«Es que no me escucha.» Se dice de casi todos los niños de cuatro años en
algún momento, y casi siempre se dice mal. Oye perfectamente — se le nota en que
detecta el envoltorio de un caramelo en la habitación de al lado —. Lo que no
tiene todavía es la costumbre de sostener la atención en lo que entra por el
oído cuando hay algo más interesante delante de los ojos.
Y esa costumbre no es un detalle de educación. Es el terreno sobre el que
después se apoya aprender a leer.
Oír, escuchar y distinguir
Son tres cosas y conviene separarlas, porque fallan por motivos distintos.
Oír es que el oído funcione. Se comprueba en el pediatra y
casi nunca es el problema.
Antes de eso conviene descartar lo evidente. Una racha de catarros con los
oídos cargados deja a un niño oyendo como debajo del agua durante semanas, y lo
que se ve desde fuera es que está más despistado y habla más alto. Si eso coincide
con muchos resfriados seguidos o con roncar por las noches, merece un comentario
al pediatra antes de dar por hecho que es cuestión de atención.
Escuchar es dirigir la atención al sonido y mantenerla ahí.
Es voluntario, cansa, y se entrena.
Distinguir es notar que dos sonidos parecidos no son el
mismo. Aquí está la parte que más pesa después: un niño que no separa bien
sonidos parecidos tampoco separará la pa de la ba cuando toque
escribirlas.
Lo interesante es que las tres se pueden trabajar sin nada más que sonidos y
sin que parezca un ejercicio. En ¿Qué suena? hay
que reconocer un sonido de la casa —un grifo, unas tijeras, una aspiradora— sin
verlo, que es la escucha en estado puro: solo entra por el oído y no hay nada que
mirar.
Por qué esto sostiene la lectura
Leer en español consiste, resumiendo mucho, en oír las palabras por dentro. La
palabra mesa tiene dos trozos y cuatro sonidos, y para escribirla hay
que ser capaz de separarlos mentalmente antes de buscar cada letra.
Eso es lo que se llama conciencia fonológica, y está contado con más detalle
en su propio artículo. Lo que
casi nunca se dice es que debajo hay un escalón anterior: para separar los
sonidos de una palabra hay que poder atender a los sonidos en general.
Un niño al que le cuesta distinguir el timbre del microondas del de la
lavadora tendrá más trabajo distinguiendo la t de la d, que se
parecen bastante más. No es que una cosa cause la otra: es que las dos usan el
mismo músculo, y el de los sonidos de casa es mucho más fácil de entrenar.
Las voces, que son un caso aparte
Reconocer quién habla sin verlo es una habilidad concreta y bastante temprana:
un bebé distingue la voz de su madre desde muy pronto. Pero afinarla —saber cuál
de dos primos está hablando en la habitación de al lado— pide atender a cosas más
finas que el volumen: el tono, la velocidad, cómo termina las frases.
Eso mismo es lo que después permite notar que una frase es una pregunta antes
de llegar al final, o que alguien está enfadado aunque las palabras sean
amables. En ¿De quién es la voz? hay que
emparejar voz y personaje sin más pista que la voz, y es de los juegos que más
sorprenden por lo difícil que resulta cuando las dos son parecidas.
Cinco juegos de escucha que no necesitan nada
El silencio de un minuto. Todos callados, y al final cada uno
dice qué ha oído. Sale una lista larguísima —la nevera, un coche, un pájaro, el
reloj— y es la manera más rápida de descubrir que el silencio no existe.
Funciona desde los tres años y no dura más de dos minutos.
Adivina qué he hecho. El niño cierra los ojos y el adulto
hace un ruido: arrugar papel, cerrar una cremallera, verter agua. Hay que
adivinarlo. Es el mismo ejercicio que ¿Qué suena?
con lo que haya en la cocina.
Fuerte y flojo, rápido y lento. Dar palmadas de dos maneras y
que las repita igual. Suena a nada y entrena distinguir cualidades del sonido,
que es lo que después separa una sílaba tónica de una átona.
De dónde viene. Con los ojos cerrados, señalar de dónde sale
un ruido. Localizar el sonido en el espacio es lo que permite atender a una voz
concreta en una clase con ruido de fondo.
La instrucción sin repetir. Un encargo de dos o tres pasos,
dicho una sola vez. Es escucha y memoria a la vez — hay más sobre esa segunda
parte en Memoria de trabajo.
El ruido de fondo, que estorba más de lo que parece
Un adulto separa una conversación del ruido de la tele sin darse cuenta. Un
niño de cinco años lo hace bastante peor: le llega todo mezclado y con un
volumen parecido.
Eso tiene una consecuencia práctica en casa. Si se le habla con la tele
puesta, es probable que de verdad no se entere, y lo que se lee desde fuera es
que no obedece. Apagar el ruido antes de decir algo importante resuelve más
discusiones de las que parece.
Y tiene otra en clase: un niño que aún no filtra bien el ruido se cansa mucho
más que sus compañeros a lo largo de la mañana, porque está gastando atención en
algo que a los demás les sale solo.
Hay además una costumbre que trabaja en contra sin que se note: los dibujos o
la música puestos «de fondo» todo el rato. Un sonido constante deja de merecer
atención, y lo que el niño aprende con las horas es a desconectar del oído por
defecto. El silencio en casa unas cuantas horas al día no es austeridad: es lo que
hace que un sonido vuelva a significar algo.
Cómo practicarlo jugando
Los tres juegos van en orden y hacen cosas distintas.
¿Qué suena? es el más fácil y el primero:
sonidos cotidianos que hay que reconocer sin verlos. Desde los tres años.
¿De quién es la voz? sube el listón,
porque las voces se parecen mucho más entre sí que un grifo y unas tijeras. De
cuatro años en adelante.
Y Primer sonido es donde esto se conecta
con la lectura: ya no se trata de reconocer un sonido del mundo, sino de aislar
el primero de una palabra. Es el mismo músculo aplicado al idioma, y el paso
directo hacia leer.
Y A pescar obliga a sostener de oído lo que se ha pedido —«el pez amarillo», «el de la letra A»— mientras los peces se mueven por el estanque, que es la situación en la que de verdad se pierde la consigna.
Con auriculares o con el volumen bien puesto, y sin nada más en la pantalla
que distraiga. Cinco minutos bastan: la escucha atenta cansa más que mirar.
Qué imprimir
Para pasar de los sonidos del mundo a los del idioma, Bingo de letras: el adulto dice el
sonido —no el nombre de la letra— y el niño busca la casilla. Todo entra por el
oído, que es lo que interesa aquí.
Cuando eso salga, Bingo de
sílabas, que es el mismo juego con un trozo más largo y ya bastante cerca de
leer.
Y Dictado en
cuadrícula para la escucha sostenida: una orden de dos partes que hay que
retener mientras se ejecuta, con un dibujo al final que compensa el esfuerzo.
Lo esencial
Oír, escuchar y distinguir son tres cosas distintas, y las dos últimas se
entrenan. Debajo de separar los sonidos de una palabra —que es lo que permite
leer y escribir— hay un escalón anterior: poder atender a los sonidos en
general, que es mucho más fácil de trabajar y casi nunca se trabaja. Se hace sin
material, en dos minutos, con lo que suene en casa. Y conviene apagar el ruido de
fondo antes de decir algo importante: a esa edad todavía no lo filtran.