Un niño de seis años tiene «grande» y «pequeño» perfectamente colocados.
Y para todo lo demás usa «bonito», «feo» y «guay».
No es que le falten palabras: es que las que tiene están sueltas. Y el
vocabulario no crece añadiendo palabras a una lista, sino colocándolas unas
respecto a otras.
Los contrarios van primero
Y bastante primero. Alto y bajo, dentro y fuera, lleno y vacío se entienden a
los tres o cuatro años, mucho antes que cualquier sinónimo.
El motivo es que un contrario es una pareja cerrada: si sabes lo que es alto,
sabes lo que es bajo, porque es lo otro. No hay matices que negociar.
Y son además los más fáciles de comprobar: se pueden señalar dos cosas y ver
la diferencia. Por eso Grande o pequeño funciona
desde tan pronto —es una pareja de contrarios y nada más—, y por eso el juego de decir la palabra contraria se puede hacer
andando desde los cuatro años.
Los sinónimos, que casi nunca lo son
Aquí está lo interesante y lo que se enseña mal: en español no hay casi
sinónimos exactos.
«Contento» y «feliz» se parecen y no son lo mismo: uno puede estar contento
por algo concreto y feliz de una manera más general. «Bonito» y «guapo» tampoco:
un día es bonito, una persona es guapa, y decirlo al revés suena raro.
Enseñarlos como equivalencias —bonito igual a guapo— empobrece en lugar de
ampliar, porque el niño acaba usando cualquiera en cualquier sitio.
Lo que sí funciona es meterlos en una frase y comparar: «un día bonito» y «un
día guapo». La segunda suena mal, y notar por qué es donde está el vocabulario
fino.
Las escalas, que casi nadie trabaja
Hay un tercer grupo que no es ni contrarios ni sinónimos y que rinde
muchísimo: las palabras que dicen lo mismo con distinta intensidad.
Pequeño, diminuto, minúsculo. Grande, enorme, gigante, inmenso. Contento,
alegre, encantado. No son sinónimos: son grados.
Ordenarlas de menos a más es un ejercicio excelente y además discutible —
«¿qué es más, enorme o gigante?»— y esa discusión es exactamente donde se aprende
a matizar.
Y tiene un efecto directo en cómo escribe: un niño con escalas usa la palabra
que toca en vez de «muy grande» todo el rato.
Por qué esto importa para leer
Porque un texto no repite la misma palabra: la sustituye.
Un cuento habla del «perro», después del «animal», después de «el pobre
bicho». Si el niño no ve que las tres son lo mismo, pierde el hilo y cree que han
aparecido tres personajes.
Eso se llama seguir la cadena de referencias y es una causa silenciosa de
mala comprensión: no falla la lectura ni el vocabulario suelto, falla la
conexión.
Trabajar sinónimos es trabajar eso directamente, y se nota bastante rápido.
Cómo se enseñan sin listas
Sustituyendo en una frase que ya está. «El niño está
contento.» ¿De qué otra manera se puede decir? Ahí se ve si el sustituto
encaja.
Prohibiendo una palabra. «Cuéntamelo sin decir bonito.»
Fuerza a buscar y es un juego que aguanta bastante.
Con los contrarios de todo. Uno dice una palabra y el otro la
contraria, sin parar. Sirve para nombres, adjetivos y verbos.
Buscando en un texto. A partir de los ocho: subrayar todas
las palabras que se refieren al mismo personaje.
Los contrarios que no son tan fáciles
Merece un apunte porque hay tres tipos y no todos funcionan igual.
Los de pareja limpia. Alto y bajo, dentro y fuera. Estos son
los de los cuatro años.
Los que no tienen contrario. ¿Cuál es lo contrario de
«silla»? Ninguno. Y descubrir que no todas las palabras tienen pareja es una idea
valiosa.
Los que dependen del contexto. Lo contrario de «claro» puede
ser oscuro (un color) o difícil de entender (una explicación). Estos son de los
ocho o nueve años y enseñan que una palabra puede tener varios sentidos.
El diccionario, y cuándo
Hacia los ocho años empieza a tener sentido, y con una advertencia: buscar una
palabra en el diccionario casi nunca resuelve el problema.
Las definiciones están escritas con palabras que un niño de ocho tampoco
conoce, y el resultado es un rodeo. Preguntar a alguien o deducir por el contexto
funciona mejor casi siempre.
Donde sí sirve el diccionario es para lo contrario: ver que una palabra tiene
tres significados distintos, o comprobar cuál de dos parecidas encaja. Es una
herramienta de matiz, no de rescate.
Cuántas palabras nuevas
Tres o cuatro por semana, oídas muchas veces. Diez en una tarde se olvidan
todas menos una.
Y la señal de que una palabra está no es que la reconozca cuando alguien la
dice: es que la use él sin que nadie la haya mencionado antes.
Por eso el vocabulario crece más hablando y leyendo que estudiando listas —
como pasa con el de la cocina, contado en El vocabulario de la cocina.
Las palabras que se aprenden en pareja
Hay un grupo que conviene enseñar siempre a la vez porque uno sin el otro no
significa nada: los que son relativos.
Cerca y lejos, antes y después, delante y detrás, izquierda y derecha. Ninguno
de ellos describe una cosa: describen una relación entre dos.
Eso los hace más difíciles de lo que parecen. «Alto» se puede señalar; «cerca»
depende de desde dónde se mire, y a los cinco años eso descoloca — lo que está
cerca de mí puede estar lejos de ti.
Se trabajan moviéndose: colocarse detrás de la silla, delante de la puerta,
cerca de la ventana. Con el cuerpo se entienden; explicados, no.
Cuándo aparecen en clase
Los nombres —sinónimo, antónimo— llegan hacia los ocho años, y para entonces
el niño lleva cuatro usándolos sin saber cómo se llaman.
Conviene decírselo así: «esto que ya sabes hacer tiene un nombre». Es mucho
mejor punto de partida que presentar la palabra técnica primero y el concepto
después.
Y hay un detalle que ayuda a recordarlos: «anti-» ya significa contra, así que
antónimo es el que va en contra. Con esa pista, los dos nombres dejan de
confundirse.
Cómo practicarlo jugando
Grande o pequeño es el de entrada: una
pareja de contrarios y una decisión, desde los cuatro años.
En una palabra trabaja agrupar —encontrar
la palabra que reúne varias— y Qué sobra lo
contrario, detectar lo que no encaja. Los tres construyen la misma red.
Cinco minutos. Y el juego de los contrarios andando, que no cuesta nada.
Qué imprimir
Palabras que significan lo
mismo y lo contrario tiene una hoja de contrarios, otra de parecidos y una
tercera de escalas, donde además hay que ordenarlas por intensidad dentro de su
columna.
Para la versión recortable, Memori de contrarios, que empareja
jugando y va bien desde los cuatro años.
Y Qué sobra en cada grupo
para la parte de justificar por qué unas palabras van juntas.
Lo esencial
Los contrarios se entienden años antes que los sinónimos porque son parejas
cerradas y se pueden señalar. Los sinónimos casi nunca son exactos, y enseñarlos
como equivalencias empobrece: lo que funciona es meterlos en una frase y ver cuál
encaja. El grupo que más rinde y menos se trabaja son las escalas —pequeño,
diminuto, minúsculo—, que se ordenan por intensidad. Y todo esto importa para
leer: un texto no repite la palabra, la sustituye, y quien no sigue esa cadena
cree que han aparecido personajes nuevos.