Con dos palabras —bien y mal— casi nada de lo que se siente se puede contar. Con doce, un niño puede decir qué le ha pasado en el recreo en vez de tener que actuarlo.
Este memori empareja cada emoción con una situación en la que aparece, así que además de recordar dónde está cada carta hay que leerlas y decidir si encajan. Reconocer emociones se practica en Adivina la emoción.
Mirar las cartas antes
Es el paso obligatorio: extenderlas boca arriba, leerlas y emparejarlas sin tapar nada.
Sin eso el juego es azar puro, porque no se sabe qué se busca, y encima se pierde toda la parte de vocabulario.
Cinco minutos de reconocimiento y el juego funciona; sin ellos, no.
Algunas admiten discusión
«Te miran todos» puede ser vergüenza o puede ser orgullo, según lo que haya pasado antes. Y eso es exactamente lo que interesa.
Cuando aparece una pareja discutible, la conversación vale más que la partida: qué depende de qué, y por qué a cada uno le pasa una cosa distinta.
Conviene aceptar la respuesta razonada aunque no coincida con la de la caja.
Las palabras difíciles
Vergüenza, orgullo, alivio y envidia son las que más cuestan de definir y las que más falta hacen.
Se explican con una situación concreta y no con una definición: el alivio es cuando se acaba algo que te daba miedo.
Y con la carta de la situación al lado, la explicación ya está hecha.
Hablar de una al terminar
Elegir una emoción y contar cuándo fue la última vez que la sintió. Basta con una y con dos frases.
Funciona mucho mejor después del juego que antes, porque la palabra ya está sobre la mesa y no hay que sacar el tema.
Y no hace falta convertirlo en una conversación larga: dos frases y se sigue.
No es un examen
Si el niño no quiere contar nada, no pasa nada. El juego ya ha hecho su trabajo dando las palabras.
Forzar la confidencia convierte un juego en un interrogatorio y consigue justo lo contrario.
Las conversaciones buenas sobre esto aparecen en el coche o al apagar la luz, no cuando se piden.
Después del enfado
El mejor momento para usar estas palabras no es durante el enfado sino un rato después, cuando ya se puede hablar.
«¿Era rabia o era vergüenza?» es una pregunta que se puede hacer con calma y que ordena bastante lo que ha pasado.
Y el juego, hecho otro día, es lo que ha dejado la palabra a mano para ese momento.
Ordenar por intensidad
Con las cartas encima de la mesa se pueden ordenar de menos a más fuerte: molestia, enfado, rabia.
Es un ejercicio de cinco minutos y da un vocabulario graduado, que es justo lo que hace falta para contar algo con precisión.
Y quita la idea de que solo hay dos estados posibles.
La cara y la palabra
Casi todas estas emociones tienen una cara asociada, y ponerla delante de un espejo divierte a los seis años y ancla la palabra a algo físico.
Y prepara la lectura de las caras de los demás, que es de lo que trata todo el tema.
Es la parte del juego que se puede hacer sin cartas, en cualquier sitio.
Empezar con las más claras
Alegría, miedo, tristeza y enfado son las cuatro que cualquier niño de cinco años reconoce, y con ellas se juega la primera partida.
Vergüenza, orgullo, alivio y envidia vienen después, cuando las cuatro primeras ya se emparejan sin dudar.
Meterlas todas de golpe hace que las difíciles se emparejen por descarte y no por entenderlas.
Decir en voz alta lo que se levanta
«Alivio.» Dicho en voz alta se recuerda mejor que leído en silencio, y de paso obliga a leer la carta entera.
Es un truco de memoria que funciona a cualquier edad y aquí tiene un beneficio doble: fija la posición y la palabra.
Enseñarlo el primer día y hacerlo también el adulto es la manera de que se contagie.
Cuando falla la pareja
Levantar dos que no encajan no es perder el turno para nada: ahora se sabe dónde están las dos.
Decirlo cambia la actitud del jugador pequeño, que suele vivir cada fallo como un fracaso.
Y es la primera vez que aparece la idea de que un intento fallido deja algo aprovechable.
Qué edad
Con seis parejas y las palabras más claras, desde los cinco o seis.
Con las doce, a los siete.
Con las discutibles y la ordenación por intensidad, a los ocho o nueve.
Antes de esto
Hace falta el memori de dibujos iguales, donde la pareja es evidente.
Y ayuda haber hablado de emociones alguna vez, para que las palabras no sean todas nuevas.
Con esas dos cosas, la primera partida se juega sin explicaciones.
Los errores típicos
Empezar sin haber leído las cartas.
Poner las doce parejas de golpe con un niño de cinco años, que agota la atención antes de la mitad.
Y corregir una pareja razonada porque no coincide con la solución.
En cuadrícula ordenada
Las cartas en filas y columnas rectas, no amontonadas: la posición se recuerda por su sitio en la cuadrícula.
Es un detalle que cambia por completo la dificultad y que casi nadie cuida.
Y de paso introduce la idea de fila y columna, que sirve para otras muchas cosas.
Otras maneras de usarlas
Clasificar las emociones en agradables y desagradables, o adivinar una representándola sin hablar.
Un juego de cartas rinde el triple si no se usa solo para su juego original.
Y la mímica funciona muy bien con hermanos de edades distintas.
Guardarlas bien
Un juego al que le falta una carta deja de servir, y las sueltas desaparecen en una semana.
Una bolsa de cierre o un sobre con el nombre escrito lo resuelve y mantiene el juego en circulación meses.
Y encargarle a él la recogida y el recuento es una responsabilidad pequeña y asumible.
Cuánto por sesión
Dos partidas, quince minutos. Es un juego intenso de atención y cansa más de lo que parece.
Y una emoción comentada al final, no más.
Cambiar de baraja de vez en cuando evita que se aprendan las posiciones de memoria.
Antes y después de esto
Por qué el vocabulario de las emociones importa está en poner nombre a las emociones. Y otro registro que se lleva en casa y ordena algo, en apuntar lo que se lee.
Cómo practicarlo jugando
Adivina la emoción une la palabra con la cara que la expresa.
Encuentra la pareja trabaja el emparejado y Recuerda y encuentra la memoria visual.
Qué imprimir
Memori de las emociones trae doce parejas listas para recortar.
Para el vocabulario, Sopa de letras de las emociones. Y para los textos, Comprensión: las emociones.
Lo esencial
- Con dos palabras solo se dice bien o mal; con doce se puede contar un recreo.
- Se leen todas las cartas antes de empezar, o el juego es azar.
- Las parejas discutibles son las mejores: la conversación vale más que la partida.
- Si no quiere contar nada, no pasa nada: el juego ya ha dado las palabras.
- El momento de usarlas no es durante el enfado, sino un rato después.