Hay un grupo de palabras españolas que casi ningún niño de ciudad oye en casa
y que aparecen en los libros de clase desde infantil: potro, ternero, cordero,
lechón, cabrito, polluelo. Un adulto las sabe sin recordar cuándo las aprendió.
Un niño de cinco años que vive en un piso no tiene ninguna razón para
tenerlas.
No es un drama ni una laguna grave. Pero es un ejemplo muy claro de cómo
funciona el vocabulario: se aprende lo que se nombra, y se nombra lo que aparece.
Si el campo no aparece, esas palabras no llegan solas.
Por qué esto no es una lista que memorizar
La tentación es hacer una tabla —vaca/ternero, oveja/cordero— y repasarla.
Funciona fatal, por el mismo motivo que fallan todas las listas: son diez pares
sueltos sin nada que los una, y a la semana quedan dos.
Lo que sí funciona es meterlas dentro de una relación que el niño ya entiende
perfectamente: la de madre e hijo. Eso no hay que enseñarlo — un niño de tres
años ya sabe que las crías tienen madre —, así que la palabra nueva se cuelga de
algo que ya está montado en la cabeza.
De ahí que ¿De quién es el bebé?
funcione mejor que una tabla: no pide recordar una palabra sino emparejar dos
animales, y la palabra llega dicha en voz alta como parte del emparejamiento. El
niño trabaja con la relación, no con la lista.
Las que valen la pena y las que no
Hay unas quince crías con nombre propio en español, y no todas tienen el mismo
valor.
Las que sí: ternero, potro, cordero, cabrito, lechón,
cachorro, gatito, polluelo, pollito. Aparecen en cuentos, en canciones y en
clase, y varias de ellas se ven además en el supermercado escritas en una
bandeja. Aquí están juntas con su madre y con la voz del animal, como consulta
para el adulto y no como lista que el niño tenga que repasar:
Cómo se llaman las crías de los animales de granja y de casa
| Madre | Cría | Qué hace el animal |
| vaca | ternero | muge |
| yegua | potro | relincha |
| oveja | cordero | bala |
| cabra | cabrito | bala |
| cerda | lechón | gruñe |
| perra | cachorro | ladra |
| gata | gatito | maúlla |
| gallina | pollito | cacarea |
| pájaro | polluelo | pía |
Las que pueden esperar: jabato, cervatillo, gazapo, ballenato,
osezno. Son bonitas y salen poco. Si aparecen en un cuento, se dicen y ya está;
buscarlas a propósito es gastar el rato en lo menos rentable.
Y hay un detalle que conviene no saltarse: cachorro vale para muchos
animales, no solo para el perro. Es la palabra general, y tener la palabra
general además de las particulares es exactamente lo que hace que un vocabulario
esté organizado y no sea un montón.
Y hay otro detalle del idioma que se aprovecha poco: varias de estas palabras
no se parecen en nada a la del adulto. Vaca y ternero, oveja y cordero, caballo y
potro. Eso es raro y por tanto memorable — y conviene señalarlo en voz alta,
porque un niño que se fija en que la palabra cambia del todo se está fijando en
cómo funciona el idioma, no solo en los animales.
Frente a eso están las que sí se parecen —gato y gatito, pato y patito—, que
son las fáciles y las primeras. La diferencia entre unas y otras es una puerta
cómoda para hablar de cómo se forman las palabras, sin llamarlo gramática.
Lo que de verdad se entrena aquí
No son diez palabras. Es una manera de guardar el vocabulario.
Un niño que tiene «vaca, ternero, establo, mugir, leche» junto, y «oveja,
cordero, redil, balar, lana» junto, tiene el vocabulario en grupos. Y los grupos
se sostienen entre sí: si sale uno, vienen los demás. Un niño que tiene las
mismas palabras sueltas las olvida de una en una.
Esta manera de agrupar —por familias, por dónde vive, por qué come— es la que
después permite entender textos de conocimiento del medio sin estudiarlos de
memoria. Y se entrena con cualquier cosa que obligue a encontrar qué tienen en
común varias cosas, como En una palabra.
Dónde vive cada uno, que es el otro eje
La cría es un eje de clasificación; el hábitat es otro, y cruzarlos es donde
empieza lo interesante.
Un niño de cuatro años clasifica por lo que ve: el pez en el agua, el pájaro
en el aire. A los seis o siete puede ya cruzar dos criterios —animales de granja
que además dan leche— y eso es un salto de razonamiento, no de memoria.
Conviene además no dar el hábitat por evidente. «¿Dónde vive una gallina?» no
tiene una respuesta obvia para quien nunca ha visto un gallinero, y muchas
respuestas raras de los niños son eso: falta de experiencia, no falta de
cabeza.
En ¿Dónde vive cada uno? el trabajo
es colocar cada animal en su sitio, que es la versión ordenada de una conversación
que en casa suele quedarse a medias.
Cómo entran estas palabras sin sentarse a estudiar
El sitio donde esto se paga, si falta, no es el examen de animales: es la
lectura. Un texto de clase sobre la granja da por sabidas ocho o diez de estas
palabras, y un niño que no las tiene se pasa el rato descifrando el vocabulario
en vez de entender lo que lee. No suspende nada; simplemente le cuesta más y no
se sabe por qué.
En los cuentos, sin parar la lectura. Si sale un potro, se
dice «el potro, que es el hijo de la yegua» y se sigue leyendo. Sin preguntar,
sin comprobar. La palabra necesita oírse muchas veces antes de poder decirse.
En el supermercado. La carne viene con el nombre del animal
escrito, y ahí caben cordero, ternera y cerdo sin ninguna preparación.
En las canciones. Buena parte del vocabulario rural que
tienen los niños españoles viene de canciones. Es un vehículo antiguo y sigue
funcionando mejor que cualquier ficha.
Y en los ratos muertos. «Nombra cinco animales de granja» es
un juego de coche que entrena exactamente esto. Hay más de esa familia en Juegos sin material.
Cómo practicarlo jugando
¿De quién es el bebé? es el
directo: emparejar cada cría con su madre. Va bien desde los tres años, aunque
las palabras tarden más en decirse que en reconocerse.
¿Dónde vive cada uno? añade el
segundo eje —el sitio— y por tanto ya pide clasificar. De cuatro o cinco en
adelante.
Y En una palabra es el que trabaja la
estructura: encontrar el nombre que agrupa varias cosas. Es el más abstracto de
los tres y el que más rendimiento da a largo plazo.
Cinco minutos, y el resto en los cuentos y en el coche, que es donde el
vocabulario se queda de verdad.
Con los mismos animales, ¿Qué come cada uno? pregunta qué le gusta comer a cada uno.
Qué imprimir
Para el trabajo de agrupar, Series y
patrones: aunque no vaya de animales, entrena sostener una regla de
clasificación y aplicarla, que es la operación de fondo.
Para juntar la palabra con el dibujo, Crucigrama con dibujos: hay que
encontrar la palabra exacta que corresponde a cada imagen, y escribirla. Es donde
se ve si la palabra está aprendida de verdad o solo reconocida.
Y si el tema engancha, Los animales
en inglés aprovecha el mismo interés en otro idioma — con la ventaja de que
los animales ya los tiene en español, así que lo único nuevo es el sonido.
Lo esencial
Las crías de los animales son palabras de un mundo que la mayoría de los niños
no pisa, y siguen apareciendo en clase. No se aprenden en tabla: se aprenden
colgadas de una relación que ya entienden —madre e hijo— y oídas muchas veces en
cuentos, canciones y el supermercado. Nueve o diez valen la pena; el resto puede
esperar. Y lo que de verdad se entrena no son las palabras, sino guardar el
vocabulario en grupos que se sostienen entre sí.