Si hubiera que quedarse con una sola actividad de casa y tirar todas las demás
—las fichas, los juegos, las extraescolares—, la que habría que conservar es el
cuento de antes de dormir.
No por lo que tiene de bonito, que también, sino por una razón práctica: es lo
único que trabaja a la vez el vocabulario, la atención sostenida, la estructura
del relato y las ganas de leer. Y encima ocupa diez minutos que ya estaban
ocupados.
Qué hace un cuento leído en voz alta
Vocabulario que no aparece hablando. Esta es la parte gorda.
En una conversación de casa se usan unas pocas cientos de palabras: las de comer,
vestirse, ir al colegio. En un cuento aparecen «sombrío», «regresar»,
«asombrado». Ese vocabulario no llega por ningún otro sitio a los cinco años.
Frases más largas que las que oye. El lenguaje escrito tiene
otra estructura: subordinadas, incisos, orden distinto. Oírlo entrena entenderlo,
y eso es exactamente lo que después hace falta para comprender un enunciado de
matemáticas.
Aguantar una historia entera. Diez minutos siguiendo algo que
no tiene imágenes en movimiento es atención sostenida, y a los cinco años es un
ejercicio de verdad.
Cómo se cuenta una historia. Que hay un principio, algo que
pasa y un final. Esa estructura es la que después le permite contar lo que le ha
ocurrido en el cole en un orden que se entienda — y la que trabaja Qué va antes con escenas en lugar de palabras.
Cómo se lee para que rinda
Parándose a explicar una palabra, no cinco. Si el cuento dice
«sombrío», se dice qué significa en tres segundos y se sigue. Explicar cada palabra
difícil convierte el cuento en una clase de lengua, y entonces deja de ser el
cuento.
Preguntando poco y al final. Una pregunta buena al terminar
—«¿por qué crees que hizo eso?»— vale más que cinco durante. Interrumpir corta
justo lo que se estaba entrenando, que es seguir un hilo largo.
Sin obligarle a leer a él. Este es el error más frecuente en
cuanto el niño empieza a leer: convertir el cuento de la noche en práctica de
lectura. Son dos cosas distintas y hacen falta las dos, en momentos distintos.
El cuento de la noche es para oír; leer él se practica en otro rato.
Dejándole elegir. Aunque elija el mismo de siempre. Sobre eso,
enseguida.
Por qué pide el mismo cuento cuarenta veces
Y por qué conviene dárselo, aunque el adulto ya no pueda con él.
La primera vez, un niño está ocupado siguiendo qué pasa. La quinta ya sabe qué
pasa, y entonces le queda atención libre para otras cosas: cómo suenan las
palabras, qué significa una que no entendía, qué cara pone el personaje en el
dibujo. La repetición no es pereza — es la única manera de sacarle todo el jugo a
un texto.
Además, ese es el mecanismo por el que un niño de cuatro años acaba
«leyendo» su cuento favorito de memoria, pasando las páginas en el momento
justo. No está leyendo, y sin embargo está aprendiendo algo importante: que las
palabras escritas son siempre las mismas y dicen siempre lo mismo.
Lo que sí se puede hacer es tener dos: el suyo de siempre y uno nuevo. Se leen
los dos, uno corto y uno largo.
Qué cuento elegir a cada edad
La regla que más simplifica: para leerle en voz alta se elige un libro un
escalón por encima de lo que él podría leer solo. Ahí es donde el cuento aporta
algo que no puede conseguir por su cuenta.
A los tres o cuatro años, historias cortas con mucha imagen y una sola cosa que
pasa. Los cuentos con estribillo —una frase que se repite en cada página—
funcionan especialmente bien porque el niño se une a leerla y participa sin saber
leer.
A los cinco y seis, historias con un problema y una solución, y ya con varios
personajes. Es la edad en que empieza a poder anticipar lo que va a ocurrir, y
preguntarle qué cree que pasará ahora es la mejor pregunta del cuento.
A los siete y ocho, capítulos. Un libro que dure una semana, un capítulo por
noche, cambia bastante la cosa: aparece el sostener una historia de un día para
otro, que es un músculo distinto y el que después permite leer novelas.
Hasta qué edad
Mucho más allá de lo que casi todo el mundo piensa. La costumbre es dejar de
leerle en cuanto el niño lee solo, hacia los siete, y eso es un error de bulto.
Un niño de siete años lee libros de su nivel de decodificación, que es
bastante más bajo que su nivel de comprensión. Puede entender perfectamente una
historia que todavía no puede descifrar. Si se le deja solo con lo que puede leer,
se queda años sin acceso a historias buenas.
De modo que la fórmula que funciona es: él lee lo suyo por su cuenta, y además
se le sigue leyendo en voz alta algo más difícil. Eso puede seguir hasta los diez
u once años sin ningún problema, y suele ser el último rato tranquilo del día que
queda cuando ya no queda ninguno.
Encaja en el final del día
Tiene además una función práctica que no es menor: baja el ritmo. Después de
un cuento leído en voz baja, un niño se duerme antes que después de una pantalla,
que deja activado un buen rato.
Por eso el cuento va al final de la secuencia —cena, baño, pijama, cuento,
luz— y no antes. Y por eso conviene que sea siempre a la misma hora: la secuencia
repetida avisa al cuerpo de lo que viene, que es lo que de verdad ayuda a
dormirse. Está en Dormir: la variable que
más se nota.
Cómo practicarlo jugando
Lo que el cuento entrena tiene su versión corta en pantalla, y las dos cosas se
apoyan.
Qué va antes es la estructura del relato
desnuda: ordenar las escenas de una historia. Un niño que lo hace bien es el que
después cuenta lo del cole en un orden que se entiende.
En una palabra trabaja el vocabulario por
categorías, que es lo que permite entender una palabra nueva por el contexto en
lugar de tener que preguntarla.
Y Leer por sílabas es lo otro, lo que el
cuento de la noche no hace: descifrar. Conviene tenerlo en otro momento del día,
para que la noche siga siendo la noche.
Qué imprimir
Nada para el cuento en sí —eso son libros—, y sí lo que sostiene la lectura por
debajo. Las tablas de sílabas en
cinco minutos por la tarde, para que descifrar deje de costar.
Y cuando ya lea, la sopa de letras
o los crucigramas, que hacen
leer palabras sueltas sin que parezca leer. Ninguna de las dos sustituye al
cuento: hacen otra cosa.
Y lo que hay antes de todo, cuando el niño aún no lee nada, es jugar con los
sonidos de las palabras — La
conciencia fonológica.
Lo esencial
El cuento de la noche es lo que más devuelve por minuto: vocabulario que no
sale en las conversaciones de casa, frases más largas que las que oye, atención
sostenida y la estructura de una historia. Se lee explicando una palabra y no
cinco, preguntando al final y sin obligarle a leer a él. Que pida el mismo cuarenta
veces es exactamente lo que tiene que pasar. Y no se deja cuando aprende a leer:
entiende historias mucho más difíciles de las que puede descifrar, y eso dura
años.