Lectura y lenguaje

Casita y casona

Por El equipo de Kodomi Club · 4 de septiembre de 2026 · 8 min · actualizado el 14 de septiembre de 2026

Casita y casona

Cambiar el final de una palabra para decir pequeño o grande. Y darse cuenta de que a veces cambia algo más que el tamaño.

Casa, casita, casona. Las tres se refieren a lo mismo y dicen cosas distintas, y la diferencia está en tres letras del final. Es la primera vez que un niño ve que un trozo de palabra significa algo por sí solo.

Esa idea —que las palabras están hechas de piezas con sentido— es la base de casi toda la morfología que vendrá después, y se puede instalar a los siete años con dos ejemplos. Comparar tamaños, que es el concepto de fondo, se trabaja antes con Grande o pequeño.

Las terminaciones que se usan

Para pequeño: -ito, -ita, -illo, -illa, y en algunas zonas -ico o -iño. Para grande: -ote, -ota, -ón, -ona, -azo, -aza.

No hace falta aprenderlas como lista. Lo que hace falta es reconocerlas al oírlas, y para eso basta con jugar: decir una palabra y pedir su versión pequeña, después la grande.

Conviene aceptar las variantes regionales sin corregir. Si en casa se dice «casica» o «pequeñín», eso es español y funciona igual para el ejercicio.

De dónde viene cada una

El ejercicio que de verdad enseña no es poner el final, es quitarlo. Dada «ratoncillo», ¿de qué palabra sale? De ratón. Y «ventanuco», de ventana.

Buscar la palabra base obliga a separar la pieza que se ha añadido de la que estaba, y eso es análisis de la palabra en su forma más sencilla. Es lo mismo que se hace con las familias de palabras, y está contado en el artículo sobre familias.

A veces la base cambia un poco al añadir el final —pez y pececillo, mano y manita— y ahí hay que decir simplemente que la palabra se ajusta para que suene bien. Con esa explicación basta a esta edad.

Los que engañan

Aquí está la parte buena. Un bombón no es una bomba grande. Una camilla no es una cama pequeña. Un bocadillo no es un bocado pequeño, y una colilla no es una cola.

Esas palabras acaban igual y significan otra cosa, porque el diminutivo se quedó pegado hace tanto tiempo que la palabra se independizó. Descubrirlo sorprende y se recuerda.

Diminutivos y aumentativos que engañan: bombón, camilla, bocadillo
PalabraParece salir dePero es
bombónbombaun dulce de chocolate
camillacamala cama con asas para llevar a un enfermo
bocadillobocadopan con algo dentro
zapatillazapatoun calzado ligero
tornillotornouna pieza con rosca
ratónrataotro animal

Y enseña algo importante: una regla puede tener excepciones que no son errores sino historia. Buscar más de estas —cartilla, chiquillo, ratón, zapatilla— es un juego que da para un rato largo.

No siempre es tamaño

La segunda sutileza: el diminutivo muchas veces no habla de tamaño sino de cariño o de trato. «Un momentito» no es un momento pequeño. «Abuelita» no es una abuela chica.

Ese matiz se entiende perfectamente a los ocho años porque lo usa todos los días, aunque no lo haya pensado nunca. Basta con preguntarlo: «cuando dices abuelita, ¿es porque es pequeña?».

Y funciona igual con los aumentativos, que a veces son despectivos: «narizota» no dice solo que la nariz sea grande. Ahí conviene hablar también de cómo suena una palabra y de cuándo puede molestar.

Clasificar, que es el formato que va bien

El ejercicio de separar en dos columnas —pequeño y grande— es el que mejor funciona para empezar, porque no pide producir, solo reconocer.

Producir es más difícil y llega después: dada una palabra, escribir su diminutivo y su aumentativo. Ahí aparecen las dudas de ortografía —zapatilla con dos eles— que merecen atención aparte.

Y hay un tercer nivel, el más interesante: clasificar mezclando las que engañan. Ahí el niño no puede ir por el final: tiene que pensar qué significa cada palabra.

La ortografía que arrastran

Casi todos los diminutivos en -illo y -illa llevan doble ele, y eso es una regla que no falla: bolsillo, semilla, cuchillo, zapatilla.

Es de las pocas reglas de ortografía española sin excepciones, y merece aprovecharla: quien la tiene resuelve un montón de palabras sin dudar.

Con la ye no hay tanta suerte, pero tampoco hace falta: en este campo casi todo va con elle, y las palabras con ye —joya, playa— no son diminutivos.

Un juego que dura cinco minutos

Contar algo usando solo diminutivos, y después el mismo cuento con aumentativos. Sale una historia ridícula, se ríen mucho y las terminaciones se quedan puestas.

Funciona especialmente bien con algo cotidiano: «me levanté de mi camita, me puse los zapatitos y me tomé un cafecito». Y después: «me levanté del camazo, me puse los zapatones».

Es una manera de producir muchas formas seguidas sin que sea un ejercicio, y de paso se oye qué suena bien y qué no, que es un criterio que a esta edad funciona mejor que cualquier regla.

Cuándo aparece en el colegio

En segundo se nombran y en tercero se trabajan con más detalle. Antes de eso el niño ya los usa perfectamente al hablar, que es la situación habitual en gramática: primero se sabe hacer y después se le pone nombre.

Conviene presentarlo así, como una etiqueta para algo que ya hace. «Esto que dices todos los días tiene un nombre» evita que suene a asignatura nueva.

Los nombres propios

Un campo donde esto se ve todos los días y que casi nadie señala: los nombres de las personas. Manolo sale de Manuel, Pepe de José, Lola de Dolores, Nacho de Ignacio.

No todos son diminutivos —algunos son deformaciones de otro tipo— y eso mismo lo hace interesante. Preguntar de dónde sale cada mote de la familia es una conversación de sobremesa que da para media hora.

Y enseña que las palabras se gastan y se acortan por el uso, que es la misma razón por la que un bocadillo dejó de ser un bocado pequeño. La lengua cambia porque se usa mucho.

Cuando el final no significa nada

Hay una tercera categoría que conviene nombrar y que suele descolocar: palabras que acaban en -illo o en -ón y no vienen de ninguna parte. Un tornillo no es un torno pequeño; un ratón no es una rata grande.

Aquí lo interesante no es la respuesta sino la comprobación: la manera de saberlo es intentar quitar el final y ver si queda una palabra que exista y tenga que ver. Con «tornillo» queda «torno», que existe pero no tiene que ver; con «casita» queda «casa», que sí.

Ese método —probar a quitar la pieza y ver si lo que queda tiene sentido— es exactamente lo que se hace al analizar cualquier palabra, y se puede enseñar aquí, con siete años, sin decir la palabra «morfología».

Cómo practicarlo jugando

Grande o pequeño trabaja la comparación de tamaños, que es el concepto que las terminaciones expresan.

En una palabra practica agrupar por significado, que es lo que hace falta para clasificar las que engañan. Y Forma la palabra trabaja la palabra letra a letra, que es donde se afianza la ortografía de -illo.

Qué imprimir

Diminutivos y aumentativos son tres hojas: clasificar por tamaño, buscar la palabra de la que salen, y separar las que de verdad son diminutivos de las que engañan.

Para la idea general de palabras emparentadas, Familias de palabras. Y para la ortografía de la elle, Ortografía: ll e y.

Lo esencial

  • Es la primera vez que un niño ve que un trozo de palabra significa algo por sí solo, y eso sostiene toda la morfología posterior.
  • El ejercicio que enseña no es poner el final, es quitarlo: ¿de qué palabra sale «ratoncillo»?
  • Los que engañan —bombón, camilla, bocadillo— son los que hacen pensar, y enseñan que una regla puede tener historia detrás.
  • El diminutivo muchas veces no habla de tamaño sino de cariño. «Abuelita» no es una abuela pequeña.
  • Todos los -illo y -illa llevan doble ele, sin excepciones. Es de las pocas reglas ortográficas que no fallan nunca.

Para saber más, las fuentes

Para practicarlo jugando

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