Hay una escena que se repite en todas las casas y que produce una alegría
prematura. El niño, con tres años, dice de carrerilla «uno, dos, tres, cuatro,
cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez». Los padres aplauden. Y después alguien le
pone cuatro galletas delante y le pregunta cuántas hay, y el niño señala,
recita hasta siete y dice que hay siete.
No se ha equivocado exactamente. Es que decir la serie y contar cosas son dos
habilidades distintas, y la primera no lleva a la segunda por sí sola. La serie
es una canción que se aprende de memoria; contar es otra cosa, y en A contar se ve la diferencia en una partida: el mismo
niño que recita hasta veinte se traba al contar seis manzanas.
Los cuatro principios que hacen falta
Contar objetos, que parece la operación más simple del mundo, exige cuatro
cosas a la vez. Un niño puede tener tres y fallar en la cuarta, y desde fuera se
ve simplemente como «cuenta mal».
Uno a uno. A cada objeto le corresponde una palabra y solo
una. Aquí falla el niño que va más rápido con la boca que con el dedo, o al
revés: dice cinco números señalando tres galletas.
Siempre el mismo orden. Las palabras van en su serie y no en
otra. Es lo único que sí se aprende de memoria y por eso es la parte que casi
nunca falla.
La última palabra es la respuesta. Este es el gordo. El niño
cuenta perfectamente «uno, dos, tres, cuatro», se le pregunta cuántas hay, y
vuelve a empezar desde el uno. No ha entendido que el último número no era un
número más: era el total.
Da igual por dónde se empiece. Cuatro galletas son cuatro si
se cuentan de izquierda a derecha, del revés o empezando por la del medio. Suena
obvio y no lo es: hasta que se entiende, un niño puede pensar que si se cambian
de sitio la respuesta cambia.
Cómo saber cuál falta
Las tres preguntas que lo revelan, y ninguna lleva más de un minuto.
Se ponen cinco objetos y se le pide que cuente. Si dice más números que
objetos hay, falta el uno a uno.
Cuenta bien y se le pregunta «¿cuántos hay?». Si vuelve a contar desde el
principio, falta el tercer principio — y es el más frecuente de todos entre los
cuatro y los cinco años.
Se cuentan cinco cosas juntos, se cambian de sitio delante de él y se le
pregunta otra vez cuántas hay. Si vuelve a contarlas, aún no tiene el cuarto.
Esto es normal hasta bien entrados los cinco años y no hay que forzarlo.
En A contar se ve enseguida cuál de los cuatro
cojea: si acierta en cantidades de tres y falla siempre a partir de cinco, es el
uno a uno; si duda con la respuesta después de haber contado bien, es el tercero.
El dedo no es una muleta
Hay una idea muy extendida de que contar señalando con el dedo es una fase que
hay que quitar cuanto antes. Es al revés: el dedo es lo que enseña el
primer principio.
Tocar cada objeto al decir su número es lo que hace que una palabra
corresponda a una cosa. Sin el dedo, la vista salta, se repite alguna y el niño
no se entera de que ha pasado. Lo que hay que quitar en algún momento no es el
dedo sino contar en voz alta, y llega solo.
Un truco que ayuda con cantidades grandes: apartar cada objeto contado a un
lado. Así no cabe contarlo dos veces y el niño ve además cómo el montón por
contar se hace pequeño, que es una imagen bastante buena de lo que está pasando.
Por qué se rompe justo a partir de cinco
Hasta tres o cuatro objetos, un niño no cuenta: ve. Reconoce la cantidad de un
vistazo, igual que un adulto reconoce cinco puntos en un dado sin contarlos. Por
eso acierta siempre en las cantidades pequeñas y da la impresión de que sabe
contar.
A partir de cinco ya no se puede ver, hay que contar de verdad, y ahí aparece
todo lo que faltaba. De modo que cuando alguien dice que su hijo de cuatro años
«cuenta bien hasta tres», la traducción suele ser que no cuenta todavía: reconoce
cantidades pequeñas, que es otra cosa y también es valiosa.
De ahí que las primeras hojas vayan hasta cinco aunque el niño recite hasta
veinte. Y que valga la pena insistir: la cantidad importa más que el número.
Cuánto es «mucho» a cada edad
Conviene tener una referencia para no exigir de más ni quedarse corto. A los
tres años, contar tres o cuatro objetos de verdad ya es lo esperable. A los
cuatro, hasta cinco o seis. A los cinco, hasta diez, y con los cuatro principios
puestos. A los seis empieza lo interesante: contar de dos en dos y de cinco en
cinco, que es lo que después hace falta para el reloj y para las tablas.
La distancia entre lo que un niño recita y lo que cuenta de verdad suele ser de
más del doble, y eso confunde bastante a los adultos. Un niño que dice la serie
hasta treinta y cuenta bien hasta seis no va atrasado: va exactamente donde le
toca, y lo que hay que trabajar es lo segundo. Hay más sobre las expectativas de
cada edad en Qué se espera de un niño
de 3 años.
Contar cosas de casa
Lo que más rinde no son las hojas sino contar cosas que importan, y hay
ocasiones todos los días sin preparar nada.
Poner la mesa: cuántos platos hacen falta, cuántos tenedores. Aquí el número
tiene consecuencias — si faltan, alguien se queda sin—, y eso hace más por
entender el tercer principio que veinte fichas.
Repartir: tres galletas para cada uno. Repartir es la operación que después
será dividir, y a los cuatro años ya se hace sin saberlo.
Los escalones al subir a casa. La ropa que se mete en la lavadora. Las
paradas que faltan. Todo eso es contar objetos reales, que es lo único que
construye la idea de cantidad.
Cómo practicarlo jugando
A contar es contar objetos con confirmación
inmediata, que es lo que hace falta para corregir el uno a uno sin que nadie esté
encima.
Encuentra la misma cantidad
va al principio de la irrelevancia del orden: dos grupos con la misma cantidad
colocados de forma distinta siguen siendo la misma cantidad. Es la comprobación
de que el número se ha entendido de verdad.
Y Mayor, menor o igual es el paso
siguiente, comparar dos cantidades, que es donde empieza a hacer falta el número
como herramienta y no como palabra.
Y con los dedos, que es por donde empieza todo esto, Cuenta con los dedos: primero hay que contar los que están levantados y después encontrar la mano que tiene tres, que ya no es contar uno a uno sino reconocer la cantidad de golpe.
Qué imprimir
Contar hasta 10 son cuatro
hojas: dos hasta cinco y dos hasta diez. Cada fila lleva unos cuantos dibujos y
un cuadro a la derecha donde escribir la cifra.
Ese cuadro es la parte importante de la hoja y no la decoración: obliga a
convertir el conteo en un número escrito, que es exactamente el tercer principio
puesto por escrito. Un niño que cuenta bien y se queda mirando el cuadro sin
saber qué poner está enseñando dónde está el problema.
Cuando las cuatro salgan sin dudar, el paso siguiente es Escribir los números, que ya
es cuestión de la mano y no de contar.
Lo esencial
Recitar la serie y contar objetos son cosas distintas. Contar exige cuatro
principios: una palabra por objeto, siempre el mismo orden, la última palabra es
el total y da igual por dónde se empiece. El tercero es el que más falla y se
detecta en diez segundos preguntando «¿cuántos hay?» después de que haya
contado bien. El dedo no es una muleta, es lo que enseña el primero. Y hasta
cinco objetos un niño no cuenta: reconoce, que es otra cosa.