«Un verbo es una palabra que expresa una acción.» Es la definición que
viene en casi todos los libros de tercero y funciona regular. Con correr,
saltar y comer va perfecta. Con pensar, tener, parecer o ser se cae, y el
niño se queda con la sensación de que la gramática es un asunto de
adivinar.
Hay una prueba mejor, que no explica qué es un verbo pero permite
reconocerlo siempre, y se hace en dos segundos.
La prueba del ayer y el mañana
Una palabra es un verbo si se puede poner en pasado y en futuro. Correr:
ayer corrí, mañana correré. Tener: ayer tuve, mañana tendré. Silla: ayer
sillé, mañana sillaré — no existe, así que silla no es un verbo.
Es una prueba mecánica, se aplica sola y acierta siempre. Y tiene una
ventaja importante sobre la definición: no depende de que el niño juzgue si
algo es una acción o no, que es justo lo que a esa edad se hace mal. La otra
mitad del asunto —separar nombres de verbos antes de meterse en los tiempos—
está contada en el artículo sobre nombres y
verbos.
Además abre la puerta a lo que de verdad caracteriza al verbo, que es su
capacidad de cambiar de forma según cuándo pasa y quién lo hace. Trabajar
esos cambios es exactamente lo que hace Une las frases desde otro lado, cuando pide
elegir el conector que encaja con el tiempo de la frase.
Hacerlos, no definirlos
Lo que mejor funciona a los siete u ocho años es sacar el verbo del papel.
Una lista de verbos y la consigna de representarlos: correr, saltar, aplaudir,
dormir, pensar.
Al llegar a «pensar» aparece la conversación interesante. ¿Cómo se
representa pensar? Se puede — poniendo cara de pensar— y ahí el niño descubre
que hay acciones que no se ven por fuera. Esa es exactamente la ampliación de
la definición que necesitaba, y no ha hecho falta explicarla.
Con «ser» y «estar» ya no funciona, y también está bien: sirve para decir
que hay verbos que no son acciones sino estados, y que son los que más se
usan de toda la lengua.
El infinitivo, que es el nombre del verbo
Una confusión frecuente: el niño encuentra «corría» en un texto y no sabe
si es un verbo porque no está como en el diccionario. Conviene explicar
pronto que un verbo tiene un nombre —el infinitivo, el que acaba en -ar, -er
o -ir— y muchas formas.
La comparación que se entiende es la de una persona: alguien se llama Ana
y puede ser «Anita», «la hermana de Luis» o «ella», y sigue siendo la misma
persona. Corría, correré y corriendo son la misma palabra vestida de otra
manera.
Buscar el infinitivo de una forma verbal cualquiera es un ejercicio
excelente y muy corto: se pregunta «¿esto qué es? es… correr». Con diez
formas seguidas queda instalado.
Los tres finales
Todos los infinitivos acaban en -ar, -er o -ir. Sin excepción. Es de las
pocas reglas de la gramática española que no tienen ninguna, y merece la pena
aprovecharla: da una comprobación rápida y una sensación de orden que a esta
edad tranquiliza mucho.
Un juego de dos minutos que funciona muy bien: decir palabras al azar y
que el niño levante uno, dos o tres dedos según el final, o el puño si no es
un verbo. Es rápido, se puede hacer en el coche y no necesita material.
Verbo y nombre en la misma palabra
Hay un caso que descoloca y que conviene presentar cuando lo demás esté
sólido: palabras que son las dos cosas según la frase. «El baile» y «yo
baile». «La cena» y «que él cene». «El paseo» y «yo paseo».
Que una palabra sea un nombre o un verbo dependiendo de dónde esté es una
idea potente y perfectamente accesible a los nueve años. Y prepara algo que
va a hacer falta durante toda la secundaria: mirar la función de una palabra
dentro de la frase en vez de su aspecto.
La prueba del ayer y el mañana sigue funcionando también aquí, siempre que
se aplique a la frase entera y no a la palabra suelta.
Cuándo llega esto en el colegio
La distinción entre nombres y verbos aparece hacia segundo, y los tiempos
verbales se trabajan de tercero en adelante. Antes de eso, un niño usa los
verbos perfectamente sin saber que existen, que es como funciona la lengua
materna.
Eso conviene tenerlo presente por dos razones. La primera: no hay ninguna
prisa por adelantar la gramática. Un niño de seis años que conjuga bien no
necesita saber la palabra «conjugar». La segunda: cuando llega, llega como
etiqueta de algo que ya sabía hacer, y presentarlo así —«esto que ya haces
tiene un nombre»— evita que suene a asignatura nueva.
La señal de que está listo es que pueda contestar a «¿qué está haciendo?»
mirando un dibujo. Si esa pregunta se responde con un verbo, la etiqueta se
puede poner encima.
Los irregulares y la paciencia
«Yo cabo», «yo sabo», «rompido», «andé». Todas esas formas son un buen
síntoma: significan que el niño ha entendido la regla y la está aplicando a
verbos que no la siguen. Un niño que dice «rompido» ha deducido cómo se forma
un participio, y eso es mucho más de lo que parece.
La corrección que funciona no es señalar el error sino repetir la forma
buena dentro de una frase propia: «ah, ¿se ha roto?». Sin subrayarlo. En unos
meses se coloca sola, porque los irregulares se aprenden de oírlos y no de
que se lo expliquen a uno.
Lo que sí conviene es no reírse de esas formas delante del niño. Suenan
graciosas y son inteligentes; el niño solo capta que ha dicho algo ridículo,
y eso le hace hablar menos, que es exactamente lo contrario de lo que hace
falta.
Cómo practicarlo jugando
Une las frases obliga a leer la frase
entera y a fijarse en el tiempo del verbo para elegir el conector correcto:
«espera aquí hasta que yo vuelva» no admite «porque».
Qué va antes ordena los pasos de una
historia, y ordenar en el tiempo es lo que da sentido a los tiempos verbales.
Y En una palabra trabaja la
clasificación por significado, que es el músculo que hace falta para separar
nombres de verbos.
Qué imprimir
La Sopa de letras de
verbos esconde solo acciones, repartidas en cuatro campos: el cuerpo, la
clase, la casa y lo que se hace con otros. Es la manera más indolora de leer
treinta verbos seguidos.
Después, Los tiempos del
verbo trabaja el pasado, el presente y el futuro clasificando formas. Y
Nombres y verbos es el
material previo, para separar las dos clases antes de entrar en los
tiempos.
Lo esencial
- «Palabra que expresa acción» deja fuera pensar, tener y ser. La prueba
que sí funciona: ¿se puede poner en ayer y en mañana?
- Representar verbos con el cuerpo saca la conversación buena: pensar
también es un verbo aunque no se vea.
- El infinitivo es el nombre del verbo, y todas sus formas son la misma
palabra vestida de otra manera.
- Todos los infinitivos acaban en -ar, -er o -ir. Sin excepciones, y eso da
una comprobación rápida.
- Cuando lo demás esté sólido, presentad las palabras que son nombre o
verbo según la frase: «el baile» y «yo baile».