«Se despertó antes de que sonara el despertador. Se vistió deprisa,
desayunó sin hambre y estuvo mirando la puerta un rato largo.» En ningún sitio
pone que estuviera nervioso, y sin embargo lo está.
Deducir eso —lo que siente alguien a partir de lo que hace— es de las cosas
más difíciles de la comprensión lectora y de las que menos se practican.
Reconocer emociones en una cara, que es el paso previo, lo trabaja Adivina la emoción.
Lo que se dice y lo que se muestra
Hay dos maneras de contar que alguien está nervioso. Una: «Nacho estaba
nervioso». Otra: contar que no desayunó y que miró la puerta.
Los textos infantiles suelen usar la primera y los buenos usan la segunda,
que es la que obliga al lector a hacer algo. Y es también la que se encuentra
en cualquier libro a partir de los nueve años.
Conviene señalar la diferencia cuando aparezca: «¿dónde pone que estaba
nervioso?». La respuesta —«no pone»— abre la conversación entera.
Las señales del cuerpo
Lo que los textos usan para mostrar una emoción es casi siempre el cuerpo y
la conducta: no tener hambre, no hablar, mirar mucho a un sitio, apretar los
puños, ponerse a llorar.
Merece la pena hacer una lista con el niño de qué hace cada uno cuando
está nervioso, enfadado o contento. Sale una lista propia y muy concreta, y
después reconoce esas mismas señales en los textos.
Y funciona en la otra dirección: entender que lo que uno hace también
cuenta cosas a los demás sin que uno las diga.
Las preguntas que valen
«¿Qué desayunó Nacho?» es una pregunta de buscar y no enseña nada. «¿Qué
señales dicen que estaba nervioso?» obliga a recorrer el texto y a decidir
qué frases sirven de prueba.
Esa segunda es la que hay que hacer, y hay que hacerla despacio. Si el niño
no la encuentra, se relee juntos el párrafo y se pregunta de otra manera:
«¿tú desayunas sin hambre cuando estás tranquilo?».
Y hay una tercera categoría todavía mejor: «¿qué habría pasado si lo
hubiera contado?». No está en el texto y se deduce de él.
No corregir demasiado rápido
Si el niño dice que un personaje está triste y el texto sugiere enfado, no
conviene corregirlo de golpe. Merece la pena preguntar qué frase se lo hace
pensar.
A veces tiene razón: la tristeza y el enfado se parecen mucho por fuera, y
un personaje puede estar las dos cosas. Y a veces se ha apoyado en una frase
que efectivamente lo dice.
Esa conversación —qué prueba tienes— es más valiosa que acertar el nombre
de la emoción. Es exactamente lo que se pide en un comentario de texto diez
años después.
Las emociones no vienen solas
Una idea que se puede introducir a los ocho o nueve años: se pueden sentir
dos cosas a la vez, y muchas veces así ocurre.
Estar nervioso y tener ganas. Estar enfadado con alguien y quererlo.
Alegrarse por un amigo y tener envidia. En los textos de las fichas eso
aparece a propósito.
Aceptar que las dos cosas pueden ser verdad a la vez es una lección de
convivencia que también es una lección de lectura: los personajes complejos
no se resumen en una palabra.
Sin moraleja
Hay una tentación fuerte con estos textos: convertirlos en una lección de
comportamiento. «¿Ves? Hay que contar las cosas.»
Conviene resistirla. En cuanto el texto tiene moraleja, deja de ser una
lectura y se convierte en un sermón, y el niño lo detecta y desconecta.
Los textos de las fichas terminan sin juicio: Lucía grita, se va a su
cuarto y vuelve, y nadie dice si estuvo bien o mal. La conversación que venga
después la lleva el niño.
La pregunta que no está en la hoja
Es la que más rinde y hay una sola: «¿a ti te ha pasado?».
Casi siempre sí, y casi siempre sale una historia. Y ahí es donde la
lectura se convierte en algo suyo, que es la diferencia entre un texto hecho
y un texto entendido.
No hay que forzarla ni convertirla en interrogatorio. Si no quiere contar
nada, se deja pasar y se vuelve otro día.
Qué historias funcionan
Las cotidianas y pequeñas: el primer día en un sitio nuevo, una torre que
se cae, una carta que no llega. Nada dramático.
Las situaciones grandes —una pérdida, una separación— no funcionan como
ejercicio, y no porque los niños no puedan con ellas, sino porque abren una
conversación que no es la que se buscaba y que merece otro momento.
Lo que hace útil a una historia aquí es que el niño pueda reconocerse, y
para eso tiene que ser de su tamaño.
Nombrar más emociones
El vocabulario emocional de un niño de siete años suele ser corto: bien,
mal, contento, triste, enfadado.
Ampliarlo cambia bastante lo que puede pensar sobre sí mismo. Nervioso,
avergonzado, decepcionado, aliviado, celoso, orgulloso. Cada palabra nueva es
una distinción nueva.
Y se aprenden igual que cualquier vocabulario: nombrándolas cuando
ocurren. «Eso que tienes se llama estar aliviado.»
Del texto a la cara
Hay un ejercicio corto que enlaza las dos cosas: leer una frase del texto
en voz alta y poner la cara del personaje.
Suena a juego y es exactamente lo que se ha estado pidiendo por escrito:
traducir de conducta a emoción. Con la ventaja de que aquí se ve al momento
si lo ha entendido.
Es lo mismo que trabaja Adivina la
emoción con caras dibujadas, en la dirección contraria.
Cuándo
De siete a nueve años para estos textos. Antes se puede hacer oralmente,
con cuentos leídos en voz alta y preguntas por el camino.
Y conviene alternarlo con textos explicativos, que piden otra cosa
distinta. Un niño que solo hace comprensión de emociones se maneja mal con
las causas, y al revés. En el artículo sobre
las inferencias está el marco general.
Lo mismo en las películas
Una manera de practicarlo sin papel y que gusta mucho: parar una película
un momento y preguntar qué le pasa a un personaje, y en qué se nota.
El cine muestra más que cuenta —una cara, un gesto, un silencio— así que es
material de sobra para esto. Y como el niño ya está mirando, no hay que
convencerle de nada.
Basta con una pregunta cada media hora, no más. Convertir una película en
un cuestionario es la manera más rápida de que no quiera verla contigo.
Cómo practicarlo jugando
Adivina la emoción trabaja
reconocer una emoción en una cara, que es la versión visual de lo mismo.
Qué va antes ordena los hechos de una
historia, y Une las frases los
conectores que explican por qué alguien hizo algo.
Qué imprimir
Comprensión: lo que se
siente son tres historias cortas con preguntas sobre el porqué y no sobre
el qué, con las respuestas al final.
Para inferencias en general, Comprensión: leer entre
líneas. Y para textos que explican causas físicas, Comprensión: cómo
funciona.
Lo esencial
- El texto muestra la conducta y el lector deduce la emoción. Eso es
comprensión del nivel más alto y se practica poco.
- Las señales son casi siempre corporales: no desayunar, no hablar, mirar
mucho a un sitio.
- Si dice una emoción distinta de la esperada, preguntad qué frase se lo
hace pensar antes de corregir.
- Sin moraleja. En cuanto el texto sermonea, el niño desconecta.
- La pregunta que más rinde no está en la hoja: «¿a ti te ha pasado?».