Rutinas y hábitos

Deberes: cuánto hay que ayudar y dónde está la línea

Por El equipo de Kodomi Club · 31 de agosto de 2026 · 8 min

Deberes: cuánto hay que ayudar y dónde está la línea

La pregunta no es si ayudar sino cómo. Dónde está la línea entre acompañar y resolver, cuánto deberían durar según el curso y qué decir en el colegio si se pasan de ahí.

Los deberes son, con diferencia, el motivo de discusión más frecuente entre padres e hijos de seis a diez años. Y buena parte de las discusiones no van sobre los deberes en sí sino sobre una pregunta que nunca se formula en voz alta: hasta dónde llega la ayuda del adulto.

Hay una respuesta bastante practicable, y se resume en un detalle observable: quién tiene el lápiz. Si lo tiene el niño, se está acompañando. Si lo tiene el adulto, se está haciendo la tarea. Y eso vale igual para una hoja de sumas que para una partida de Resuelve la operación, donde la tentación de señalar la respuesta correcta es exactamente la misma.

Dónde está la línea

Acompañar es: sentarse cerca, leerle el enunciado si aún le cuesta leer, preguntarle qué hay que hacer para comprobar que lo ha entendido, callarse mientras trabaja, y mirar el resultado al final.

Resolver es: dictarle la respuesta, hacer la primera de cada tipo «para que vea cómo va», corregir sobre la marcha cada error, o coger el lápiz para escribir «solo esta».

La segunda lista es la que apetece a las ocho de la tarde, y tiene una consecuencia concreta: el niño aprende que si espera lo suficiente, alguien acabará resolviéndolo. A partir de ahí, la resistencia a empezar solo aumenta cada semana.

Hay una excepción razonable: cuando algo está claramente por encima de lo que se ha explicado en clase y el niño no puede saber hacerlo. Ahí sí se explica —una vez, entera— y después se le deja hacer el resto.

Cuánto deberían durar

Hay una referencia que circula desde hace décadas y que sigue siendo bastante útil: unos diez minutos por curso. Diez en primero, veinte en segundo, treinta en tercero. En un colegio español eso significa que un niño de seis años debería terminar en un cuarto de hora largo.

La cifra no es sagrada y sirve para lo importante: darse cuenta de cuándo algo va mal. Si un niño de primero está una hora cada tarde, el problema no es que se distraiga. O la tarea es demasiado larga, o hay algo de la clase que no se ha entendido, o el rato está mal colocado en el día.

Y conviene medirlo antes de sacar conclusiones, porque las sensaciones engañan: una tarea de veinte minutos con tres peleas por medio parece una hora.

Cuando se eternizan

Antes de hablar con nadie, hay tres cosas que se pueden probar en casa y que resuelven la mayoría de los casos.

Cambiar la hora. Justo al llegar del cole, muchos niños están fundidos. Después de merendar y de un rato de calle rinden el doble en la mitad de tiempo.

Partir en bloques con final visible. «Estos cinco y paramos.» Un niño de siete años no sabe cuánto le queda mirando una hoja; sí lo sabe si le dices cinco.

Poner un reloj a la vista. No para meter prisa: para que el tiempo sea algo que se ve. Muchos niños se alargan porque no tienen ninguna noción de cuánto llevan.

Si con eso no baja, es momento de hablar con su maestro. Y ahí conviene ir con un dato en lugar de con una impresión: «tarda cincuenta minutos, y de esos treinta son la ficha de lengua». Eso es información útil para quien la ha mandado; «los deberes son muchos» no lo es.

Los deberes que el adulto no sabe hacer

Llega antes de lo que uno espera, y no por la dificultad: por el método. Las sumas se explican ahora de otra manera, la descomposición se enseña con otros dibujos, y un adulto que aprendió a restar «llevándose una» se encuentra con una hoja que hace lo mismo por otro camino.

Lo peor que se puede hacer ahí es enseñarle el método propio. El niño acaba con dos procedimientos para lo mismo, sin entender ninguno del todo, y en clase le corregirán el que ha traído de casa.

Lo que funciona es al revés: pedirle a él que explique cómo lo hacen en clase. Muchas veces, explicándolo, lo resuelve solo. Y si no sabe explicarlo, ya se ha localizado el problema —no ha entendido la explicación— y eso es exactamente lo que hay que decirle a su maestro al día siguiente.

Corregir o no corregir

Es la duda que más se repite, y la respuesta depende de para qué sirvan los deberes en esa clase.

Si el maestro los usa para ver qué ha entendido cada uno, una hoja llegada perfecta por corrección de casa le quita justamente esa información. Lo útil entonces es no corregir, y decirle al niño que si algo no le sale lo deje y lo pregunte al día siguiente.

Si son de práctica —repetir para automatizar—, sí tiene sentido revisar al final y que él busque los que fallan. Nunca señalando cuál está mal: «hay dos con error en esta fila, míralos». Buscar el error propio es un ejercicio y darlo hecho lo elimina.

Lo que no ayuda en ninguno de los dos casos es borrar y reescribir. Una hoja impecable escrita por el adulto no engaña a nadie y le enseña al niño que su trabajo no era suficiente.

El «no me sale» y el «no lo entiendo»

Casi siempre significan otra cosa, y merece la pena distinguir cuál.

Si no ha leído el enunciado, o lo ha leído sin entenderlo, no es un problema de la materia: es de lectura. Se lee juntos, en voz alta, y se le pide que explique con sus palabras qué hay que hacer. Si no puede, ahí está el atasco, y no en las sumas.

Si lo ha entendido y no sabe por dónde empezar, lo que falta es un método, no la respuesta. «¿Qué es lo primero que hay que hacer?» abre bastante más que enseñarle el paso.

Y si lo que hay es cansancio, lo honesto es parar. Media hora de pelea a las nueve de la noche no deja aprendido nada y sí deja una idea sobre lo que son los deberes.

Cómo practicarlo jugando

Hay una cosa que ayuda con los deberes y que no son los deberes: que lo básico salga sin esfuerzo. Un niño que calcula «7+5» sin pensar termina una hoja de sumas en cinco minutos; el que la calcula cada vez tarda media hora y acaba harto.

Resuelve la operación da esas repeticiones cortas fuera del contexto de la tarea, que es donde no pesan. Leer por sílabas hace lo mismo con la lectura, que es lo que determina si el enunciado se entiende a la primera.

Y Dictado en cuadrícula entrena algo que aparece en cada tarea escolar: sostener una instrucción de dos partes mientras se ejecuta.

Qué imprimir

Para la fluidez de cálculo, Sumas hasta 10 y Restas hasta 10, en dosis cortas y fuera del rato de deberes: media hoja al día en otro momento hace que la tarea del colegio cueste la mitad.

Y para el niño que se atasca leyendo enunciados, las tablas de sílabas, cinco minutos al día, hasta que descifrar deje de consumir toda la atención.

El marco de la rutina en casa —dónde encaja todo esto sin que el día se convierta en una sucesión de tareas— está en Diez minutos al día.

Lo esencial

La línea entre acompañar y resolver se ve en quién tiene el lápiz. Acompañar es leer el enunciado, comprobar que lo ha entendido y callarse mientras trabaja. Como referencia, unos diez minutos por curso: si un niño de primero está una hora, algo va mal y conviene medirlo antes de hablar con el colegio, y llevar un dato en lugar de una impresión. Corregir tiene sentido si los deberes son de práctica, y no lo tiene si sirven para que el maestro vea quién ha entendido qué.

Para practicarlo jugando

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