Un niño de siete años se monta en el autobús todas las semanas y puede no
saber cómo se llama el andén, la parada, el conductor o el billete. No es que
no los conozca: no ha tenido nunca que nombrarlos.
Ese es el patrón del vocabulario cotidiano: como todos sabemos de qué
hablamos, señalamos en vez de nombrar. Y lo que no se nombra no se aprende.
Agrupar por dónde va cada cosa, que es la clasificación de fondo, lo trabaja
Dónde vive cada uno.
Tres grupos que se entienden solos
Los transportes se clasifican solos y por eso son un campo cómodo: los que
van por tierra, los que van por el agua y los que van por el aire.
Esa división da una estructura donde colgar las palabras, y las palabras
colgadas se recuperan mucho mejor que las sueltas. Preguntar «¿de qué grupo
es un helicóptero?» es más útil de lo que parece.
Y aparecen enseguida los casos que no encajan del todo —el hidroavión, el
anfibio, el ferry que lleva coches— y esos son los interesantes, porque
obligan a justificar.
Las partes, que es lo que falta
Casi todos los niños saben decir «coche» y bastantes no saben decir
«volante», «maletero», «matrícula» o «intermitente».
Las partes son la capa de vocabulario que se salta siempre y la que más
precisión da. Un niño que puede decir «se ha roto el retrovisor» comunica algo
que otro solo puede señalar.
Se aprenden nombrándolas en el momento, sin lección: «pásame la llave que
está en la guantera», «baja la ventanilla». Cinco segundos y a la tercera vez
está.
Las paradas y los sitios
El andén, el puerto, el aeropuerto, la estación, el semáforo, el túnel. Son
palabras de sitio y tienen una ventaja: se pueden visitar.
Una estación de tren es una clase de vocabulario de veinte minutos: andén,
vía, vagón, taquilla, revisor, horario, retraso. Y todo con la cosa
delante.
Cuando no se puede ir, funciona bastante bien mirar un plano de metro o un
horario de autobuses. Son textos discontinuos —tablas, mapas— y leerlos es
una habilidad aparte que se practica poco.
Definir por lo que hace
El ejercicio que más rinde con este campo es el de un crucigrama: la pista
dice para qué sirve y hay que llegar al nombre.
«Se abre y entra el aire» es la ventanilla. «Se compra antes de subir» es
el billete. Ese rodeo de la función al nombre es lo contrario de una lista de
vocabulario, y es como funciona hablar cuando no encuentras la palabra.
En casa se juega sin papel: uno describe y el otro adivina. Dos minutos en
el coche, que además es el sitio temático.
Contar las casillas
Al hacer el crucigrama aparece la dificultad que da vocabulario de regalo:
la palabra que se le ocurre no cabe.
«Coche» y «automóvil» significan lo mismo y ocupan distinto. «Bici» y
«bicicleta» también. Descubrir que hay varias maneras de decir una cosa, y
que no son intercambiables en cualquier situación, es una idea fina para los
siete años.
Conviene decirle que cuente antes de escribir: es una comprobación de dos
segundos que evita medio borrado.
Usar los cruces
Lo que convierte un crucigrama en un puzle y no en un cuestionario son las
letras compartidas. Si una palabra se resiste, se salta y se vuelve con la
letra que regale la que la cruza.
Hay que enseñarlo explícitamente, porque casi ningún niño lo descubre
solo. Y es una manera de trabajar que sirve más allá: dejar algo a medias a
propósito, avanzar por otro lado y volver con más información.
El vocabulario de moverse
Además de los nombres, hay verbos que se usan mucho y se dicen mal:
arrancar, frenar, adelantar, aparcar, atracar, despegar, aterrizar.
Algunos son específicos de un medio —un avión despega y un barco atraca— y
eso da una conversación bonita sobre por qué cada cosa tiene su palabra.
Es vocabulario de acción, que suele ser más pobre que el de objetos, y se
aprende igual: usándolo en el momento en que pasa.
Los que ya no se usan
Diligencia, tranvía, vapor, zepelín. Algunos han desaparecido y otros solo
de algunas ciudades, y aparecen en los cuentos sin explicación.
Merece la pena resolverlos cuando salgan, porque un niño que no sabe qué
es una diligencia se pierde media página de un cuento sin decir nada.
Y da pie a hablar de cómo se viajaba antes, que a esta edad suele
interesar bastante más de lo que uno espera.
Una o dos palabras nuevas por hoja
Es la proporción que funciona. Si de siete palabras conoce cinco, las dos
nuevas se aprenden apoyadas en las conocidas y en los cruces.
Si no conoce ninguna, el crucigrama se convierte en adivinar, y adivinar
frustra sin enseñar. Al elegir una hoja conviene mirar antes la lista de
soluciones.
Escribirlas fija la ortografía
Un efecto secundario que conviene aprovechar: las palabras que se han
rellenado letra a letra en un crucigrama se escriben mejor después.
Si hay alguna que se le resiste —«bicicleta» con sus tres íes— meterla en
un crucigrama la arregla mejor que copiarla cinco veces.
Clasificar de otras maneras
Cuando el vocabulario esté, la pregunta que abre el tema: ¿de qué otras
maneras se pueden agrupar estos transportes? Por si llevan motor, por cuánta
gente caben, por si son públicos o privados, por si contaminan.
Ahí las respuestas dejan de ser únicas y hay que justificar, que es donde
está el aprendizaje. En una palabra
trabaja esa misma flexibilidad desde el lado del término que engloba.
Del vocabulario a la conversación
El cierre que más rinde no está en la hoja: hablar de un viaje. Cómo se
llega al pueblo de los abuelos, cuántos medios se usan, qué se tarda con cada
uno.
Ahí se usan de golpe treinta palabras del campo, con un motivo, y se
practica además contar en orden, que es otra cosa entera.
El mismo campo en inglés
Los transportes son de los primeros temas que aparecen en inglés, y tienen
la ventaja de que varias palabras se parecen: taxi, bus, tren y avión son
reconocibles.
Eso permite empezar por lo fácil y dar confianza, que es lo que hace falta
al principio de una lengua nueva. Y las que no se parecen —car, plane, ship—
se aprenden como cualquier otra: viéndolas muchas veces, como contamos en el artículo sobre repasar inglés
jugando.
Cómo practicarlo jugando
Dónde vive cada uno agrupa cosas
por su sitio, que es la clasificación que mejor sostiene este vocabulario.
En una palabra trabaja el término que
engloba a varios objetos, y Qué sobra pide
decidir qué no pertenece al grupo.
Qué imprimir
El Crucigrama de
los transportes son tres crucigramas —por la carretera, por el aire y por
el agua, y las partes y las paradas— con soluciones.
Para leer sobre ellos, Comprensión: los
transportes. Y para el vocabulario de casa, el Crucigrama de la casa.
Lo esencial
- Un niño usa el autobús cada semana y puede no saber decir «andén». Lo que
falta no es el concepto, es el nombre.
- Las partes —volante, maletero, ventanilla— son la capa que se salta
siempre y la que más precisión da.
- La pista de un crucigrama dice para qué sirve, no cómo se llama. Ese
rodeo es el ejercicio.
- Contar las casillas antes de escribir descubre que «coche» y «automóvil»
no son intercambiables.
- Una o dos palabras nuevas por hoja. Con ninguna conocida, deducir se
convierte en adivinar.