Casi todos los niños de siete años saben lo que es un ornitorrinco, un
tucán y un perezoso. Bastantes dudan con un jabalí, un erizo o una urraca, que
viven a diez kilómetros de su casa.
No es culpa de nadie: los documentales y los cuentos van llenos de animales
exóticos, y los de aquí no salen en ningún sitio. Ampliar ese vocabulario
cercano es fácil, barato y da bastante más de lo que parece. Agrupar animales
por dónde viven es lo que hace Dónde
vive cada uno.
Por grupos, no en lista
Veinte animales sueltos se olvidan. Ocho animales del bosque, ocho de la
granja y ocho del mar se quedan, porque cada grupo forma una red y las redes
se recuperan enteras.
Es el mismo principio que en cualquier idioma extranjero, y funciona igual
en la lengua propia. Por eso las sopas de letras y los crucigramas de las
fichas van siempre por campos.
Los grupos que mejor funcionan a esta edad son los de sitio —la granja, el
bosque, el mar— porque el sitio da una imagen mental donde colgar las
palabras.
Las crías, que son otro vocabulario
Ternero, potro, cordero, lechón, cachorro, polluelo. Es una capa entera de
palabras que casi no se usan y que aparecen en los libros de texto de
primero.
Tiene además una gracia lingüística que se puede señalar: unas se parecen
al nombre del adulto —gato y gatito— y otras no se parecen en nada —vaca y
ternero—. Descubrir eso es una observación sobre cómo funciona la lengua, y
está contada en el artículo sobre
las crías.
El juego De quién es el bebé
trabaja justamente esa correspondencia, que es más difícil de lo que parece
cuando los nombres no se parecen.
Los sonidos y las palabras que salen de ahí
Ladrar, maullar, mugir, relinchar, rebuznar, graznar. Otro campo entero y
uno de los que más gustan, porque se pueden hacer en voz alta.
Es vocabulario de verbos, que suele ser más pobre que el de nombres, y
tiene una ventaja: cada verbo va asociado a un animal concreto, así que se
aprenden en pareja y se sostienen entre sí.
Estos son los más frecuentes en los libros de infantil y primero, con la
palabra que imita el sonido en español y en inglés:
Qué sonido hace cada animal: el verbo y la onomatopeya en español y en inglés
| Animal | Verbo | En español | En inglés |
| perro | ladrar | guau | woof |
| gato | maullar | miau | meow |
| vaca | mugir | mu | moo |
| oveja | balar | be | baa |
| gallo | cantar | quiquiriquí | cock-a-doodle-doo |
| pollito | piar | pío, pío | cheep |
Y da pie a una observación curiosa: en cada idioma los animales «hablan»
distinto. El gallo español hace quiquiriquí y el inglés cock-a-doodle-doo. Es
el mismo sonido oído por dos oídos distintos.
Buscar la palabra dentro de la rejilla
Una sopa de letras con animales que ya conoce tiene una ventaja concreta:
la dificultad está en buscar y no en leer. A los seis o siete años eso es lo
que conviene, una cosa difícil cada vez.
La técnica que hay que enseñar es buscar la primera letra de la palabra y
mirar sus ocho vecinas, en vez de recorrer la rejilla al azar. Casi nadie la
descubre solo.
Y conviene leer la lista en voz alta antes de empezar: las palabras
recién oídas se reconocen mucho antes dentro de la maraña de letras.
De vista y de oído
Un efecto secundario de las sopas que merece la pena aprovechar: fijan la
forma escrita. Ver «JABALÍ» letra a letra entre otras letras parecidas hace
más por su ortografía que copiarla tres veces.
Si hay palabras que se le resisten al escribir, meterlas en una sopa
casera es un buen remedio. Se dibuja una rejilla de diez por diez en un papel
de cuadros y se colocan.
Construir la sopa es todavía mejor ejercicio que resolverla, porque hay
que decidir dónde cabe cada palabra y cómo se cruzan.
Clasificar, que no es tan fácil
Cuando el vocabulario está, aparece una pregunta más interesante: ¿por
qué grupos se pueden agrupar estos animales? Por dónde viven, por lo que
comen, por si tienen plumas o pelo, por si ponen huevos.
Y ahí las respuestas dejan de ser únicas. ¿El pato es de la granja o del
agua? Depende del criterio, y justificarlo es donde está el aprendizaje.
Esa flexibilidad —el mismo conjunto se puede cortar de varias maneras— es
una idea potente y perfectamente accesible a los ocho años. En una palabra la trabaja desde el lado del
término que engloba.
Los que no son animales
Una conversación que sale sola y que conviene tener: ¿una araña es un
animal? ¿Y un caracol? Muchos niños tienen «animal» asociado a mamífero
grande con pelo.
Preguntarlo con calma y aceptar la duda es mejor que corregir. Y da pie a
buscar el criterio: ¿qué tienen en común un perro, una araña y un pez que no
tenga un árbol?
No hace falta llegar a una definición biológica. Basta con que quede claro
que el grupo es más ancho de lo que parecía.
Dónde encontrarlos de verdad
Un paseo por el campo o por el parque con la consigna de nombrar todo lo
que se vea vale por tres fichas. Y en la ciudad hay más de lo que parece:
gorriones, urracas, palomas, lagartijas, caracoles.
Lo que hace falta es la costumbre de mirar y nombrar. Un adulto que dice
«mira, una urraca» en vez de «mira, un pájaro» está enseñando vocabulario sin
dedicarle un minuto extra.
Los machos, las hembras y las trampas
Otro campo que aparece en los libros de primero y que da bastante juego:
caballo y yegua, toro y vaca, gallo y gallina, carnero y oveja.
Aquí las trampas son evidentes y por eso se aprenden bien. Casi todos los
niños creen que la vaca es la hembra del buey, o que el toro y la vaca son
animales distintos. Aclararlo lleva dos minutos y se recuerda porque
sorprende.
Y hay una observación de lengua que se puede colar: en la mayoría de los
animales no hay dos palabras, solo una con artículo —el ratón y la ratona no
existen igual que el gallo y la gallina—. Que la lengua distinga en unos
casos y no en otros tiene que ver con cuánto nos importaban esos animales, y
esa explicación gusta.
Una ficha por semana
El vocabulario no se instala de golpe. Una sopa o un crucigrama por
semana, sobre un campo distinto, mantiene el goteo sin que llegue a
cansar.
Lo que sí conviene es volver: repetir el mismo campo un mes después, con
otro formato. La primera vez se aprenden las palabras; la segunda, se
comprueba cuáles se quedaron y se afianzan las que no.
Cómo practicarlo jugando
Dónde vive cada uno agrupa a los
animales por su hábitat, que es la clasificación que mejor sostiene el
vocabulario a esta edad.
De quién es el bebé trabaja las
crías, y En una palabra el término que
engloba a varios, que es el paso a la categoría.
Qué imprimir
La Sopa de letras
de los animales son cuatro rejillas por grupos —la granja, el bosque, el
mar y los bichos— con las soluciones al final.
Para leer sobre ellos, Comprensión: los
animales. Y para el crucigrama, que va de la definición a la palabra, Crucigrama de los
animales.
Lo esencial
- Los niños saben más animales exóticos que cercanos, porque los de aquí no
salen en los cuentos ni en los documentales.
- Por grupos y no en lista: ocho del bosque forman una red, veinte sueltos
se olvidan.
- Las crías y los sonidos son dos capas enteras de vocabulario que casi no
se trabajan y gustan mucho.
- En la sopa, buscar la primera letra y mirar sus ocho vecinas. Y leer la
lista en voz alta antes de empezar.
- Decir «mira, una urraca» en vez de «mira, un pájaro» enseña vocabulario
sin dedicarle un minuto.