«Cuando Elena entró en casa, dejó el paraguas abierto en el pasillo.» En
ninguna parte del texto pone que llueve. Y sin embargo lo pone.
Ese salto —de lo que está escrito a lo que se puede deducir— se llama
inferencia, y es donde vive la comprensión lectora de verdad. También es lo que
más cuesta y lo que menos se trabaja, porque las hojas de comprensión suelen
preguntar solo por lo que ya está escrito.
Qué es exactamente inferir
Juntar dos cosas que sí están en el texto —o una del texto y otra de lo que
uno ya sabe del mundo— y sacar una tercera que no está.
En el ejemplo: el texto dice que hay un paraguas y que está abierto dentro de
casa. Lo que uno sabe: los paraguas se abren dentro para que se sequen, y se
mojan cuando llueve. Conclusión: llueve.
Nada de eso está escrito, y cualquier adulto lo hace sin darse cuenta. Un niño
de siete años no — necesita que le enseñen que se puede, y que además se espera
de él.
El mismo mecanismo lo entrena Qué sobra sin
texto de por medio: hay que decidir cuál no encaja y, sobre todo, decir por qué.
Justificar es el músculo que después hace falta aquí.
Por qué es tan difícil
Tres razones, y ninguna tiene que ver con leer.
Hay que saber que falta algo. Un niño que lee la frase del
paraguas no siente ningún hueco: para él, el texto dice lo que dice. Darse cuenta
de que hay más es lo primero.
Hace falta saber del mundo. Si nunca ha visto un paraguas
abierto secándose en un pasillo, la deducción es imposible. Buena parte de lo
que parece falta de comprensión es falta de experiencia.
Hay que aguantar la incertidumbre. Una inferencia no es
segura como un dato: es lo más probable. A un niño acostumbrado a que las
respuestas estén bien o mal, eso le resulta incómodo.
Cuándo llega
Las inferencias sencillas empiezan a salir hacia los seis o siete años, y a
los ocho o nueve ya se pueden pedir con normalidad.
Antes de eso, un niño puede acertar de vez en cuando y no por el camino
correcto: contesta lo que le parece razonable sin haberlo sacado del texto. Por
eso la pregunta que importa a esta edad no es qué contesta sino de dónde lo ha
sacado.
Y conviene no confundirlo con la fluidez. Un niño puede leer estupendamente a
los seis y no inferir nada, y otro puede leer despacio a los ocho y deducir
perfectamente. Van por caminos distintos.
Las preguntas que lo desbloquean
«¿De dónde lo has sacado?» La más importante de todas.
Aunque acierte. Obliga a volver al texto y a hacer consciente el camino, que es
justo lo que se está aprendiendo.
«¿Qué crees que va a pasar ahora?» Parando a mitad de un
cuento. Predecir es inferir hacia delante y suele salir antes que lo otro.
«¿Cómo se siente?» Cuando el texto no lo dice. Es la
inferencia más natural y la que más engancha, porque las emociones interesan.
«¿Por qué crees que ha hecho eso?» Buscar el motivo de una
acción es de las inferencias más frecuentes en cualquier historia.
Ninguna de las cuatro tiene una respuesta escrita, y todas se pueden
justificar. Esa es la diferencia con «¿qué habrías hecho tú?», que está bien para
hablar y no entrena esto.
Cómo se practica sin ninguna hoja
Con los cuentos, parando. Es el mejor sitio y el más barato:
una pregunta a mitad, no diez al final.
Con las películas, quitando el sonido un momento. «¿Qué crees
que le está diciendo?» Sin palabras, todo es inferencia.
Mirando a la gente en la calle. «¿Ese señor tiene prisa? ¿Cómo
lo sabes?» Se hace andando y entrena exactamente lo mismo.
Con las emociones de casa. Notar que alguien está cansado por
cómo habla es una inferencia, y de las más útiles — está contado en Poner nombre a lo que siente.
El error de corregir demasiado
Aquí no hay una respuesta exacta, y tratar estas preguntas como si la hubiera
estropea el ejercicio entero.
Si el niño dice que Elena llega mojada porque ha estado en la piscina, la
respuesta no es «no». Es «¿y el paraguas?». Se acepta cualquier deducción que se
sostenga con el texto y se señala lo que no ha tenido en cuenta.
Porque lo que se está enseñando no es la conclusión sino el método: mirar
todas las pistas antes de decidir. Un niño al que se le corrige la conclusión
aprende a adivinar lo que quiere el adulto; uno al que se le pregunta por las
pistas aprende a leer.
Las pistas que suele haber en un texto
Merece la pena nombrarlas, porque saber dónde mirar ayuda mucho.
Lo que hacen los personajes. Un plato sin tocar dice más que
cualquier adjetivo.
Lo que hay alrededor. Objetos, tiempo, hora del día.
Lo que no se dice. Un personaje que no contesta está diciendo
algo.
Cómo se cuenta. Frases cortas y secas suelen indicar tensión;
eso se nota antes de saberlo explicar.
Empezar por lo que no es un texto
Hay una manera de entrar en esto que evita el obstáculo de descifrar: quitar
las palabras.
Una viñeta, una foto, una escena de dibujos con el sonido apagado. Todo lo que
se entiende ahí es inferencia pura, porque no hay nada escrito de donde copiar la
respuesta. Y se ve enseguida si el niño lo hace o no.
Funciona especialmente bien con los que leen despacio: la comprensión avanza
mientras la lectura sigue costando, y de otro modo habría que esperar a que la
segunda mejore para trabajar la primera.
Cuando eso salga con imágenes, el paso al texto es corto — la operación mental
es la misma y lo único que cambia es de dónde vienen las pistas.
Cómo practicarlo jugando
Qué sobra entrena justificar, que es la mitad
de esto. Gana mucho si se pide el porqué en voz alta y no solo la respuesta.
Qué va antes trabaja deducir el orden de
unos hechos a partir de las imágenes, sin texto de por medio.
Y Adivina la emoción es inferencia
pura: una cara y ninguna palabra que la explique.
Cinco minutos, y una pregunta a mitad del cuento de la noche, que vale por
todo lo demás junto.
Qué imprimir
Leer entre líneas
está hecha para esto: ninguna respuesta está copiada del texto, y todas se pueden
sacar juntando dos cosas que sí están. Tres textos con sus preguntas y la hoja de
soluciones.
Antes de esa conviene tener resuelta la anterior: Comprensión lectora, donde las
respuestas todavía se buscan en el texto. Si eso no sale, esto no puede salir —
está contado en Leer de corrido y
no enterarse.
Y para el nivel de entrada, Los primeros textos, de tres
frases y con la respuesta escrita tal cual.
Lo esencial
Inferir es juntar dos cosas que sí están —en el texto o en lo que uno sabe del
mundo— y sacar una tercera que no está. Es el escalón más difícil de la
comprensión y el que menos se trabaja. Cuesta por tres motivos: hay que darse
cuenta de que falta algo, hace falta saber del mundo, y hay que aguantar que la
respuesta sea probable y no segura. La pregunta que lo enseña todo es «¿de dónde
lo has sacado?», hecha incluso cuando acierta. Y no se corrige la conclusión: se
pregunta por las pistas que no ha tenido en cuenta.