A un niño de siete años se le dice que su hermano «está en las nubes» y mira
al techo. No es que no atienda: es que las palabras dicen lo que dicen.
Entender que una frase puede significar algo distinto de sus palabras es un
salto que se da hacia los ocho o nueve años, y que explica bastantes atascos de
comprensión lectora.
Por qué importa más de lo que parece
Y lo que hay debajo es la operación de En una
palabra: encontrar en qué se parecen dos cosas que no tienen nada que ver.
Sin eso, ninguna metáfora se puede razonar.
Un niño puede leer perfectamente y no enterarse de un texto por esto, y es una de las causas que menos se miran.
Los cuentos están llenos: «se le heló la sangre», «no daba crédito», «se hizo un nudo en la garganta». Leídas al pie de la letra no significan nada raro, así que el niño sigue leyendo sin notar que se ha perdido algo.
Es el mismo problema de leer de corrido sin enterarse, contado en Leer de corrido, pero con una causa concreta y arreglable.
Y arreglarlo es fácil: consiste en enseñar que existe, y en tener el hábito de preguntarse si una frase se puede estar diciendo de otra manera.
Las tres clases que hay
Frases hechas. «Meter la pata», «echar una mano», «tomar el pelo». Son las más frecuentes y las que aparecen en cualquier conversación.
Refranes. Frases enteras con un consejo dentro: «a quien madruga, Dios le ayuda». Se usan menos que antes pero siguen saliendo.
Comparaciones y metáforas. «Está hecho un toro», «es un sol». Aquí sí hay un parecido que se puede razonar, y por eso son las más fáciles de explicar.
Las tres se trabajan igual: se dice qué significa y se busca en qué se parece a lo que se quiere decir.
Cómo se enseña
Se lee la frase y antes de explicar nada se pregunta qué cree él que significa.
Las respuestas literales son las buenas para empezar la conversación: si dice que «llueve sobre mojado» es que llueve mucho, ya hay de dónde tirar.
Después se cuenta el significado y —esto es lo importante— en qué se parece: llover sobre algo que ya estaba mojado es un problema encima de otro problema.
Ese «en qué se parece» es lo que convierte la frase en algo que se entiende en vez de algo que se memoriza. Encontrar lo común entre dos cosas es lo de En una palabra.
Usarlas es lo que las fija
Una frase hecha aprendida en una hoja se olvida. Una dicha en el momento justo se aprende de una vez.
Así que lo que rinde es decirlas cuando pase algo que encaje: «pues sí que ha sido pan comido», «te ha costado un ojo de la cara».
Y explicarlas solo si el niño pregunta o si se ve que no la ha pillado. Al principio hay que explicar todas; al mes, ninguna.
Con tres o cuatro por semana dichas en su momento, en un curso se instalan bastantes.
Las que se entienden mal
Hay unas cuantas que un niño interpreta al revés y conviene tenerlo previsto.
«No tener pelos en la lengua» suena a algo malo y significa decir las cosas claras. «Ser un ratón de biblioteca» suena a insulto y no lo es.
Y hay algunas que se entienden distinto según cómo se digan: «vaya cara» puede ser admiración o reproche.
Esa dependencia del tono es difícil y es de nueve años en adelante, pero merece nombrarse cuando aparezca: no solo importan las palabras.
El humor vive aquí
Buena parte de los chistes que un niño empieza a entender hacia los ocho años se basan en esto: en tomar una frase al pie de la letra cuando no tocaba.
Por eso este tema tiene un premio inmediato que casi ningún tema de lengua tiene: quien entiende el doble sentido se ríe.
Y funciona al revés como comprobación: si un chiste de juego de palabras le hace gracia, la idea está.
Los libros de chistes malos son, sin ninguna ironía, buen material para esto a los ocho y nueve años.
A qué edad
Cinco y seis años. Nada explícito. Como mucho, comparaciones muy visuales: «duerme como un tronco».
Siete. Frases hechas muy frecuentes, explicadas cuando salgan.
Ocho. La idea de fondo —hay frases que no dicen lo que parece— y los refranes.
Nueve. El tono que cambia el significado, la ironía y los juegos de palabras.
Lo que no funciona
Listas para memorizar. Veinte frases hechas aprendidas de golpe se olvidan en dos semanas.
Explicarlas antes de preguntar. Se pierde lo mejor, que es oír qué había entendido.
Refranes muy antiguos. Los que ya nadie dice no sirven de nada: se aprenden como curiosidad y no se usan nunca.
Reírse de la interpretación literal. Es exactamente lo que hay que evitar: el niño está haciendo lo razonable con lo que sabe.
Las que ya nadie nota
Hay una parte del asunto que sorprende a cualquiera y que a los nueve años da
para una conversación larga: media lengua está hecha de frases figuradas tan
gastadas que ya no se notan.
«La pata de la mesa» no es una pata de verdad. «El pie de la página» tampoco.
«La boca del metro», «el ojo de la aguja», «la cabeza de un tornillo».
Todas salieron de una comparación con el cuerpo, y ahora son el nombre normal
de esas cosas. Nadie piensa en una pata al decir la pata de la mesa.
Buscarlas por casa es un juego que dura una tarde entera y deja una idea buena
de fondo: la lengua se hace comparando cosas, y lo que hoy es una metáfora mañana
es el nombre de algo.
En otros idiomas no es igual
Hay un detalle que engancha mucho a quien está aprendiendo inglés: las frases
hechas no se traducen palabra por palabra casi nunca.
«Llover a cántaros» en inglés se dice de una manera que, traducida, sería que
llueven perros y gatos. Y quien lo oiga sin saberlo entiende cualquier cosa menos
que llueve mucho.
Eso explica algo que un niño nota pronto: por qué a veces entiende todas las
palabras de una frase en inglés y no entiende la frase.
Y de paso enseña a no traducir literalmente, que es probablemente el hábito
más útil que se puede coger a los nueve años con un idioma nuevo.
Cómo practicarlo jugando
En una palabra entrena encontrar en qué se parecen cosas distintas, que es la operación de toda metáfora.
Adivina la emoción trabaja leer lo que no está dicho, y Qué sobra justificar por qué algo encaja o no.
Cinco minutos. Y una frase hecha dicha en su momento, que vale más que la hoja.
Qué imprimir
Refranes y dichos trae treinta y dos refranes y frases hechas con lo que significan de verdad, repartidos en cuatro hojas para no leerlos de golpe.
Adivinanzas trabaja lo mismo por otro lado: describir algo diciendo lo que parece y no lo que es.
Y Leer entre líneas para el uso dentro de un texto, que es donde de verdad hace falta.
Lo esencial
Hasta los ocho o nueve años un niño entiende las frases al pie de la letra, y eso hace que lea perfectamente y se pierda en un cuento sin notarlo. Se arregla enseñando que existe la posibilidad y preguntando siempre antes de explicar: las interpretaciones literales son el punto de partida de la conversación, no un error del que reírse. Lo que fija estas frases no es una lista sino oírlas dichas en su momento. Y el premio inmediato es el humor: quien pilla el doble sentido se ríe.