«Oro parece, plata no es.» «Tres tristes tigres.» Son de las pocas cosas
que pasan de generación en generación sin que nadie las enseñe en ningún sitio, y
las dos aguantan porque funcionan.
Y entrenan cosas completamente distintas, aunque se guarden en el mismo cajón
de «juegos de palabras».
La adivinanza es una inferencia
Antes de las adivinanzas conviene tener el paso previo: encontrar qué tienen
en común varias cosas y ponerle nombre. Eso es lo que hace En una palabra, y sin ello las pistas de una
adivinanza no se pueden juntar.
Para resolverla hay que juntar pistas que se dan por separado y sacar algo que
no está dicho en ninguna parte. Eso es exactamente inferir, que es el escalón
más difícil de la comprensión lectora — está contado en Leer entre líneas.
Y viene con dos cosas que un ejercicio de comprensión no tiene. La rima, que
hace que se pueda repetir veinte veces sin que canse. Y la respuesta única, que
permite saber si se ha acertado sin que nadie juzgue.
Además fuerza un vocabulario que no aparece en ningún otro sitio: «una señora
muy aseñorada», «en alto teje la tejedora». Palabras raras en un contexto donde
importan.
Cómo se resuelve una adivinanza
Hay un método y se puede enseñar, porque casi ningún niño lo descubre solo.
Leerla dos veces. La primera se oye la rima; la segunda se
oyen las pistas. A la primera lectura casi nadie se entera de lo que dice.
Buscar de qué habla cada línea. «Tiene ojos y no ve» —¿qué
cosas tienen ojos? La pregunta que desbloquea no es «¿qué es?» sino «¿de qué
habla esta línea?».
Buscar la contradicción. Casi todas juegan con algo que
parece imposible: tiene agua y no la bebe. Ahí está la gracia y la pista.
Comprobar con todas las líneas. Una respuesta que solo
explica dos de cuatro no es la buena.
El trabalenguas es otra cosa
Aquí no hay nada que deducir. Lo que hay es un ejercicio de articulación que
obliga a separar sonidos que se parecen mucho.
«Tres tristes tigres» pone la erre después de consonante tres veces seguidas.
«Erre con erre cigarro» alterna la erre suave y la fuerte. «Si Sansón no sazona
su salsa» no deja comerse ni una sílaba.
Y eso es conciencia fonológica en estado puro —oír las palabras por dentro—,
que es lo que sostiene después leer y escribir sin faltas. Hay más en Conciencia fonológica.
Despacio antes que deprisa
El error de casi todo el mundo: decirlo rápido desde el principio.
Dicho rápido y mal no entrena nada — se convierte en un ruido gracioso. Lo
que trabaja es articular con cuidado cada sonido, y para eso hay que empezar
lento y subir la velocidad solo cuando sale limpio.
La regla práctica es tres veces despacio y bien, y solo entonces intentar la
velocidad. Y si se enreda, se vuelve a bajar.
Marcar los intentos en una casilla ayuda más de lo que parece: convierte el
trabalenguas en algo que se acaba en vez de en una broma que se abandona a la
segunda.
A qué edad cada cosa
Cuatro y cinco años. Trabalenguas cortos —«mi mamá me mima
mucho»— y adivinanzas con la respuesta muy a la vista.
Cinco y seis. Adivinanzas clásicas de objetos cotidianos, y
trabalenguas de una línea.
Siete y ocho. Las adivinanzas con contradicción y los
trabalenguas de la erre, que son los difíciles de verdad.
Nueve. Inventarlas, que es bastante más difícil que
resolverlas y es un ejercicio de escritura excelente.
Por qué se sostienen sin material
Hay algo que las hace especialmente útiles y no tiene que ver con lo que
enseñan: no necesitan nada.
Ni papel, ni pantalla, ni preparación. Funcionan en el coche, en la cola del
súper y en la sala de espera del pediatra, que es donde un niño pasa bastante
más tiempo del que nadie calcula.
Y se aprenden de memoria, así que el niño puede llevárselas y usarlas él con
otros. Una adivinanza que un crío se sabe y cuenta en el patio es un ejercicio
que se repite solo cien veces.
Lo que estropea el momento
Dar la solución enseguida. El valor está en el rato de no
saberlo. Si se resuelve en cinco segundos, no ha entrenado nada.
Encadenar diez seguidas. Una o dos por rato. Diez convierte
un juego en una batería de ejercicios.
Corregir la pronunciación con dureza. En el trabalenguas
equivocarse es parte del juego y da risa. Si da vergüenza, se acabó.
Convertirlo en competición. Con hermanos de edades distintas,
el pequeño pierde siempre y deja de jugar.
Por qué la rima ayuda a recordar
Hay una razón por la que estas dos formas han sobrevivido siglos sin estar
escritas en ninguna parte: riman, y lo que rima se recuerda.
La rima limita las posibilidades. Si una línea acaba en «-ez», la siguiente
solo puede acabar en unas pocas maneras, y eso da una pista para recuperar el
texto entero cuando se ha olvidado un trozo.
El mismo mecanismo funciona en las canciones, en las tablas de multiplicar
cantadas y en los refranes. Y se puede aprovechar a propósito: cualquier cosa que
haya que memorizar aguanta mucho mejor si tiene ritmo.
Para un niño que empieza a leer hay además un premio extra: al saberse el
texto de memoria, puede seguirlo con el dedo y sentir que lee de corrido, aunque
esté recordando. Ese rato de «leer bien» sostiene bastantes ganas.
Inventarlas, que es el nivel siguiente
Hacia los ocho o nueve años se puede dar la vuelta al ejercicio: que las
invente él. Y es bastante más difícil de lo que parece.
Para inventar una adivinanza hay que pensar en un objeto, encontrar tres
cosas que lo describan sin nombrarlo, y ordenarlas de menos a más evidente. Es
descripción, clasificación y estructura, todo junto.
La ayuda que lo desbloquea es empezar por la contradicción: «tiene X y no
Y». Con esa plantilla salen adivinanzas razonables a la primera.
Los trabalenguas inventados son más fáciles y dan mucha risa: se elige un
sonido y se buscan cuatro palabras que lo lleven. No hace falta que tenga sentido
—los de siempre tampoco lo tienen mucho.
Cómo practicarlo jugando
Primer sonido trabaja lo mismo que un
trabalenguas —aislar sonidos— pero de uno en uno y sin la velocidad.
Qué sobra y En una palabra entrenan lo de las adivinanzas:
encontrar qué tienen en común unas cosas y ponerle nombre.
Cinco minutos. Y una adivinanza en la cola del súper, que vale por más.
Qué imprimir
Adivinanzas trae doce de las de
siempre con las soluciones al pie y del revés, como en los libros de toda la
vida: resistirse a darle la vuelta a la hoja es parte del juego.
Trabalenguas los ordena de fácil a
difícil y trae tres casillas por trabalenguas para marcar los intentos, que es lo
que lo convierte en un ejercicio con final.
Y Juegos de palabras para
llevar reúne doce juegos que no necesitan nada, para guardar doblada en el
bolso.
Lo esencial
Una adivinanza es una inferencia con rima: hay que juntar pistas y sacar algo
que no está dicho, que es el escalón más difícil de la comprensión lectora. Se
resuelve con método —leerla dos veces, mirar de qué habla cada línea, buscar la
contradicción— y ese método se enseña. Un trabalenguas es otra cosa
completamente: conciencia fonológica pura, y solo entrena si se dice despacio y
bien antes que rápido. Las dos funcionan sin material, se aprenden de memoria y
el niño se las lleva puestas.