Rutinas y hábitos

Esperar el turno en los juegos

Por El equipo de Kodomi Club · 20 de septiembre de 2026 · 6 min

Esperar el turno en los juegos

Esperar el turno no es educación: es aguantar el impulso con el juego delante. Se entrena con turnos cortos y con reglas que se ven.

Un niño de tres años que coge la ficha cuando no le toca no está siendo maleducado: está haciendo lo que su cabeza le pide mientras el juego está a la vista. Esperar es frenar un impulso, y frenar cuesta más cuanto más pequeño se es.

Por eso el turno se enseña con el juego, no con el sermón. Hacen falta partidas cortas, reglas visibles y turnos que duren poco, para que la espera sea posible. Un juego de parejas como Encuentra la pareja tiene esa forma: se levanta, se mira y se pasa.

Por qué cuesta tanto

Mientras espera, el niño tiene delante exactamente lo que quiere y nada que hacer. El deseo está activo, la mano está libre y el tiempo pasa despacio: es la peor combinación posible.

Además, a esta edad el tiempo no se mide bien. Treinta segundos pueden parecer eternos, y por eso un turno largo de un adulto hace más daño que cualquier norma.

Turnos cortos antes que turnos justos

La primera regla práctica es acortar el turno de los demás. Si el adulto piensa diez segundos su jugada, el niño no aguanta; si juega rápido, la espera cabe.

Mejor muchos turnos cortos que pocos largos. Un juego donde cada uno tira y pasa en cinco segundos enseña más turnos por partida que uno donde cada jugada se piensa.

Y mejor empezar con dos jugadores. Con cuatro, la espera se multiplica por tres antes de que sepa esperar por uno.

La espera se llena

Esperar sin hacer nada es casi imposible a los tres años, así que conviene darle un trabajo durante el turno ajeno: sujetar el dado, contar en voz alta los pasos del otro, mover la ficha del adulto.

No es hacer trampa a la norma: es un apoyo que se quita después, igual que las ruedas de la bicicleta. Con cinco años ya no hace falta.

También ayuda tener a la vista de quién es el turno: un muñeco que se pone delante del que juega, una cuchara que se pasa. La regla que se ve se discute menos.

Nombrar lo que está pasando

«Ahora me toca a mí, después a ti» dicho cada vez suena repetitivo para el adulto y no lo es para el niño: le da la estructura antes de que la tenga por dentro.

Cuando aguante la espera sin cogerlo, conviene decirlo: «has esperado tu turno». Nombrar lo que ha hecho bien ayuda más que señalar lo que hizo mal la vez anterior.

Los juegos que mejor funcionan

Los de memoria con cartas al revés son excelentes porque el turno ajeno también es útil para él: mientras el otro levanta cartas, él ve dónde están.

Los de tablero con dado dan turnos muy cortos y con final visible. Los de construir por turnos —una pieza cada uno— funcionan con los más pequeños, porque la torre crece con la aportación de los dos.

Los que peor funcionan son los de velocidad, donde gana el que llega antes: allí frenarse es perder, y le estamos pidiendo lo contrario de lo que el juego premia.

Cuando se salta el turno

La respuesta más útil es corta y sin enfado: devolver la ficha a su sitio y continuar. Las explicaciones largas en caliente no entran.

Si se repite tres veces, la partida es demasiado larga o demasiado difícil para hoy. Se guarda y se saca mañana, sin convertirlo en un castigo.

Y conviene revisar la hora: casi todos los problemas de turnos ocurren a las ocho de la tarde. El autocontrol se gasta a lo largo del día.

Esperar fuera de los juegos

El turno del juego es el entrenamiento; la vida diaria es el examen. Esperar a que termine de hablar otro, esperar la merienda, esperar a que le toque el columpio: son la misma habilidad con más carga emocional.

Ayuda anunciar la espera y darle una duración concreta: «cuando termine de guardar esto», «después de dos canciones». Lo que no tiene final conocido se hace eterno.

Y ayuda enseñar qué hacer mientras: mirar, contar, ayudar en otra cosa. Un niño que sabe qué hacer durante la espera espera mucho mejor que uno al que solo se le pide que aguante.

Con el tiempo, esas estrategias se vuelven suyas y dejan de necesitar un adulto que las recuerde, que es exactamente la meta.

Cuando hay hermanos de edades distintas

Con tres y seis años en la misma partida, el turno es solo la mitad del problema: el pequeño pierde siempre y el mayor se aburre. Conviene arreglar eso antes de empezar.

Funcionan las reglas asimétricas: el pequeño mueve dos casillas y el mayor una, o el mayor juega con una mano atada al respaldo. Dicho con humor, nadie se ofende.

También funciona que el mayor haga de árbitro en algunas partidas, con un papel de verdad: repartir, controlar los turnos, llevar la cuenta. Es un encargo de responsabilidad y le saca del papel de rival.

Jugar con adultos y jugar con iguales

Esperar el turno con un adulto es más fácil, porque el adulto cede, explica y avisa. Con otro niño de su edad no hay nada de eso, y por eso los conflictos aparecen en el parque y no en casa.

Los dos escenarios hacen falta. En casa se aprende la mecánica del turno; con iguales se aprende a sostenerla cuando nadie ayuda.

Lo que sí conviene es no arbitrar de más en el parque. Un adulto que resuelve cada disputa impide que aprendan a resolverlas, y a los cuatro años ya pueden acordar cosas simples si se les da un momento.

El turno en la conversación

Hay otra clase de turno que se entrena a la vez y que casi nunca se nombra: el de hablar. Escuchar hasta el final y no interrumpir es el mismo freno con otro envoltorio.

En la mesa funciona un objeto que se pasa: quien lo tiene, habla. Parece artificial los dos primeros días y después se olvida el objeto y queda la costumbre.

Y funciona que los adultos hagan lo mismo entre ellos delante del niño. Una casa donde todos se interrumpen enseña a interrumpir, por muchos turnos que se pidan en los juegos.

Antes y después de esto

Muy cerca de esto está encajar la derrota, que es la otra mitad de jugar con otros: Aprender a perder propone partidas cortas y maneras de acabarlas bien.

Y cuánto rato puede sostener un niño una actividad propuesta por otro —que es lo que marca la duración de la partida— está en Cuánto aguanta la atención.

Cómo practicarlo jugando

Encuentra la pareja se puede jugar por turnos delante de la pantalla, uno levanta y el otro mira, y tiene la ventaja de que el turno ajeno también sirve para recordar.

Memori de sonidos hace lo mismo con el oído, y Busca la sombra se presta a jugar a dos: uno elige la sombra y el otro dice de quién es.

Qué imprimir

Juego de tablero se imprime, se colorea y se juega esa misma tarde: casillas, dado y turnos cortos, que es justo la forma que hace falta. Y Memori para recortar da las cartas para jugar por turnos en la mesa.

Lo esencial

Esperar el turno es frenar un impulso con el juego delante, y eso se entrena con partidas cortas y turnos rápidos. Jugad primero de dos en dos, dadle un trabajo durante el turno ajeno, haced visible a quién le toca y dejad los juegos de velocidad para cuando ya sepa esperar.

Para practicarlo jugando

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