Lectura y lenguaje

Los refranes y lo que esconden

Por El equipo de Kodomi Club · 4 de septiembre de 2026 · 7 min

Los refranes y lo que esconden

Un refrán es lenguaje figurado en su versión más corta y más antigua. Entenderlo es un salto grande, y se puede dar a los ocho años.

Preguntad a un niño de ocho años qué quiere decir «a quien madruga, Dios le ayuda». Muchos responden algo sobre levantarse temprano y sobre Dios. Es una lectura perfectamente razonable y se queda en la superficie: el refrán no habla de madrugar, habla de anticiparse.

Ese salto —de lo que las palabras dicen a lo que la frase significa— es una de las cosas más difíciles de la comprensión lectora, y también una de las que más se pueden trabajar en casa sin material ninguno.

Por qué los refranes son un buen atajo

El lenguaje figurado aparece en los libros de texto a partir de tercero, normalmente con metáforas de poemas. Los refranes tienen dos ventajas sobre eso: son cortísimos, así que caben enteros en la cabeza de un niño, y se oyen en casa, así que ya le suenan aunque no los entienda.

Además tienen una gracia práctica: sirven. Un refrán es un consejo comprimido, y cuando el niño pilla el sentido puede usarlo esa misma semana. «Quien mucho abarca, poco aprieta» explica por qué no le ha dado tiempo a hacer los deberes, la merienda y la partida.

Trabajar el sentido general de un conjunto de palabras es lo que hace En una palabra, donde hay que encontrar el término que abarca a varios objetos. No es lo mismo que un refrán, pero es el mismo músculo: pasar de lo concreto a lo que engloba. En el artículo sobre el lenguaje figurado está el recorrido completo, de las frases hechas a las metáforas.

Cómo se explica un refrán sin destriparlo

La tentación es dar la traducción: «significa que hay que ser previsor». Funciona a corto plazo y no enseña el mecanismo. Vale más hacer tres preguntas.

La primera: ¿de qué habla literalmente? De alguien que se levanta pronto. La segunda: ¿a quién se lo diríais? A alguien que deja las cosas para el último momento. Y la tercera, que es la que hace el trabajo: entonces, ¿de qué habla de verdad?

Con dos o tres refranes hechos así, el niño empieza a hacerse esas preguntas solo. Y lo que ha aprendido no son tres refranes: es que una frase puede tener dos capas y que hay que buscar la segunda.

Los que no se entienden a los ocho años

Conviene elegir. Hay refranes que dependen de un mundo que el niño no ha visto: los que hablan de labranza, de caballos regalados o de misas. Se pueden explicar, y a veces la explicación es lo divertido, pero no son los mejores para empezar.

Los que funcionan a esta edad son los que describen situaciones de patio: «perro ladrador, poco mordedor», «más vale tarde que nunca», «quien mucho abarca, poco aprieta», «de tal palo, tal astilla». Todos tienen equivalente inmediato en su vida.

Y hay uno que merece atención aparte: «no por mucho madrugar amanece más temprano». Es interesante porque parece contradecir al primero, y descubrir que dos refranes se llevan la contraria es un momento estupendo. Sirve para decir algo verdadero: no son leyes, son consejos, y hay consejos para situaciones distintas.

Descifrarlos antes de entenderlos

Hay un truco que funciona muy bien y que además resuelve el problema de que un refrán se lee en tres segundos. Escribid el refrán en clave —cada letra convertida en un número, con su tabla— y que lo descifre antes de explicarlo.

Al descifrarlo lo lee letra a letra, así que llega al final habiéndolo mirado de verdad y no de un vistazo. Y como le ha costado un rato sacarlo, la conversación sobre qué significa llega con el terreno preparado. Es el mismo mecanismo que contamos en el artículo sobre los códigos, aplicado a un contenido que da conversación después.

Dónde aparecen sin buscarlos

Una ventaja de los refranes frente a otros ejemplos de lenguaje figurado es que están vivos. No hay que ir a buscarlos a un libro: salen en la conversación de los abuelos, en los anuncios, en los títulos de los periódicos y en la mitad de las canciones.

Eso permite convertirlos en un juego continuo en vez de en una ficha suelta. Basta con avisar: durante esta semana, cada vez que oigamos uno, lo apuntamos. En tres días suele haber cinco o seis, y la lista la hace el niño, que es lo que hace que se fije.

Después se pueden ordenar por temas —los que hablan de trabajo, los que hablan de esperar, los que avisan de algo— y ahí aparece otra habilidad: clasificar por significado y no por forma. Es lo mismo que pide Qué sobra con dibujos, aplicado a frases enteras.

El refrán que no se entiende y el que se entiende mal

Conviene distinguir dos situaciones. Una es el refrán que no se entiende en absoluto, normalmente por vocabulario: si no sabe qué es abarcar, «quien mucho abarca, poco aprieta» no tiene solución posible. Ahí lo que falta es una palabra, y se da.

La otra es más interesante: el refrán que se entiende literalmente y se queda ahí. «Perro ladrador, poco mordedor» se puede entender perfectamente como una observación sobre perros. No está mal — falta el segundo piso. La pregunta que abre ese piso es siempre la misma: ¿y esto se lo dirías a alguien que no tiene perro?

Es una pregunta tonta y funciona casi siempre, porque obliga a buscar a quién se le diría y por qué. Y en cuanto encuentra un caso —«a alguien que grita mucho y luego no hace nada»— ha subido el piso él solo.

Cómo practicarlo jugando

En una palabra trabaja el paso de varios objetos concretos al término que los agrupa, que es la misma abstracción que pide un refrán.

Une las frases se centra en las palabras pequeñas que dicen qué relación hay entre dos mitades —porque, pero, aunque—, y muchos refranes son exactamente eso: dos ideas unidas por una relación que hay que reconocer. Qué sobra completa el trío pidiendo encontrar lo que tienen en común varios elementos.

Qué imprimir

Descifra el refrán junta las dos cosas de este artículo: se descifra con una clave revuelta y aparece un refrán para comentar. Tres hojas con nueve refranes y las soluciones.

Para practicar solo la parte de descifrar, los Mensajes en clave usan frases corrientes y una clave más sencilla. Y en Refranes y dichos están recogidos para leerlos y comentarlos sin cifrado por medio.

Un último apunte sobre la edad. Antes de los siete años el segundo piso de un refrán no suele aparecer, por mucho que se explique, y forzarlo no adelanta nada. A partir de los ocho empieza a salir solo con dos o tres ejemplos, y a los nueve muchos niños ya inventan aplicaciones nuevas —«esto es como lo del perro ladrador»—, que es la señal de que la idea está instalada de verdad.

Lo esencial

  • Un refrán dice una cosa y significa otra. Reconocer esas dos capas es un salto grande de comprensión y se puede dar a los ocho años.
  • Tres preguntas en lugar de la traducción: de qué habla literalmente, a quién se lo dirías, y entonces de qué habla de verdad.
  • Elegid los que describen situaciones de patio. Los de labranza y misas se explican, pero no son para empezar.
  • Dos refranes que se contradicen son una buena noticia: sirven para decir que son consejos y no leyes.
  • Descifrarlo antes de comentarlo hace que se lea letra a letra y llega a la conversación con el terreno preparado.

Para practicarlo jugando

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