Es una escena que descoloca bastante. El niño lee la página en voz alta, sin
tropezar, con buena entonación. Se le pregunta de qué iba y se queda callado, o
contesta con la última frase que ha leído.
La conclusión rápida es que no ha prestado atención. Casi nunca es eso.
Descifrar y comprender son dos trabajos distintos, y el segundo no viene incluido
en el primero.
Por qué son dos cosas separadas
Descifrar es convertir unas letras en sonidos y esos sonidos en una palabra.
Al principio ocupa toda la cabeza: un niño que empieza a leer gasta en eso el
cien por cien de lo que tiene.
Comprender es lo que se hace con esas palabras después: juntarlas en frases,
recordar lo de antes, ver de quién se está hablando. Y para eso hace falta que
sobre sitio — que descifrar ya no cueste.
De ahí el caso raro y frecuente: el niño que descifra perfectamente pero lo
hace todavía con esfuerzo. Suena bien por fuera, y por dentro no queda nada libre
para enterarse. Es el mismo mecanismo que en cálculo, donde contar de uno en uno
deja sin sitio para el problema.
Y hay un segundo caso, distinto: el que descifra sin esfuerzo y aun así no
retiene. Ahí lo que falta no es fluidez sino la costumbre de ir preguntándose
cosas mientras lee, que es lo que hay que enseñar.
Una manera rápida de ver por dónde va: En una
palabra pide encontrar el nombre que agrupa varias cosas, sin nada que
descifrar. Si eso cuesta, lo que falta no es lectura sino vocabulario
organizado, y son dos trabajos distintos.
Los tres niveles de pregunta
No todas las preguntas sobre un texto piden lo mismo, y mezclarlas es lo que
hace que un ejercicio no enseñe nada.
Buscar el dato. «¿De qué color era el gato?» La respuesta
está escrita con esas mismas palabras. Es el primer nivel y el único que se
puede pedir cuando la lectura todavía cuesta.
Deducir. «¿Qué tiempo hacía?» cuando el texto solo dice que
dejó el paraguas abierto. Hay que juntar dos cosas que sí están y sacar una
tercera. Es el nivel donde vive la comprensión de verdad.
Opinar y relacionar. «¿Qué habrías hecho tú?» No hay
respuesta en el texto y no se puede corregir. Sirve para hablar, no para
comprobar.
Lo útil es no saltarse el primero. Un niño que todavía no encuentra el dato
escrito no puede deducir nada, y pedírselo solo produce silencio.
Los hábitos que sí se pueden enseñar
Releer. Es el más importante y el que menos se hace, porque
muchos niños creen que volver atrás es hacer trampa. Hay que decirlo con todas
las letras: el texto está delante para mirarlo, y buscar el dato es lo que hace
un lector.
Subrayar dónde está la respuesta. Antes de escribirla. Obliga
a localizar y no a inventar, y convierte una respuesta acertada de casualidad en
una que se puede justificar.
Parar al final de cada párrafo. Una frase en voz alta de qué
acaba de pasar. Es lo que hace un lector experto sin darse cuenta.
Preguntar «¿de dónde lo has sacado?». Incluso cuando acierta.
Es la pregunta que más enseña de todas, porque obliga a volver al texto y a
hacer consciente el camino.
El vocabulario, que decide más de lo que parece
Una parte grande de lo que se lee como «no comprende» es en realidad
vocabulario: hay tres palabras en el párrafo que no significan nada para él.
Y no se nota, porque las lee bien. Un niño puede pronunciar «cobertizo» sin
error y no tener ni idea de qué es, y a partir de ahí el resto del texto se
desmonta.
La comprobación es preguntar por dos o tres palabras sueltas del texto antes
de preguntar por el contenido. Si fallan, el problema es de vocabulario y se
trabaja hablando, no leyendo más.
Por eso ayudan tanto los juegos de agrupar palabras: En una palabra pide encontrar el nombre que
reúne varias cosas, y Qué sobra obliga a
justificar por qué algo no encaja.
El orden de las cosas dentro del texto
Hay una habilidad concreta que sostiene la comprensión de cualquier historia y
que se puede entrenar aparte: entender el orden en que pasan las cosas.
Un texto no siempre cuenta los hechos en el orden en que ocurrieron —«antes de
salir, había desayunado»— y seguir eso pide algo más que leer las palabras.
Qué va antes trabaja exactamente eso con
imágenes, sin la carga de descifrar: poner en orden lo que pasó primero y lo que
pasó después. Cuando eso sale con dibujos, sale mucho mejor con texto.
Cuánto texto y con qué frecuencia
Menos del que parece. Tres o cuatro frases con tres preguntas es una sesión
completa a los seis años, y un párrafo con cuatro preguntas a los ocho.
Leer una página entera y hacer diez preguntas produce cansancio y respuestas
al azar. Y hay una razón concreta: contestar exige releer, y releer una página
entera cuatro veces es mucho trabajo.
Cinco minutos, todos los días, es lo que funciona — la misma regla que para
todo lo demás, contada en Diez
minutos al día.
Lo que no funciona
Mandar leer más. Si el problema es que no se entera, leer más
páginas sin enterarse no lo arregla. Es la respuesta más común y la menos
eficaz.
Preguntar solo al final. Con un cuento largo, para cuando
llega la pregunta el principio ya se ha ido.
Corregir por la forma. Si dice lo mismo con otras palabras,
está bien. Exigir la frase exacta enseña a copiar, que es lo contrario de
comprender.
Empezar por deducir. Antes hay que saber encontrar lo que sí
está escrito.
Cómo practicarlo jugando
En una palabra y Qué sobra trabajan el vocabulario organizado, que es
la mitad silenciosa de la comprensión.
Qué va antes entrena el orden de los hechos
con imágenes, sin el coste de descifrar.
Cinco minutos. Y sobre todo, el cuento de la noche con dos preguntas al final
— es el mejor ejercicio de comprensión que existe y no lo parece, como se cuenta
en El cuento antes de dormir.
Qué imprimir
Comprensión lectora: los
primeros textos es por donde se empieza: tres o cuatro frases y preguntas
cuya respuesta está escrita con esas mismas palabras. Solo buscar el dato, que es
el primer nivel.
Cuando eso salga, Comprensión
lectora, con textos algo más largos y alguna pregunta que ya pide pensar un
poco.
Y el escalón siguiente, Leer entre líneas, donde
ninguna respuesta está copiada del texto — está contado en su propio artículo.
Todas traen su hoja de soluciones, con una nota que conviene tener presente:
vale cualquier respuesta que diga lo mismo con otras palabras.
Lo esencial
Descifrar y comprender son dos trabajos distintos, y el segundo necesita que
el primero ya no cueste. Un niño que lee bien pero con esfuerzo no tiene sitio
para enterarse — suena bien por fuera y por dentro no queda nada libre. Las
preguntas van en tres niveles y no hay que saltarse el primero: buscar el dato
escrito, deducir, y opinar. Los hábitos que se enseñan son releer, subrayar dónde
está la respuesta y preguntar «¿de dónde lo has sacado?» aunque acierte. Y una
parte grande de lo que parece falta de comprensión es vocabulario: tres palabras
que lee bien y no significan nada.