Antes de escribir una letra
hay que saber por dónde empieza y hacia dónde va, y eso se puede aprender con
el dedo sin gastar mano.
Traza las letras recorre el abecedario
con el orden de escritura correcto y un punto de salida en cada una.
Repasar los números hace lo mismo con las
cifras, que suelen entrar antes.
Y para la coordinación entre el ojo y la mano sin trazo de por medio,
Une los puntos: hay que ir en orden y
llegar exactamente a cada punto, que es el control que después evita salirse
del renglón.
Qué imprimir
El lápiz se practica en papel, y en este orden. Primero las fichas de
trazos y líneas: rectas,
ondas y bucles, sin ninguna letra, para que la mano coja soltura sin tener que
acordarse además de cómo era la eme.
Cuando el trazo se sostiene, los
bucles y ondas añaden el
trazo continuo — el lápiz no se levanta de un extremo al otro del renglón — que
es lo que pide la letra ligada.
Y ya con las letras, las fichas de
escribir las vocales
llevan modelo, contorno para repasar y un punto naranja que marca por dónde se
empieza cada una. Las cifras van aparte, en
escribir los números del 0 al
9, donde ese punto de salida importa todavía más: el 6 y el 9 son la misma
figura girada y empezarlas por donde toca es lo que impide confundirlas.
Sobre en qué orden va todo esto y cómo saber si el niño está listo para el
lápiz, va este otro
artículo.
Lo esencial
La pinza trípode —corazón debajo, pulgar e índice arriba, los otros dos
recogidos— es lo que permite escribir mucho sin cansarse. Se espera hacia los
cinco años, y hasta entonces las fases anteriores son normales.
Si no sale, casi nunca es cuestión de insistir en la posición: es que la mano
no tiene fuerza todavía. Pinzas de la ropa, plastilina y tijeras arreglan más
que cualquier corrección verbal. Y cuando haya que colocar los dedos, se hace
una vez al empezar y se deja en paz — un lápiz asociado a que le riñan es el
único error que sale caro de verdad.