Un niño de cinco años que se ha quedado sin sitio en el corro y se pone a
llorar suele decir, si se le pregunta, que está triste. Y probablemente no lo
está: está dolido, o avergonzado, o le da rabia. Pero tiene dos palabras —triste
y contento— y con dos palabras todo lo que no es contento cae en el mismo
saco.
Eso no es un problema de sensibilidad. Es un problema de vocabulario, y los
problemas de vocabulario se resuelven dando palabras.
Por qué importa tener más palabras
Porque una emoción que se puede nombrar se puede contar, y una que se cuenta
no hace falta actuarla.
Un niño que sabe decir «me da rabia que me quiten el turno» tiene una salida
que no es empujar. No porque sea más bueno, sino porque tiene la frase. El que
no la tiene dispone de dos herramientas: llorar o pegar, y usa la que le sale.
Y hay una segunda razón, menos evidente. Distinguir el enfado de la
frustración, o la vergüenza de la tristeza, obliga a mirar dentro con cierta
precisión. Esa precisión no viene sola: viene de que alguien fuera haya ido
poniendo nombres a lo que pasaba.
En Adivina la emoción el trabajo es
justamente ese, y en la dirección más fácil: se ve una cara y hay que elegir la
palabra. Reconocer antes que producir, que es como se aprende cualquier
vocabulario.
Casi todo el material sobre emociones para niños son caras: caritas contentas,
caritas enfadadas. Está bien para empezar y se queda corto enseguida, por dos
motivos.
El primero es que las caras de verdad no son las del dibujo. Un adulto
preocupado no pone la cara de preocupación del cartel; pone una cara bastante
neutra y habla más bajo.
El segundo es que muchas emociones se distinguen sobre todo por la
situación, no por el gesto. La cara de vergüenza y la de miedo
se parecen mucho; lo que las separa es qué acaba de pasar. Por eso funciona tan
bien preguntar por la historia y no por la cara: «se le ha caído el vaso delante
de todos, ¿cómo se siente?».
Las palabras que faltan
Ampliar el vocabulario emocional no es enseñar veinte palabras raras. Es
añadir seis o siete que cubran lo que le pasa a diario:
Rabia, distinta de tristeza: la de que algo sea injusto.
Frustración, la de intentar algo y no salir — probablemente la
emoción más frecuente de los cuatro a los siete años y una de las que menos se
nombra. Vergüenza, la de que le miren. Nervios,
la de antes de algo importante, que no es miedo. Celos, la de
que otro tenga lo que él quiere. Alivio, la de que ya ha pasado.
Orgullo, la de haberlo conseguido él solo.
Con esas siete más triste y contento se cubre casi todo. Y se enseñan como se
enseña cualquier palabra: usándolas en su sitio, en voz alta, cuando la cosa está
pasando.
Cómo se enseñan sin dar la charla
Nombrando en el momento, sin sermón detrás. «Te da rabia que
se haya acabado.» Punto. No hay que añadir «pero ya sabes que...». El nombre solo
ya hace su trabajo; el sermón lo estropea, porque convierte una descripción en
una regañina.
Contando las propias. «Hoy he tenido un día de nervios en el
trabajo.» Un niño aprende la mitad de este vocabulario oyendo a los adultos
usarlo consigo mismos, y esa es la vía por la que aprende que los adultos también
las tienen.
Con los cuentos. Es el mejor terreno, porque la emoción es de
otro y no cuesta nada mirarla. «¿Por qué crees que se ha ido sin decir nada?» En
El cuento antes de dormir hay más
sobre cómo esas conversaciones caben en diez minutos.
Sin corregir la emoción. «No estás triste, si no es para
tanto» enseña que lo que siente no cuenta, y el efecto práctico es que deja de
contarlo. Se puede discutir lo que hizo; lo que sintió, no.
Lo que va después: entender la de otro
Hacia los cinco o seis años aparece un salto grande: darse cuenta de que otra
persona puede sentir algo distinto de lo que uno siente en la misma situación.
Antes de eso, un niño da por hecho que si a él le gusta el regalo, al otro
también. No es egoísmo: es que todavía no separa su cabeza de la de los demás.
Cuando aparece la separación, se puede empezar a preguntar «¿y cómo crees que se
ha sentido él?», que antes no tenía sentido.
Este salto no se enseña, llega. Lo que sí se puede hacer es darle materia
prima: muchas situaciones contadas, muchos nombres puestos, y la costumbre de
preguntar por el otro personaje del cuento y no solo por el protagonista.
Cuándo la rabieta es otra cosa
Las rabietas de los dos a los cuatro años son parte del calendario: quiere
algo, no puede tenerlo, y todavía no tiene con qué gestionarlo. No indican nada
y se pasan.
Lo que conviene mirar con más calma es cuando siguen igual de intensas a los
seis o siete, o cuando el niño no recupera —no se calma en un rato razonable, ni
con compañía—. Eso no es una etiqueta ni un problema del niño: es una señal de
que el asunto se le está haciendo grande y de que merece la pena hablarlo con el
pediatra o con el tutor, que lo ven en contexto.
Cómo practicarlo jugando
Adivina la emoción trabaja el
reconocimiento: cara y palabra. Es la puerta de entrada y va bien desde los
cuatro años, sobre todo si después se comenta alguna: «¿y cuándo te pasa a ti
esto?».
Los otros dos hacen algo que a primera vista no tiene que ver y sí lo tiene.
En una palabra pide encontrar la palabra que
agrupa varias cosas, y Qué sobra pide justificar
por qué algo no encaja. Las dos entrenan lo mismo que hay debajo de nombrar una
emoción: encontrar la palabra exacta para algo que no está delante.
Cinco minutos, y la parte que de verdad cuenta viene después: usar durante el
día una de las palabras que hayan salido.
Qué imprimir
Este es de los pocos temas donde una hoja no es lo principal — se aprende
hablando —, pero hay dos que acompañan bien.
Tableros para jugar: un juego
de mesa con dos jugadores es el laboratorio de la frustración, porque se pierde
de verdad y con testigos. Es donde mejor se practica perder sin que se caiga el
mundo, y donde el adulto puede nombrarlo en el momento.
Y Crucigrama con dibujos,
por una razón lateral: obliga a buscar la palabra exacta que corresponde a una
imagen. Es el mismo gesto —encontrar el nombre justo— aplicado a cosas más
fáciles que las emociones.
Lo esencial
Un niño con dos palabras para todo lo que siente lo expresa como puede, que
suele ser a gritos. Lo que cambia las cosas es darle seis o siete más —rabia,
frustración, vergüenza, nervios, celos, alivio, orgullo— usándolas en voz alta
cuando pasan, sin sermón detrás y sin corregirle lo que siente. La cara ayuda
pero no basta: muchas emociones se distinguen por la situación, así que conviene
preguntar por la historia. Y entender la del otro llega hacia los cinco o seis,
no antes.