Se le pide a un niño de nueve años que subraye lo importante de un texto y
devuelve la hoja con el ochenta por ciento en amarillo.
No ha hecho el ejercicio mal: lo ha hecho de la única manera que sabe.
Subrayar exige haber decidido antes qué es importante, y esa decisión es todo el
trabajo — el rotulador es lo de menos.
Por qué se subraya de más
Tres motivos, y los tres son razonables.
Todo parece importante la primera vez. Si se subraya
mientras se lee por primera vez, no hay manera de saber qué va a resultar
relevante. Por eso la regla número uno es leer una vez sin rotulador.
Da miedo dejarse algo. Subrayar de más se siente seguro;
subrayar poco parece arriesgado. Hay que decir explícitamente que dejarse cosas
fuera es el objetivo, no un fallo.
Nadie ha dicho qué se busca. «Lo importante» no significa
nada. «El nombre y los números» o «lo que contesta a la pregunta» sí.
Qué se subraya, dicho en concreto
A estas edades funciona mucho mejor una instrucción cerrada que una general.
En un texto que explica: los nombres propios, los números y
la palabra que se repite en todo el párrafo, que suele ser el tema.
En un problema de matemáticas: los datos que se van a usar y
lo que preguntan. Nada más.
Para contestar una pregunta: la frase donde está la
respuesta. Una frase, no un párrafo.
En un enunciado de ficha: el verbo. Rodea, subraya, une. Es
lo que más fallos evita en clase.
Esa capacidad de mirar y quedarse con una cosa entre muchas es la misma que
entrena Encuentra el objeto, sin texto
de por medio.
Las dos lecturas
Es la regla que lo cambia todo y se explica en una frase: la primera
vez se lee, la segunda se subraya.
En la primera lectura no se toca el rotulador. Solo se lee para enterarse. En
la segunda ya se sabe de qué va el texto y se puede decidir qué sostiene la idea
y qué es relleno.
Cuesta convencer, porque parece que leer dos veces es perder el tiempo. Lo que
se pierde de verdad es subrayar mal y tener que releerlo todo después.
El lápiz antes que el rotulador
Un detalle práctico que ayuda más de lo que parece: al principio, subrayar
con lápiz.
Con rotulador no hay marcha atrás, y eso empuja a subrayar poco o a subrayar
todo por si acaso. Con lápiz se puede borrar, y entonces el niño se atreve a
decidir.
Y hay una versión aún mejor para empezar: marcar con una raya vertical al
margen en vez de subrayar la línea. Es menos definitivo, se hace más rápido y
señala igual.
De subrayar a tomar notas
Hacia los nueve o diez años aparece el paso siguiente, y conviene saber que
es otro ejercicio.
Subrayar es elegir dentro del texto. Tomar notas es escribir fuera de él, con
palabras propias, y eso es bastante más difícil: obliga a haber entendido, no
solo a haber localizado.
El puente entre los dos es escribir tres palabras al margen de cada párrafo
—no frases, palabras—. Con eso se resume sin tener que redactar, y al final la
columna del margen es el esquema del texto.
Copiar frases enteras del texto en un cuaderno no es tomar notas: es copiar,
y no enseña nada que no enseñara ya subrayar.
Cuándo empezar
Hacia los ocho o nueve años, y no antes. Por dos motivos.
Primero, porque hace falta leer sin esfuerzo: si descifrar todavía ocupa la
cabeza, no queda para decidir qué es importante — el mismo mecanismo de Leer de corrido y no enterarse.
Segundo, porque hace falta poder distinguir lo principal de lo secundario, y
esa capacidad aparece más tarde de lo que se cree.
Antes de esa edad sí se puede hacer algo más sencillo y muy útil: subrayar la
frase donde está la respuesta a una pregunta concreta. Eso no pide jerarquizar
nada y ya construye el hábito.
Cómo se corrige
No diciendo «has subrayado demasiado», que no da ninguna herramienta.
Lo que funciona es un límite: «puedes subrayar tres cosas en este párrafo».
La restricción obliga a elegir, que es exactamente lo que no estaba haciendo.
Y después, la pregunta: «¿por qué esas tres?». Justificar la elección es donde
se aprende, igual que en Qué sobra lo importante
no es cuál sobra sino por qué.
Otra comprobación buena: tapar el texto y dejar solo lo subrayado. Si con eso
se entiende de qué iba, está bien hecho. Si no se entiende nada o si hay
demasiado, no.
Los colores, que se complican solos
Aparecen enseguida y conviene ponerles freno.
Un sistema de cuatro colores con significados distintos suena muy organizado y
en la práctica hace que el niño dedique la atención a elegir color en vez de a
decidir qué es importante.
Uno solo, hasta que subrayar salga bien. Y como mucho dos: uno para las ideas
y otro para los datos, que es la única distinción que de verdad sirve a esta
edad.
Marcar mientras se escucha
Hay una versión de esto que aparece antes que la de leer y que casi nadie
practica: quedarse con lo importante de algo que se oye.
En clase, buena parte de lo que hay que retener llega hablado, y ahí no se
puede subrayar ni volver atrás. Es bastante más difícil que con un texto
delante.
Se puede entrenar en casa sin montar nada: se le cuenta algo de un minuto —lo
que se va a hacer el sábado, cómo se llega a un sitio— y se le pide que después
diga las tres cosas importantes. No que lo repita: que elija tres.
Y funciona mejor si después se comprueba: ver si con esas tres se puede
reconstruir el plan. Cuando falta algo, el propio niño ve qué se dejó fuera y por
qué hacía falta.
Cómo practicarlo jugando
Encuentra el objeto entrena buscar
una cosa concreta entre muchas, que es el gesto de localizar sin dispersarse.
Tablas de Schulte trabaja el rastreo
ordenado, y Qué sobra la parte de decidir y
justificar.
Cinco minutos. Y un lápiz en la mano cada vez que se lea algo para contestar
después, que es donde el hábito se instala.
Qué imprimir
Comprensión de
textos informativos es donde subrayar rinde más: los textos traen datos
concretos y las preguntas piden localizarlos, así que marcar mientras se lee
tiene una recompensa inmediata.
Y Textos largos, donde
ya no se puede retener todo y subrayar deja de ser opcional.
Para la versión de matemáticas —subrayar los datos que se van a usar—, Problemas con tabla de datos,
que además trae datos que sobran a propósito.
Lo esencial
Subrayar exige haber decidido qué es importante, y esa decisión es todo el
trabajo. Se subraya de más por tres razones razonables, y la principal es
hacerlo durante la primera lectura: la regla que lo arregla es leer una vez sin
rotulador y subrayar en la segunda. A estas edades funciona mucho mejor una
instrucción cerrada —«los números y los nombres»— que «lo importante». Empieza
hacia los ocho o nueve, con lápiz y un solo color. Y la comprobación es tapar el
texto: si con lo subrayado se entiende de qué iba, está bien hecho.