Un niño de siete años ha visto llover de cinco maneras distintas: cuatro
gotas, chaparrón, calabobos, tormenta con truenos y esa lluvia fina que no
para en todo el día. Y casi seguro tiene una sola palabra para las cinco.
No es que no distinga: distingue perfectamente y sabe que no son lo mismo.
Lo que falta es el nombre. Y poner nombre a algo que ya se percibe es la
manera más eficaz de ampliar vocabulario, mucho más que aprender palabras de
cosas que no ha visto. Agrupar bajo un término común es lo que trabaja En una palabra.
Nombrar lo que ya se ve
El vocabulario nuevo entra bien cuando encaja en un hueco que ya existe. Si
el niño ya nota la diferencia entre la niebla y las nubes bajas, darle las
dos palabras es rellenar un hueco; si no la ha notado nunca, la palabra se
queda flotando.
Por eso el tiempo es un campo tan rentable: pasa delante de la ventana
todos los días y el niño lo vive. No hay que ir a buscarlo a un libro.
Basta con nombrarlo en voz alta cuando ocurre. «Hoy hay niebla, no nubes.»
«Eso es granizo, lluvia hecha bolitas de hielo.» Cinco segundos, y a la
tercera vez la palabra está.
Las palabras que se pierden
Hay una capa entera de vocabulario meteorológico que está desapareciendo
del habla de los niños porque ya no se usa en casa: orvallo, calabobos,
bochorno, escarcha, relente.
No hay que hacer una cruzada por rescatarlas. Sí merece la pena
aprovechar a los abuelos, que casi siempre las tienen: preguntarles cómo
llamaban a la lluvia fina es una conversación que gusta a las dos partes y
deja tres palabras nuevas.
Y da una idea de fondo bastante valiosa: que las palabras van y vienen, y
que hablar de otra manera no es hablar mal.
Del fenómeno a la causa
El vocabulario del tiempo tiene una ventaja sobre otros campos: cada
palabra lleva pegada una explicación. Un arcoíris no es solo un nombre, es
algo que pasa cuando llueve y hace sol a la vez.
Eso permite pasar de nombrar a explicar sin cambiar de tema, y explicar es
donde se afianza. Un niño que puede decir qué es el granizo y por qué se
forma no va a olvidar la palabra.
Las preguntas que abren esa puerta son sencillas: «¿por qué crees que se
forma?», «¿cuándo pasa?», «¿qué tiene que haber para que ocurra?».
Definir sin nombrar
El ejercicio que más rinde con este vocabulario, y el que prepara para el
colegio, es el contrario del habitual: describir algo sin decir su nombre.
«Cae del cielo y moja» es lluvia. «El ruido que llega después del
relámpago» es el trueno. Un crucigrama funciona exactamente así, y por eso es
un formato tan bueno para este campo.
En casa se puede jugar sin papel: uno describe un fenómeno y el otro lo
adivina. Se hace en el coche, dura dos minutos y obliga a pensar qué define
cada cosa.
Contar las casillas
Al hacer el crucigrama aparece una dificultad que da vocabulario de
regalo: la palabra que se le ocurre no cabe. «Chaparrón» y «lluvia» dicen
casi lo mismo y ocupan distinto.
Ahí es donde el niño descubre que hay varias maneras de decir una cosa y
que no son intercambiables del todo. Es una idea de sinonimia bastante fina
para los siete años, y llega sin explicarla.
Conviene decirle que cuente las casillas antes de escribir. Es una
comprobación de dos segundos que evita medio borrado.
Agrupar por temas
El vocabulario se recupera mejor si se guarda relacionado. Los fenómenos
del cielo por un lado, las partes de una planta por otro, los accidentes del
paisaje por otro.
Por eso los crucigramas de las fichas van por campos y no mezclados. Siete
palabras del mismo tema dejan una red; siete sueltas dejan siete palabras que
se olvidan por separado.
Y permite aprovechar lo que se está dando en clase: si esta semana han
visto las plantas, un crucigrama de plantas es repaso sin que lo
parezca.
El paso a la escritura
Las palabras que se han buscado en un crucigrama se escriben mejor. No es
magia: al rellenarlo se ha escrito letra a letra, contando, y eso fija la
forma escrita mucho más que copiarla.
Merece la pena aprovecharlo con las palabras que se le resisten. Si
escribe mal «tormenta», meterla en un crucigrama la arregla mejor que
copiarla cinco veces.
Una o dos palabras nuevas por hoja
Es la proporción correcta. Si de siete palabras conoce cinco, las dos
nuevas se aprenden apoyadas en las conocidas y en los cruces.
Si no conoce ninguna, el crucigrama se convierte en adivinar y no en
deducir, y eso frustra sin enseñar. Al elegir una hoja conviene mirar la
lista de soluciones y calcular esa proporción.
Al acabar, la pregunta que fija: «¿tú sabías lo que era el orvallo?». Dos
minutos de conversación valen más que la hoja entera.
El tiempo en otras lenguas
Si en casa se trabaja el inglés, este es de los campos que mejor se
prestan, porque las palabras se pueden usar mirando por la ventana: sunny,
rainy, cloudy, windy.
Y aparece algo interesante: las lenguas cortan el mundo de maneras
distintas. En inglés no hay una palabra corriente para el calabobos, y en
español no hay una para el «drizzle» exacto. En el artículo sobre el tiempo en inglés
está el vocabulario básico.
El parte del tiempo, en casa
Una actividad de dos minutos al día que rinde muchísimo: que el niño dé el
parte del tiempo. Mira por la ventana y lo cuenta en tres frases, como en la
tele.
Al principio saldrá «hace sol» y poco más. Con una semana de práctica
empiezan a aparecer matices: si hace viento, si hay nubes altas o bajas, si
la temperatura ha cambiado desde ayer. Y ahí es donde el vocabulario nuevo se
usa por primera vez en una frase propia, que es cuando se queda.
Se puede anotar en una hoja pegada en la nevera, con un símbolo por día. Al
cabo de un mes hay un registro y se pueden hacer preguntas encima: cuántos
días llovió, si hubo más sol esta semana o la anterior. Vocabulario y datos
en la misma actividad, y ninguna de las dos cosas parece un ejercicio.
Cómo practicarlo jugando
En una palabra trabaja pasar de
varios objetos concretos al término que los agrupa, que es el músculo de
cualquier campo de vocabulario.
Estaciones del año conecta los
fenómenos con el momento en que ocurren. Y Qué
sobra pide decidir qué no pertenece al grupo, que es clasificar por
significado.
Qué imprimir
El Crucigrama de la
naturaleza son tres crucigramas —el tiempo y el cielo, las plantas, el
agua y la tierra— con las soluciones al final.
Para leer sobre lo mismo en vez de nombrarlo, Comprensión: las plantas y
Comprensión: el tiempo. Y
en inglés, El tiempo en
inglés.
Lo esencial
- Un niño distingue cinco tipos de lluvia y tiene una palabra para todas.
Lo que falta es el nombre, no la percepción.
- El vocabulario entra bien cuando rellena un hueco que ya existe, y el
tiempo pasa delante de la ventana todos los días.
- Cada palabra del tiempo lleva una explicación pegada, así que se puede
pasar de nombrar a explicar sin cambiar de tema.
- Describir sin nombrar —«cae del cielo y moja»— es el ejercicio que
prepara para el colegio, y se juega en el coche.
- Una o dos palabras nuevas por hoja. Si no conoce ninguna, el crucigrama
se convierte en adivinar.