Preguntad a un niño de ocho años qué quiere decir «a quien madruga, Dios
le ayuda». Muchos responden algo sobre levantarse temprano y sobre Dios. Es
una lectura perfectamente razonable y se queda en la superficie: el refrán no
habla de madrugar, habla de anticiparse.
Ese salto —de lo que las palabras dicen a lo que la frase significa— es
una de las cosas más difíciles de la comprensión lectora, y también una de
las que más se pueden trabajar en casa sin material ninguno.
Por qué los refranes son un buen atajo
El lenguaje figurado aparece en los libros de texto a partir de tercero,
normalmente con metáforas de poemas. Los refranes tienen dos ventajas sobre
eso: son cortísimos, así que caben enteros en la cabeza de un niño, y se
oyen en casa, así que ya le suenan aunque no los entienda.
Además tienen una gracia práctica: sirven. Un refrán es un consejo
comprimido, y cuando el niño pilla el sentido puede usarlo esa misma semana.
«Quien mucho abarca, poco aprieta» explica por qué no le ha dado tiempo a
hacer los deberes, la merienda y la partida.
Trabajar el sentido general de un conjunto de palabras es lo que hace En una palabra, donde hay que encontrar el
término que abarca a varios objetos. No es lo mismo que un refrán, pero es el
mismo músculo: pasar de lo concreto a lo que engloba. En el artículo sobre el lenguaje figurado
está el recorrido completo, de las frases hechas a las metáforas.
Cómo se explica un refrán sin destriparlo
La tentación es dar la traducción: «significa que hay que ser previsor».
Funciona a corto plazo y no enseña el mecanismo. Vale más hacer tres
preguntas.
La primera: ¿de qué habla literalmente? De alguien que se levanta pronto.
La segunda: ¿a quién se lo diríais? A alguien que deja las cosas para el
último momento. Y la tercera, que es la que hace el trabajo: entonces, ¿de
qué habla de verdad?
Con dos o tres refranes hechos así, el niño empieza a hacerse esas
preguntas solo. Y lo que ha aprendido no son tres refranes: es que una frase
puede tener dos capas y que hay que buscar la segunda.
Los que no se entienden a los ocho años
Conviene elegir. Hay refranes que dependen de un mundo que el niño no ha
visto: los que hablan de labranza, de caballos regalados o de misas. Se
pueden explicar, y a veces la explicación es lo divertido, pero no son los
mejores para empezar.
Los que funcionan a esta edad son los que describen situaciones de patio:
«perro ladrador, poco mordedor», «más vale tarde que nunca», «quien mucho
abarca, poco aprieta», «de tal palo, tal astilla». Todos tienen equivalente
inmediato en su vida.
Y hay uno que merece atención aparte: «no por mucho madrugar amanece más
temprano». Es interesante porque parece contradecir al primero, y descubrir
que dos refranes se llevan la contraria es un momento estupendo. Sirve para
decir algo verdadero: no son leyes, son consejos, y hay consejos para
situaciones distintas.
Descifrarlos antes de entenderlos
Hay un truco que funciona muy bien y que además resuelve el problema de
que un refrán se lee en tres segundos. Escribid el refrán en clave —cada
letra convertida en un número, con su tabla— y que lo descifre antes de
explicarlo.
Al descifrarlo lo lee letra a letra, así que llega al final habiéndolo
mirado de verdad y no de un vistazo. Y como le ha costado un rato sacarlo,
la conversación sobre qué significa llega con el terreno preparado. Es el
mismo mecanismo que contamos en el
artículo sobre los códigos, aplicado a un contenido que da conversación
después.
Dónde aparecen sin buscarlos
Una ventaja de los refranes frente a otros ejemplos de lenguaje figurado
es que están vivos. No hay que ir a buscarlos a un libro: salen en la
conversación de los abuelos, en los anuncios, en los títulos de los
periódicos y en la mitad de las canciones.
Eso permite convertirlos en un juego continuo en vez de en una ficha
suelta. Basta con avisar: durante esta semana, cada vez que oigamos uno, lo
apuntamos. En tres días suele haber cinco o seis, y la lista la hace el niño,
que es lo que hace que se fije.
Después se pueden ordenar por temas —los que hablan de trabajo, los que
hablan de esperar, los que avisan de algo— y ahí aparece otra habilidad:
clasificar por significado y no por forma. Es lo mismo que pide Qué sobra con dibujos, aplicado a frases
enteras.
El refrán que no se entiende y el que se entiende mal
Conviene distinguir dos situaciones. Una es el refrán que no se entiende
en absoluto, normalmente por vocabulario: si no sabe qué es abarcar, «quien
mucho abarca, poco aprieta» no tiene solución posible. Ahí lo que falta es
una palabra, y se da.
La otra es más interesante: el refrán que se entiende literalmente y se
queda ahí. «Perro ladrador, poco mordedor» se puede entender perfectamente
como una observación sobre perros. No está mal — falta el segundo piso. La
pregunta que abre ese piso es siempre la misma: ¿y esto se lo dirías a alguien
que no tiene perro?
Es una pregunta tonta y funciona casi siempre, porque obliga a buscar a
quién se le diría y por qué. Y en cuanto encuentra un caso —«a alguien que
grita mucho y luego no hace nada»— ha subido el piso él solo.
Cómo practicarlo jugando
En una palabra trabaja el paso de
varios objetos concretos al término que los agrupa, que es la misma
abstracción que pide un refrán.
Une las frases se centra en las
palabras pequeñas que dicen qué relación hay entre dos mitades —porque, pero,
aunque—, y muchos refranes son exactamente eso: dos ideas unidas por una
relación que hay que reconocer. Qué sobra
completa el trío pidiendo encontrar lo que tienen en común varios
elementos.
Qué imprimir
Descifra el refrán junta
las dos cosas de este artículo: se descifra con una clave revuelta y aparece
un refrán para comentar. Tres hojas con nueve refranes y las soluciones.
Para practicar solo la parte de descifrar, los Mensajes en clave usan frases
corrientes y una clave más sencilla. Y en Refranes y dichos están recogidos
para leerlos y comentarlos sin cifrado por medio.
Un último apunte sobre la edad. Antes de los siete años el segundo piso de
un refrán no suele aparecer, por mucho que se explique, y forzarlo no
adelanta nada. A partir de los ocho empieza a salir solo con dos o tres
ejemplos, y a los nueve muchos niños ya inventan aplicaciones nuevas —«esto
es como lo del perro ladrador»—, que es la señal de que la idea está
instalada de verdad.
Lo esencial
- Un refrán dice una cosa y significa otra. Reconocer esas dos capas es un
salto grande de comprensión y se puede dar a los ocho años.
- Tres preguntas en lugar de la traducción: de qué habla literalmente, a
quién se lo dirías, y entonces de qué habla de verdad.
- Elegid los que describen situaciones de patio. Los de labranza y misas se
explican, pero no son para empezar.
- Dos refranes que se contradicen son una buena noticia: sirven para decir
que son consejos y no leyes.
- Descifrarlo antes de comentarlo hace que se lea letra a letra y llega a
la conversación con el terreno preparado.