Lectura y lenguaje

Los nombres de los animales

Por El equipo de Kodomi Club · 4 de septiembre de 2026 · 8 min · actualizado el 14 de septiembre de 2026

Los nombres de los animales

Un niño de siete años nombra un ornitorrinco y duda con un jabalí. El vocabulario cercano se aprende peor que el lejano, y tiene arreglo.

Casi todos los niños de siete años saben lo que es un ornitorrinco, un tucán y un perezoso. Bastantes dudan con un jabalí, un erizo o una urraca, que viven a diez kilómetros de su casa.

No es culpa de nadie: los documentales y los cuentos van llenos de animales exóticos, y los de aquí no salen en ningún sitio. Ampliar ese vocabulario cercano es fácil, barato y da bastante más de lo que parece. Agrupar animales por dónde viven es lo que hace Dónde vive cada uno.

Por grupos, no en lista

Veinte animales sueltos se olvidan. Ocho animales del bosque, ocho de la granja y ocho del mar se quedan, porque cada grupo forma una red y las redes se recuperan enteras.

Es el mismo principio que en cualquier idioma extranjero, y funciona igual en la lengua propia. Por eso las sopas de letras y los crucigramas de las fichas van siempre por campos.

Los grupos que mejor funcionan a esta edad son los de sitio —la granja, el bosque, el mar— porque el sitio da una imagen mental donde colgar las palabras.

Las crías, que son otro vocabulario

Ternero, potro, cordero, lechón, cachorro, polluelo. Es una capa entera de palabras que casi no se usan y que aparecen en los libros de texto de primero.

Tiene además una gracia lingüística que se puede señalar: unas se parecen al nombre del adulto —gato y gatito— y otras no se parecen en nada —vaca y ternero—. Descubrir eso es una observación sobre cómo funciona la lengua, y está contada en el artículo sobre las crías.

El juego De quién es el bebé trabaja justamente esa correspondencia, que es más difícil de lo que parece cuando los nombres no se parecen.

Los sonidos y las palabras que salen de ahí

Ladrar, maullar, mugir, relinchar, rebuznar, graznar. Otro campo entero y uno de los que más gustan, porque se pueden hacer en voz alta.

Es vocabulario de verbos, que suele ser más pobre que el de nombres, y tiene una ventaja: cada verbo va asociado a un animal concreto, así que se aprenden en pareja y se sostienen entre sí.

Estos son los más frecuentes en los libros de infantil y primero, con la palabra que imita el sonido en español y en inglés:

Qué sonido hace cada animal: el verbo y la onomatopeya en español y en inglés
AnimalVerboEn españolEn inglés
perroladrarguauwoof
gatomaullarmiaumeow
vacamugirmumoo
ovejabalarbebaa
gallocantarquiquiriquícock-a-doodle-doo
pollitopiarpío, píocheep

Y da pie a una observación curiosa: en cada idioma los animales «hablan» distinto. El gallo español hace quiquiriquí y el inglés cock-a-doodle-doo. Es el mismo sonido oído por dos oídos distintos.

Buscar la palabra dentro de la rejilla

Una sopa de letras con animales que ya conoce tiene una ventaja concreta: la dificultad está en buscar y no en leer. A los seis o siete años eso es lo que conviene, una cosa difícil cada vez.

La técnica que hay que enseñar es buscar la primera letra de la palabra y mirar sus ocho vecinas, en vez de recorrer la rejilla al azar. Casi nadie la descubre solo.

Y conviene leer la lista en voz alta antes de empezar: las palabras recién oídas se reconocen mucho antes dentro de la maraña de letras.

De vista y de oído

Un efecto secundario de las sopas que merece la pena aprovechar: fijan la forma escrita. Ver «JABALÍ» letra a letra entre otras letras parecidas hace más por su ortografía que copiarla tres veces.

Si hay palabras que se le resisten al escribir, meterlas en una sopa casera es un buen remedio. Se dibuja una rejilla de diez por diez en un papel de cuadros y se colocan.

Construir la sopa es todavía mejor ejercicio que resolverla, porque hay que decidir dónde cabe cada palabra y cómo se cruzan.

Clasificar, que no es tan fácil

Cuando el vocabulario está, aparece una pregunta más interesante: ¿por qué grupos se pueden agrupar estos animales? Por dónde viven, por lo que comen, por si tienen plumas o pelo, por si ponen huevos.

Y ahí las respuestas dejan de ser únicas. ¿El pato es de la granja o del agua? Depende del criterio, y justificarlo es donde está el aprendizaje.

Esa flexibilidad —el mismo conjunto se puede cortar de varias maneras— es una idea potente y perfectamente accesible a los ocho años. En una palabra la trabaja desde el lado del término que engloba.

Los que no son animales

Una conversación que sale sola y que conviene tener: ¿una araña es un animal? ¿Y un caracol? Muchos niños tienen «animal» asociado a mamífero grande con pelo.

Preguntarlo con calma y aceptar la duda es mejor que corregir. Y da pie a buscar el criterio: ¿qué tienen en común un perro, una araña y un pez que no tenga un árbol?

No hace falta llegar a una definición biológica. Basta con que quede claro que el grupo es más ancho de lo que parecía.

Dónde encontrarlos de verdad

Un paseo por el campo o por el parque con la consigna de nombrar todo lo que se vea vale por tres fichas. Y en la ciudad hay más de lo que parece: gorriones, urracas, palomas, lagartijas, caracoles.

Lo que hace falta es la costumbre de mirar y nombrar. Un adulto que dice «mira, una urraca» en vez de «mira, un pájaro» está enseñando vocabulario sin dedicarle un minuto extra.

Los machos, las hembras y las trampas

Otro campo que aparece en los libros de primero y que da bastante juego: caballo y yegua, toro y vaca, gallo y gallina, carnero y oveja.

Aquí las trampas son evidentes y por eso se aprenden bien. Casi todos los niños creen que la vaca es la hembra del buey, o que el toro y la vaca son animales distintos. Aclararlo lleva dos minutos y se recuerda porque sorprende.

Y hay una observación de lengua que se puede colar: en la mayoría de los animales no hay dos palabras, solo una con artículo —el ratón y la ratona no existen igual que el gallo y la gallina—. Que la lengua distinga en unos casos y no en otros tiene que ver con cuánto nos importaban esos animales, y esa explicación gusta.

Una ficha por semana

El vocabulario no se instala de golpe. Una sopa o un crucigrama por semana, sobre un campo distinto, mantiene el goteo sin que llegue a cansar.

Lo que sí conviene es volver: repetir el mismo campo un mes después, con otro formato. La primera vez se aprenden las palabras; la segunda, se comprueba cuáles se quedaron y se afianzan las que no.

Cómo practicarlo jugando

Dónde vive cada uno agrupa a los animales por su hábitat, que es la clasificación que mejor sostiene el vocabulario a esta edad.

De quién es el bebé trabaja las crías, y En una palabra el término que engloba a varios, que es el paso a la categoría.

Qué imprimir

La Sopa de letras de los animales son cuatro rejillas por grupos —la granja, el bosque, el mar y los bichos— con las soluciones al final.

Para leer sobre ellos, Comprensión: los animales. Y para el crucigrama, que va de la definición a la palabra, Crucigrama de los animales.

Lo esencial

  • Los niños saben más animales exóticos que cercanos, porque los de aquí no salen en los cuentos ni en los documentales.
  • Por grupos y no en lista: ocho del bosque forman una red, veinte sueltos se olvidan.
  • Las crías y los sonidos son dos capas enteras de vocabulario que casi no se trabajan y gustan mucho.
  • En la sopa, buscar la primera letra y mirar sus ocho vecinas. Y leer la lista en voz alta antes de empezar.
  • Decir «mira, una urraca» en vez de «mira, un pájaro» enseña vocabulario sin dedicarle un minuto.

Para practicarlo jugando

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