«Se distrae enseguida» es de las frases que más se dicen de un niño y de las
que menos información llevan. Enseguida ¿comparado con qué? Casi siempre,
comparado con lo que un adulto supone que debería aguantar — y esa suposición
suele estar al doble de lo real.
Los números concretos ayudan bastante, porque cambian lo que se pide antes de
que haya que discutir nada.
Los números, con su letra pequeña
Estas cifras valen para una tarea que ha propuesto un adulto,
que es la situación difícil:
Tres años: de tres a cinco minutos.
Cuatro años: de cinco a ocho.
Cinco años: de ocho a doce.
Seis y siete años: de doce a veinte.
Ocho años: de veinte a media hora.
La letra pequeña es importante: en algo que ha elegido él —una construcción,
un dibujo propio, un juego— puede durar el doble o el triple sin ningún
esfuerzo. Y eso confunde muchísimo en casa, porque parece que «cuando quiere,
puede».
Puede, pero no es lo mismo. Sostener la atención en lo propio y sostenerla en
lo ajeno son dos capacidades distintas, y la segunda madura más tarde y más
despacio.
La prueba casera es de dos minutos: se pone Une los puntos, que es tarea propuesta pero
con resultado garantizado, y se mira cuánto dura sin que nadie le anime. Eso es
su número real, no el que dice la tabla.
Por qué la tarea propia dura más
Por tres razones que se pueden aprovechar.
El nivel encaja solo. Cuando el niño elige, elige algo que
puede hacer. Una tarea propuesta puede caer demasiado alta o demasiado baja, y
las dos cosas rompen la atención igual de rápido.
Hay un objetivo que le importa. La torre tiene que quedar de
pie. En una ficha, muchas veces el objetivo es «terminar la ficha», y eso no le
importa a nadie de cinco años.
Puede parar cuando quiera. Saber que uno puede irse es
justamente lo que hace que se quede. En una tarea impuesta, parte de la atención
se gasta en soportar la obligación.
De ahí que la manera más rápida de alargar la atención en una hoja no sea
insistir, sino que la hoja se parezca más a lo propio: que se vea a dónde va,
que el resultado importe y que termine.
Lo que la rompe
La tarea demasiado larga. Un niño que ve veinte ejercicios
abandona antes de empezar. Los mismos veinte, tapando la mitad de la hoja con un
papel, se hacen enteros. Es el truco más barato que existe.
El ruido de fondo. Hasta los siete u ocho años no se filtra
bien, así que la tele puesta se lleva un trozo de atención aunque nadie la mire.
El nivel mal puesto. Demasiado difícil frustra; demasiado
fácil aburre. Y las dos se ven igual desde fuera: se levanta de la silla.
Las interrupciones del adulto. Preguntar «¿vas bien?» cada
dos minutos rompe exactamente lo que se está intentando construir. Un niño
concentrado no necesita ánimo; necesita que le dejen.
El cansancio y el hambre. Suena a tópico y explica la mitad
de los casos. Nada de esto funciona a las siete de la tarde con un niño que
lleva desde las nueve fuera de casa.
Lo que la alarga de verdad
No hay ejercicios de atención que sirvan por sí solos. Lo que sí funciona es
más aburrido y más fiable.
Terminar lo que se empieza, muchas veces. Es el músculo real.
Cien cosas pequeñas acabadas construyen más aguante que diez largas
abandonadas.
Que la sesión acabe antes del límite. Si aguanta ocho
minutos, se para a los seis. Terminar con ganas es lo que hace que mañana se
siente otra vez — está contado en Diez minutos al día.
Una sola instrucción a la vez. «Rodea, tacha y colorea» son
tres tareas. La atención se rompe en el cambio, no en la duración.
Que se vea el final. Una hoja con cinco ejercicios numerados
se aguanta mejor que la misma hoja sin numerar, porque se sabe cuánto queda.
Cuándo conviene mirarlo con alguien
Esto es normal a todas las edades de arriba, y hay una diferencia importante
entre «se distrae» y otra cosa.
Un niño que aguanta veinte minutos con un puzle y dos con una ficha no tiene
un problema de atención: tiene un problema con la ficha, y probablemente con el
nivel.
Lo que sí merece una conversación con el tutor o el pediatra es cuando el
tiempo es corto en todo, también en lo que le gusta; cuando lo notan
igual en casa y en clase; y cuando ya no encaja con la edad —dos minutos a los
siete años, por ejemplo—. Esa combinación es la que conviene mirar con alguien
que le vea a diario, y no sacar conclusiones por nuestra cuenta.
La atención no es una sola cosa
Se habla de «la atención» como si fuera un depósito que se llena o se vacía, y
en realidad hay tres que fallan por separado. Distinguirlas cambia lo que hay
que hacer.
Sostenerla. Aguantar en la misma tarea un rato. Es la que
miden los minutos de arriba y la que todo el mundo tiene en la cabeza.
Enfocarla. Atender a una cosa ignorando el resto. Un niño que
se distrae con cualquier ruido no tiene poca atención sostenida: tiene el filtro
todavía flojo, y eso se arregla quitando ruido, no insistiendo.
Cambiarla. Soltar una tarea y engancharse a otra. Suena
trivial y es lo que falla cuando cuesta un mundo dejar los dibujos para
cenar — no es desobediencia, es que soltar cuesta.
La distinción casera es sencilla: si aguanta bien en silencio y mal con
ruido, es el filtro. Si aguanta poco en todo, es la sostenida. Y si lo que cuesta
son las transiciones, avisar cinco minutos antes resuelve la mitad.
Lo que la pantalla enseña y lo que no
Un niño que lleva cuarenta minutos con un juego no está entrenando la
atención, y conviene saberlo antes de sacar conclusiones tranquilizadoras.
Una pantalla sostiene la atención desde fuera: cambia de color, suena,
premia, no deja huecos. El niño no está sosteniendo nada — le están sosteniendo.
Por eso el mismo niño puede pasar cuarenta minutos ahí y seis en una hoja sin que
haya ninguna contradicción.
Lo que sí entrena una pantalla es la parte de enfocar y la de reaccionar
rápido. Lo que no entrena, y hay que buscar en otro sitio, es aguantar cuando
nada te empuja: una hoja, un puzle, un rato de aburrimiento.
Cómo practicarlo jugando
Une los puntos es de los mejores para
esto: hay un final visible, el resultado está garantizado y cada punto es un
pequeño logro que sostiene el siguiente.
Encuentra el objeto entrena la
atención sostenida en su forma más pura —buscar sin rendirse— y tiene la ventaja
de que el niño decide cuándo ha terminado.
Y Recuerda la secuencia trabaja lo
que va debajo: sostener información mientras se hace otra cosa, que está contado
en Memoria de trabajo.
Diez minutos como mucho, y parando antes de que se canse. En pantalla la
atención engaña: el juego la sostiene por su cuenta con colores y sonidos, así
que aguantar veinte minutos ahí no significa que aguante veinte en una hoja.
Qué imprimir
Unir los puntos: los
primeros está pensada para tres a cinco años: entre ocho y doce puntos por
dibujo, que es lo que cabe en una sesión de esa edad sin llegar al límite.
Sopa de letras para
empezar es el otro extremo, para cinco a siete: cinco palabras cortas por
rejilla. Una sopa de letras larga es de las hojas que peor aguantan los niños, y
esta se acaba en pocos minutos precisamente por eso.
Y Laberintos de 4 a 5 años
para el término medio: tres por hoja, cada uno con su final claro.
La regla al imprimir cualquiera de las tres es la misma: tapar con un folio
todo menos el ejercicio en el que está.
Lo esencial
La atención en una tarea propuesta dura unos cinco minutos a los tres años,
diez a los cinco y veinte a los siete — y en lo que elige el niño, el doble o el
triple. Confundir las dos cosas es lo que produce el «cuando quiere, puede». Lo
que la rompe es la tarea demasiado larga, el nivel mal puesto y las
interrupciones del adulto; lo que la alarga es terminar muchas cosas pequeñas y
parar antes del límite. Y si el tiempo es corto en todo, también en lo que le
gusta, y lo notan igual en casa y en clase, eso sí conviene mirarlo con quien le
vea a diario.