Los deberes son, con diferencia, el motivo de discusión más frecuente entre
padres e hijos de seis a diez años. Y buena parte de las discusiones no van sobre
los deberes en sí sino sobre una pregunta que nunca se formula en voz alta: hasta
dónde llega la ayuda del adulto.
Hay una respuesta bastante practicable, y se resume en un detalle observable:
quién tiene el lápiz. Si lo tiene el niño, se está acompañando. Si
lo tiene el adulto, se está haciendo la tarea. Y eso vale igual para una hoja de
sumas que para una partida de Resuelve la
operación, donde la tentación de señalar la respuesta correcta es exactamente
la misma.
Dónde está la línea
Acompañar es: sentarse cerca, leerle el enunciado si aún le
cuesta leer, preguntarle qué hay que hacer para comprobar que lo ha entendido,
callarse mientras trabaja, y mirar el resultado al final.
Resolver es: dictarle la respuesta, hacer la primera de cada
tipo «para que vea cómo va», corregir sobre la marcha cada error, o coger el lápiz
para escribir «solo esta».
La segunda lista es la que apetece a las ocho de la tarde, y tiene una
consecuencia concreta: el niño aprende que si espera lo suficiente, alguien acabará
resolviéndolo. A partir de ahí, la resistencia a empezar solo aumenta cada
semana.
Hay una excepción razonable: cuando algo está claramente por encima de lo que se
ha explicado en clase y el niño no puede saber hacerlo. Ahí sí se explica —una vez,
entera— y después se le deja hacer el resto.
Cuánto deberían durar
Hay una referencia que circula desde hace décadas y que sigue siendo bastante
útil: unos diez minutos por curso. Diez en primero, veinte en segundo, treinta en
tercero. En un colegio español eso significa que un niño de seis años debería
terminar en un cuarto de hora largo.
La cifra no es sagrada y sirve para lo importante: darse cuenta de cuándo algo
va mal. Si un niño de primero está una hora cada tarde, el problema no es que se
distraiga. O la tarea es demasiado larga, o hay algo de la clase que no se ha
entendido, o el rato está mal colocado en el día.
Y conviene medirlo antes de sacar conclusiones, porque las sensaciones engañan:
una tarea de veinte minutos con tres peleas por medio parece una hora.
Cuando se eternizan
Antes de hablar con nadie, hay tres cosas que se pueden probar en casa y que
resuelven la mayoría de los casos.
Cambiar la hora. Justo al llegar del cole, muchos niños están
fundidos. Después de merendar y de un rato de calle rinden el doble en la mitad de
tiempo.
Partir en bloques con final visible. «Estos cinco y paramos.»
Un niño de siete años no sabe cuánto le queda mirando una hoja; sí lo sabe si le
dices cinco.
Poner un reloj a la vista. No para meter prisa: para que el
tiempo sea algo que se ve. Muchos niños se alargan porque no tienen ninguna
noción de cuánto llevan.
Si con eso no baja, es momento de hablar con su maestro. Y ahí conviene ir con
un dato en lugar de con una impresión: «tarda cincuenta minutos, y de esos treinta
son la ficha de lengua». Eso es información útil para quien la ha mandado; «los
deberes son muchos» no lo es.
Los deberes que el adulto no sabe hacer
Llega antes de lo que uno espera, y no por la dificultad: por el método. Las
sumas se explican ahora de otra manera, la descomposición se enseña con otros
dibujos, y un adulto que aprendió a restar «llevándose una» se encuentra con una
hoja que hace lo mismo por otro camino.
Lo peor que se puede hacer ahí es enseñarle el método propio. El niño acaba con
dos procedimientos para lo mismo, sin entender ninguno del todo, y en clase le
corregirán el que ha traído de casa.
Lo que funciona es al revés: pedirle a él que explique cómo lo hacen en clase.
Muchas veces, explicándolo, lo resuelve solo. Y si no sabe explicarlo, ya se ha
localizado el problema —no ha entendido la explicación— y eso es exactamente lo
que hay que decirle a su maestro al día siguiente.
Corregir o no corregir
Es la duda que más se repite, y la respuesta depende de para qué sirvan los
deberes en esa clase.
Si el maestro los usa para ver qué ha entendido cada uno, una hoja llegada
perfecta por corrección de casa le quita justamente esa información. Lo útil
entonces es no corregir, y decirle al niño que si algo no le sale lo deje y lo
pregunte al día siguiente.
Si son de práctica —repetir para automatizar—, sí tiene sentido revisar al final
y que él busque los que fallan. Nunca señalando cuál está mal: «hay dos con
error en esta fila, míralos». Buscar el error propio es un ejercicio y darlo hecho
lo elimina.
Lo que no ayuda en ninguno de los dos casos es borrar y reescribir. Una hoja
impecable escrita por el adulto no engaña a nadie y le enseña al niño que su
trabajo no era suficiente.
El «no me sale» y el «no lo entiendo»
Casi siempre significan otra cosa, y merece la pena distinguir cuál.
Si no ha leído el enunciado, o lo ha leído sin entenderlo, no es un problema de
la materia: es de lectura. Se lee juntos, en voz alta, y se le pide que explique
con sus palabras qué hay que hacer. Si no puede, ahí está el atasco, y no en las
sumas.
Si lo ha entendido y no sabe por dónde empezar, lo que falta es un método, no la
respuesta. «¿Qué es lo primero que hay que hacer?» abre bastante más que
enseñarle el paso.
Y si lo que hay es cansancio, lo honesto es parar. Media hora de pelea a las
nueve de la noche no deja aprendido nada y sí deja una idea sobre lo que son los
deberes.
Cómo practicarlo jugando
Hay una cosa que ayuda con los deberes y que no son los deberes: que lo básico
salga sin esfuerzo. Un niño que calcula «7+5» sin pensar termina una hoja de sumas
en cinco minutos; el que la calcula cada vez tarda media hora y acaba harto.
Resuelve la operación da esas
repeticiones cortas fuera del contexto de la tarea, que es donde no pesan. Leer por sílabas hace lo mismo con la lectura,
que es lo que determina si el enunciado se entiende a la primera.
Y Dictado en cuadrícula entrena algo
que aparece en cada tarea escolar: sostener una instrucción de dos partes mientras
se ejecuta.
Qué imprimir
Para la fluidez de cálculo, Sumas hasta 10 y Restas hasta 10, en dosis cortas y
fuera del rato de deberes: media hoja al día en otro momento hace que la tarea del
colegio cueste la mitad.
Y para el niño que se atasca leyendo enunciados, las tablas de sílabas, cinco minutos al
día, hasta que descifrar deje de consumir toda la atención.
El marco de la rutina en casa —dónde encaja todo esto sin que el día se
convierta en una sucesión de tareas— está en Diez minutos al día.
Lo esencial
La línea entre acompañar y resolver se ve en quién tiene el lápiz. Acompañar es
leer el enunciado, comprobar que lo ha entendido y callarse mientras trabaja.
Como referencia, unos diez minutos por curso: si un niño de primero está una hora,
algo va mal y conviene medirlo antes de hablar con el colegio, y llevar un dato en
lugar de una impresión. Corregir tiene sentido si los deberes son de práctica, y no
lo tiene si sirven para que el maestro vea quién ha entendido qué.