Una sopa de letras fácil se resuelve sin técnica: las palabras van en
horizontal, de izquierda a derecha, y aparecen solas al recorrer las filas.
Es agradable y no enseña gran cosa.
Cuando las palabras pueden ir en vertical, en diagonal y del revés, el
ejercicio cambia por completo. Recorrer la rejilla ya no basta, porque una
palabra puede empezar en cualquier casilla y seguir en cualquiera de ocho
direcciones. Hace falta un método, y ese método es lo que vale la pena
enseñar. Antes de eso conviene tener soltura con la letra dentro de la
palabra, que es lo que trabaja La letra que
falta.
Buscar la primera letra, no la palabra
La técnica es sencilla de decir y hay que decirla, porque casi nadie la
descubre solo: se elige una palabra de la lista, se mira solo su primera
letra, y se busca esa letra por la rejilla. Cada vez que aparece, se miran
sus ocho vecinas para ver si alguna es la segunda letra.
Eso convierte un problema enorme —buscar una palabra de nueve letras entre
ciento sesenta y nueve casillas— en uno pequeño y repetido: buscar una letra,
comprobar ocho vecinas, seguir.
Conviene elegir palabras que empiecen por letras poco frecuentes. Buscar
una palabra que empieza por Z es facilísimo porque hay tres zetas en toda la
rejilla; una que empieza por A obliga a comprobar veinte sitios. Esa
observación —empezar por lo raro— es estrategia pura y se transfiere a
muchísimas búsquedas.
Leer la lista en voz alta antes de empezar
Parece un detalle y cambia el rendimiento de manera notable. Las palabras
que se acaban de oír se reconocen mucho antes dentro de la rejilla que las
que solo se han leído de pasada.
Además, leerla en voz alta obliga a mirar todas las palabras, y eso evita
el patrón habitual: buscar solo las tres primeras, cansarse y dejarlo. Con la
lista leída, el niño ya sabe cuál le apetece buscar primero, y empezar por la
que apetece es medio ejercicio ganado.
Y hay una ventaja de vocabulario: en una lista de ocho palabras siempre
hay una o dos que no conoce del todo. Preguntar qué es un apicultor antes de
buscarlo convierte el pasatiempo en una conversación corta que deja
algo.
Tachar en la lista, no solo en la rejilla
El otro hábito que conviene instalar es marcar en la lista las palabras ya
encontradas. Sin eso, el niño vuelve a buscar tres veces la misma y al final
no sabe cuántas le quedan, que es de donde sale el desánimo.
Es el mismo principio que aparece en los nonogramas y en los cuadrados
mágicos: apuntar lo que ya está resuelto para no repetir trabajo. Vale la
pena decirlo con esas palabras, porque así el niño reconoce que es la misma
idea en tres sitios distintos.
Un ejercicio de atención, no de vocabulario
Conviene tener claro qué entrena una sopa de letras, porque a veces se le
atribuye más de lo que da. No enseña palabras nuevas: las palabras están
escritas en la lista. No mejora la comprensión lectora.
Lo que entrena es la búsqueda visual sistemática y, sobre todo, la
atención sostenida. Quince o veinte minutos buscando sin distraerse es un
esfuerzo considerable a los ocho años, y es exactamente la resistencia que se
agota a mitad de un examen.
Como efecto secundario, sí afianza la forma escrita de las palabras: verlas
letra a letra dentro de un montón de letras parecidas fija la ortografía
mejor de lo que parece. Pero el trabajo principal es de atención, y por eso
funciona bien alternado con ejercicios de otro tipo, no como sustituto.
Cuándo parar
Si se cansa a la mitad, es mejor dejarlo y acabar al día siguiente que
insistir. Una sopa terminada deprisa y mal —dando círculos a bulto— no aporta
nada y además instala la costumbre de fingir que se busca.
Una manera práctica de repartirlo: cuatro palabras hoy y cuatro mañana,
con la hoja guardada en medio. La segunda tanda suele ir más rápida porque la
rejilla ya resulta familiar, y acabar con esa sensación de soltura es mejor
final que la fatiga.
Variantes que suben el nivel sin cambiar de hoja
Tres, por orden de dificultad. La primera: cronometrar. Convierte la sopa
en un ejercicio medible, como las tablas de Schulte, y a algunos niños les
cambia por completo el interés.
La segunda: tapar la lista después de leerla y buscar de memoria. Añade
memoria de trabajo al ejercicio y lo hace bastante más duro.
Y la tercera, para los que ya vuelan: buscar las palabras que no están en
la lista. En muchas rejillas aparecen por casualidad palabras cortas —sol,
mar, ola— y cazarlas es un juego distinto, más creativo, que además obliga a
mirar la rejilla como texto y no como decorado.
Hacer una sopa es más difícil que resolverla
Cuando la sopa ya no ofrece resistencia, hay un ejercicio que la duplica
en valor y no cuesta imprimir nada: que el niño construya una.
Se dibuja una rejilla de diez por diez en un papel de cuadros, se eligen
seis u ocho palabras de un tema y se colocan cruzándose. Ahí aparecen
problemas que resolver: dónde cabe una palabra de nueve letras, cómo hacer
que dos compartan una letra, qué se hace con las casillas que sobran.
Rellenar el resto con letras al azar tiene su propia trampa, y descubrirla
es lo mejor del ejercicio: si se ponen letras al tuntún salen palabras
involuntarias, y si se ponen siempre las mismas la sopa se vuelve fácil. Hay
que pensar un poco, que es justo lo que se busca.
Después se le da a otro para que la resuelva. Es el mismo movimiento que
describimos en el artículo sobre los
códigos: pasar de resolver a construir multiplica lo que se aprende, y
suele hacerse con muchas más ganas.
Qué palabras poner
Las listas de las fichas van por campos —los oficios, los transportes, el
colegio— y eso no es casual. Una sopa con palabras sin relación entre sí se
resuelve igual, pero se olvida enseguida; una con palabras de un mismo tema
deja una red de vocabulario en la cabeza.
En casa se puede aprovechar: si esta semana en el colegio han dado los
animales del bosque, una sopa con esas palabras hace de repaso sin que lo
parezca. Y si hay una palabra que se le resiste al escribir, meterla en la
sopa la fija de una manera bastante eficaz.
Cómo practicarlo jugando
La letra que falta trabaja la
palabra letra a letra, que es la lectura que hace falta dentro de la rejilla.
Forma la palabra pide construirla desde
las letras sueltas, y afianza la forma escrita.
Y Encuentra el objeto entrena la
búsqueda visual con dibujos, que es la mitad de lo que pide una sopa de
letras y cansa bastante menos.
Qué imprimir
La Sopa de letras
difícil trae cuatro rejillas de trece por trece con palabras en todas las
direcciones y las soluciones al final: oficios, transportes, colegio y
naturaleza.
Si esas quedan grandes, la Sopa de letras normal es de diez por
diez y sin diagonales invertidas. Y para trabajar un campo concreto de
vocabulario, la Sopa de
letras de verbos esconde solo acciones.
Lo esencial
- Con palabras en ocho direcciones, recorrer la rejilla no sirve: hay que
buscar la primera letra y mirar sus ocho vecinas.
- Empezad por las palabras que comienzan por letras raras: hay tres zetas
en la rejilla y veinte aes.
- Leer la lista en voz alta antes de empezar cambia mucho el rendimiento, y
de paso saca una o dos palabras que no conocía.
- Tachar en la lista lo ya encontrado evita repetir búsquedas, que es de
donde viene el desánimo.
- Entrena atención sostenida y búsqueda visual, no vocabulario. Cuatro
palabras hoy y cuatro mañana es mejor que una sopa hecha a bulto.