Casi todo lo que un niño lee por gusto son historias. Y casi todo lo que
tendrá que leer para estudiar, a partir de tercero, son textos que explican
algo.
Son dos lecturas distintas. Un cuento tiene un hilo que arrastra: pasa una
cosa y luego otra, y si te distraes, la historia te devuelve. Un texto que
explica no arrastra — hay que ir recogiendo datos que no se sostienen unos a
otros.
Qué cambia
No hay historia que seguir. Los datos de un texto sobre los
erizos no van en ningún orden obligatorio. Se puede leer el tercer párrafo antes
que el segundo y no pasa nada, que es justo lo que hace que sea más difícil
retener.
Hay palabras nuevas de verdad. Un cuento usa vocabulario
conocido; un texto que explica trae palabras que son el tema. Si no se
entienden, no queda nada.
Los números importan. Cinco mil púas, ciento veinte
escalones. En un cuento un número es decoración; aquí suele ser la respuesta.
Se lee para acordarse después. Un cuento se disfruta ahora;
un texto de conocimiento del medio hay que poder contarlo el jueves.
Lo que sostiene todo eso es tener el vocabulario organizado por temas, que es
lo que entrena En una palabra: encontrar el
nombre que agrupa varias cosas.
Los hábitos que lo arreglan
Mirar el título antes de leer. Y preguntarse qué se sabe ya
del tema. Enganchar lo nuevo con lo que ya está es lo que hace que se quede — y
cuesta diez segundos.
Subrayar los datos. Números, nombres, palabras que se
repiten. En estos textos la respuesta suele ser un dato concreto, y localizarlo
es media tarea.
Parar al final de cada párrafo. Una frase en voz alta: «esto
iba de dónde vive». Es lo que hace un lector experto sin darse cuenta.
Contarlo después sin mirar. Es la comprobación de verdad, y
la única que distingue haber leído de haber aprendido.
El vocabulario, que aquí es el tema
En un cuento, una palabra desconocida se deduce por el contexto y se sigue. En
un texto que explica, esa palabra suele ser de lo que trata.
Por eso conviene mirarlas antes: leer el texto por encima buscando las
palabras que no se entienden, y resolverlas antes de la lectura de verdad. Dos o
tres, no más.
Y hay una trampa que se ve poco: las palabras que el niño cree conocer. «Púa»
puede sonarle y significar otra cosa. Preguntar por dos palabras del texto antes
de preguntar por el contenido revela eso en treinta segundos.
Los que interesan de verdad
El tema decide bastante más de lo que decide el nivel. Un niño de siete años
lee un texto de nueve sobre dinosaurios y se entera; y no se entera de uno de su
edad sobre algo que le da igual.
Así que conviene empezar por lo que le atraiga: animales, coches, el espacio,
cómo funcionan las cosas. La comprensión mejora cuando ya se sabe algo del tema,
porque hay dónde colgar lo nuevo.
Y funciona muy bien darle textos sobre algo que acaba de ver: después del
acuario, un texto sobre peces. La experiencia hace de gancho.
Los que traen imágenes y esquemas
Casi todos los libros de conocimiento los traen, y muchos niños los saltan
como si fueran adorno.
No lo son: en un texto informativo, el dibujo suele llevar información que no
está escrita, y el pie de foto es de las partes más densas de la página.
Merece la pena decirlo explícitamente —«mira también el dibujo, y lee lo que
pone debajo»— porque nadie lo enseña y se da por supuesto. Lo mismo con los
recuadros de «¿sabías que…?», que suelen ser lo que más se recuerda.
Cuándo toca
Hacia los siete años se pueden leer textos cortos de este tipo, y hacia los
ocho o nueve ya son la mitad de lo que se lee en clase.
La condición es que descifrar no cueste: si leer ya ocupa toda la atención, no
queda para el trabajo extra de retener datos sueltos — es el mismo mecanismo que
se cuenta en Leer de corrido y no
enterarse.
Y conviene empezar cortos: un párrafo de cinco líneas con tres preguntas es
una sesión completa a los siete años.
Qué preguntar después
Tres tipos, y conviene que estén los tres.
De dato. «¿Cuántas púas tiene?» Está escrito y se busca.
De relación. «¿Por qué sale de noche?» No está dicho, se
deduce de dos cosas que sí están.
De conexión. «¿Conoces otro animal que duerma en invierno?»
Enlaza con lo que ya sabe, y es la que más ayuda a que se quede.
La cuarta que no conviene: «¿te ha gustado?». Está bien para un cuento y aquí
no mide nada.
Escribir lo aprendido
A partir de los ocho años hay un ejercicio que consolida mucho: después de
leer, escribir tres cosas que se han aprendido.
Tres, no un resumen. Un resumen obliga a decidir qué es lo principal, que es
otra habilidad y bastante más difícil. Tres datos sueltos es asequible y ya
obliga a recuperar de memoria, que es donde se fija lo leído.
Y si se hace al día siguiente en vez de justo después, enseña más todavía —
aunque salgan solo dos.
Los conectores, que son los carteles del texto
Un texto que explica está lleno de palabras que no aportan contenido y sí
estructura: «por eso», «sin embargo», «además», «en cambio», «por ejemplo».
Son los carteles que dicen qué relación hay entre lo que se acaba de leer y lo
que viene. «Por eso» anuncia una consecuencia; «sin embargo», lo contrario de lo
esperado; «por ejemplo», que lo que sigue no es información nueva sino la misma
explicada.
Muchos niños los leen por encima porque no son datos, y ahí se pierde la mitad
del sentido. Merece la pena señalarlos una vez y preguntar qué anuncia cada uno
— con tres o cuatro basta para que empiecen a verlos.
Y sirven además para adivinar lo que viene, que es lo que hace un lector
rápido: al leer «sin embargo» ya se sabe que lo siguiente va a contradecir algo,
y eso prepara la cabeza antes de llegar.
Cómo practicarlo jugando
En una palabra y Qué sobra trabajan el vocabulario organizado por
categorías, que es como se guarda la información de estos textos.
Y ¿Dónde vive cada uno? es
directamente conocimiento del medio en formato de juego: relacionar un animal
con su sitio, que es el tipo de dato que después aparece en los textos.
Cinco minutos. Y un libro de animales en la estantería, que hace más que
cualquier ejercicio.
Qué imprimir
Comprensión de
textos informativos trae tres textos —los erizos, por qué flotan los barcos y
de dónde viene la lluvia— con preguntas de los tres tipos y sus soluciones.
Si todavía es pronto, antes va Los primeros textos, donde
la respuesta está escrita tal cual.
Y para el escalón siguiente, Textos largos, ya de un
párrafo completo y con cinco preguntas.
Lo esencial
Un texto que explica no arrastra como un cuento: no hay hilo que seguir y hay
que ir recogiendo datos sueltos, con vocabulario que es el tema y con números
que suelen ser la respuesta. Los hábitos que lo arreglan son mirar el título y
preguntarse qué se sabe ya, subrayar los datos, parar al final de cada párrafo y
contarlo después sin mirar. El tema importa más que el nivel: se entiende mejor
un texto difícil de algo que interesa que uno fácil de algo que da igual. Y los
dibujos y los pies de foto no son adorno — llevan información que no está en el
texto.