Cuando algo va regular en el colegio, lo primero que se revisa suele ser el
método, los deberes o la actitud. Y hay una variable que se mira mucho después,
aunque es la que más rápido cambia las cosas: cuántas horas duerme.
La razón de que pase desapercibida es que un niño con sueño no parece cansado.
Un adulto que duerme poco bosteza y se apaga; un niño de cinco o seis años hace lo
contrario — se acelera, habla más, se mueve más, salta de una cosa a otra—. Desde
fuera se parece bastante a la falta de atención, y se interpreta como tal.
Lo curioso es que sí se puede medir en casa, y sin nada especial: una tarea de
atención pura como Tablas de Schulte da un
tiempo distinto según la hora y las horas dormidas. Comparar el mismo juego un
lunes y un sábado enseña más que cualquier impresión.
Cuántas horas tocan
Las referencias habituales, contando la noche entera:
De tres a cinco años: entre diez y trece horas, siesta
incluida si aún la hace.
De seis a ocho: entre nueve y once.
Con horario español eso da cuentas incómodas. Un niño de seis años que se
levanta a las siete y media para entrar a las nueve necesita acostarse entre las
ocho y media y las nueve y media de la noche. En muchas casas se acuesta a las
diez o diez y media, y ahí ya hay una hora larga de déficit todos los días
lectivos.
No es un reproche: con jornada partida, actividades extraescolares y adultos
que llegan a las siete, cuadrar eso es genuinamente difícil. Pero conviene saber
que la cuenta no sale y que se paga en clase.
Cómo se nota la falta
Casi nunca por somnolencia. Las señales reales son otras:
Se acelera al final del día en lugar de calmarse.
Le cuesta despertarse y necesita que se lo repitan varias
veces. Un niño que duerme lo suyo se despierta más o menos solo.
Se enfada por cosas pequeñas. El control de las emociones es de
lo primero que se resiente, y por eso las rabietas de un niño con sueño son
desproporcionadas.
Se pierde a mitad de una tarea. Empieza bien y a los cinco
minutos está mirando la ventana. Lo que falla ahí es sostener algo en la cabeza
mientras se trabaja, que es lo primero que se cae con sueño — hablamos de eso en Por qué olvida la consigna a mitad del
ejercicio.
Una manera de verlo sin juzgar nada: probar dos semanas de acostarse media hora
antes y comparar. Si las tardes cambian, ya se sabe por dónde iba.
Merece la pena hacerlo con algo medible en lugar de a ojo, porque las
impresiones de una semana difícil engañan mucho. Una partida de Recuerda la secuencia a la misma hora
cada tarde da un número: la serie más larga que consigue repetir. Ese número sube
cuando se duerme más, y es bastante más convincente que la sensación de que «está
mejor».
Por qué se nota tanto en el aprendizaje
Hay dos motivos y los dos son bastante directos.
El primero es la atención: sin dormir, la capacidad de mantenerse en una tarea
baja mucho, y en un aula eso significa perderse la mitad de la explicación. No es
que no la entienda; es que no llegó entera.
El segundo es que buena parte de lo aprendido durante el día se consolida
mientras se duerme. Una tarde entera de trabajo con una noche corta detrás rinde
menos que media tarde bien dormida. Dicho en la práctica: media hora más de sueño
suele aportar más que media hora más de deberes.
Cómo mover la hora sin guerra
De golpe no funciona. Un niño acostumbrado a dormirse a las diez y media no se
duerme a las nueve porque se lo manden: se queda una hora despierto en la cama y la
noche es peor para todos.
Lo que funciona es adelantar quince minutos cada tres o cuatro
días. En dos semanas se ha movido una hora y nadie ha notado el cambio.
Es lo mismo que se hace en la última semana de verano antes de volver al colegio.
Y ayuda separar «hora de acostarse» de «hora de dormirse». Si la rutina —cena,
baño, pijama, cuento— empieza a una hora fija, la hora de dormirse se coloca sola.
El error habitual es empezar la rutina a la hora a la que debería estar ya
dormido.
Las pantallas y la última hora
Aquí sí hay un efecto que conviene tener en cuenta, y no es solo la luz de la
pantalla: es el contenido. Un juego o unos dibujos dejan al niño activado, y esa
activación tarda un rato en bajar aunque el aparato ya esté apagado.
La regla práctica que mejor funciona es dejar la última media hora sin pantallas
y con algo que baje el ritmo: un cuento leído, un rato de dibujar, hablar de cómo
ha ido el día.
Eso encaja además con lo que decíamos en Cuánto tiempo de pantalla: no es solo
cuánto, es cuándo. Diez minutos de juego a las seis de la tarde no tienen nada que
ver con diez minutos a las nueve y media.
Lo que ayuda a que se duerma antes
Además de mover la hora poco a poco, hay tres cosas que acortan el rato entre
meterse en la cama y dormirse, que en muchas casas es el verdadero problema.
Que la última hora sea siempre igual. Cena, baño, pijama,
cuento, luz. En ese orden y todos los días. La secuencia repetida avisa al cuerpo
de lo que viene, y esa señal funciona mejor que cualquier insistencia.
Bajar la luz de la casa. No solo la de su cuarto: el pasillo,
el salón. Un niño que se acuesta mientras el resto de la casa está iluminada y
sonando entiende perfectamente que se está perdiendo algo.
Nada de correr en la última media hora. El rato de juego
físico rinde mucho antes, después de merendar. A las nueve de la noche, un niño
que ha estado saltando tarda cuarenta minutos en bajar.
La siesta y los fines de semana
La siesta desaparece en algún momento entre los tres y los cinco años, y no hay
que forzarla ni retirarla: se cae sola. Lo que sí conviene es que, cuando ya no
duerma, siga habiendo un rato tranquilo después de comer — no dormir no es lo mismo
que no parar.
Sobre los fines de semana: dormir tres horas de más el sábado no compensa lo que
faltó de lunes a viernes, y además descoloca el horario para el domingo por la
noche. Es preferible mantener una diferencia de una hora como mucho.
Cómo practicarlo jugando
Hay dos cosas que se pueden trabajar en pantalla y que tienen que ver con esto.
La primera es el propio horario: ¿Qué hora es?
ayuda a que el niño sepa leer el reloj, y a partir de ahí «a las nueve nos vamos a
la cama» deja de ser una orden abstracta y pasa a ser algo que puede comprobar él.
Cambia bastante la discusión.
La segunda es medir el efecto. Recuerda la secuencia y Tablas de Schulte son tareas de atención pura
y bastante sensibles al cansancio: una partida por la mañana y otra a las nueve de
la noche no se parecen en nada, y verlo suele convencer más que cualquier
explicación.
Qué imprimir
Aprender las horas tiene
aquí un uso muy concreto además del matemático: un niño que lee el reloj puede
llevar su propio horario, y eso quita al adulto de en medio en la negociación de
todas las noches.
Y para el rato tranquilo antes de dormir, lo que va bien es algo manual y sin
tiempo: Colorea por números o
las cenefas. Bajan el
ritmo en lugar de subirlo, que es justo lo contrario de lo que hace una pantalla a
esa hora.
Lo esencial
Un niño de tres a cinco años necesita entre diez y trece horas de sueño, y uno
de seis a ocho, entre nueve y once. La falta no se ve como somnolencia: se ve como
aceleración, enfados desproporcionados y perderse a mitad de una tarea. Media hora
más de sueño suele aportar más que media hora más de deberes. La hora se mueve
quince minutos cada tres o cuatro días, nunca de golpe, y la última media hora del
día va sin pantallas.