Los seis años son el curso en que empieza Primaria, y con él llega la primera
comparación seria: veinticinco niños de la misma edad haciendo lo mismo, y unos
padres que ven de golpe dónde está el suyo. Conviene saber una cosa antes de
sacar conclusiones — en ninguna otra edad las diferencias entre compañeros son
tan grandes ni significan tan poco.
Dentro de una clase de primero hay niños que leen cuentos enteros y niños que
todavía juntan sílabas. Los dos están dentro de lo esperable, y dos años después
la diferencia habrá desaparecido en la mayoría de los casos.
La lectura
A los seis, lo típico es leer palabras conocidas de un vistazo y descifrar
las nuevas por sílabas. Se lee en voz alta despacio, con el dedo debajo a veces,
y se entiende lo leído si la frase es corta. Leer y entender a la vez es lo
último que llega: durante meses, un niño puede leer un párrafo entero
correctamente y no saber decir de qué iba, porque todo el esfuerzo se ha ido en
descifrar.
Eso no es un problema de comprensión, es de automatización. La solución no es
preguntarle más por lo que ha leído sino conseguir que descifrar deje de costar,
y para eso lo que sirve es leer mucho de lo fácil, no poco de lo difícil.
Si a los seis todavía va sílaba a sílaba en palabras corrientes, tampoco hay
que alarmarse: hace falta seguir con lo de siempre, que está en Leer por sílabas y en las tablas silábicas,
y darle tiempo.
La escritura
Escribe su nombre sin modelo y copia palabras. Escribe al dictado palabras
sencillas con faltas — junta o separa mal, se come letras finales, cambia b y d.
Todo eso es de esta edad y no significa nada por sí solo.
El trazo todavía es irregular: las letras bailan de tamaño, la línea se
tuerce, se aprieta demasiado el lápiz. Escribir cansa físicamente, y por eso una
tarea de escritura de veinte minutos rinde peor que dos de siete. La postura y
el agarre siguen importando más que la letra bonita; hay más en Cómo coger bien el lápiz.
Los números
Cuenta hasta cien de memoria, aunque se pierda en los cambios de decena.
Suma y resta hasta diez, y ahí está la cuestión de esta edad: cómo lo
hace. Contar con los dedos es normal a los seis. Lo que tiene que ir cambiando
durante el curso es que algunos resultados salgan sin contar — el doble de tres,
el cinco más cinco, los que suman diez.
Esa mezcla de calcular y recordar es exactamente lo que hay que entrenar, y
se entrena con la descomposición: saber que el siete es cinco y dos, o cuatro y
tres. Descompón el número va a eso, y
Sumar jugando da las repeticiones que hacen
falta para que los resultados pequeños se peguen. Lo contamos entero en Sumar hasta 10: cuándo dejar
de contar con los dedos.
La atención
Entre quince y veinte minutos en algo dirigido, si le interesa algo. Es el
doble que a los cuatro y sigue siendo la mitad de lo que un adulto supone.
La novedad de esta edad es otra: empieza a poder terminar algo que ha dejado
de gustarle. Es una capacidad nueva, frágil y valiosísima, y se entrena
dejándole terminar cosas cortas — no imponiéndole cosas largas. Una hoja de
diez ejercicios acabada hace más que una de treinta abandonada.
Lo que empieza a poder y antes no
Aparecen tres cosas que a los cinco no estaban y que cambian mucho lo que se
le puede pedir.
Sigue instrucciones de dos o tres pasos sin que se le repitan. Entiende
reglas y —esto es lo nuevo— entiende que las reglas son las mismas para todos,
lo que hace posible por primera vez jugar a juegos de mesa de verdad sin que
cada partida acabe en discusión.
Y empieza a comparar su resultado con el de otros. Eso trae la parte
incómoda: la vergüenza al equivocarse, que a los cuatro años no existía.
Conviene tenerlo presente, porque a partir de aquí un niño puede dejar de
intentar algo no porque no pueda, sino para no quedar mal.
Las diferencias que no dicen nada
Un niño de seis años nacido en diciembre lleva casi un año menos de vida que
uno de su clase nacido en enero. A esta edad, un año es una sexta parte de todo
lo vivido, y se nota en todo: en la lectura, en el trazo, en aguantar sentado.
No es que vaya peor; es que es más pequeño.
Lo mismo con la lectura: empezar a leer a los cinco o a los siete no predice
prácticamente nada sobre cómo leerá a los diez. Lo que sí conviene mirar es si
avanza — si en tres meses lee un poco mejor que antes—, y no dónde está respecto
al compañero de pupitre.
Los deberes, que aparecen este año
Primero de Primaria trae la primera tarea para casa, y con ella una pregunta
nueva: cuánto hay que ayudar. La respuesta corta es que se acompaña, no se
resuelve, y que la diferencia se nota en quién tiene el lápiz.
Sentarse al lado, leerle el enunciado si aún le cuesta y callarse mientras
trabaja es acompañar. Dictarle el resultado para acabar antes —que es lo que
apetece a las ocho de la tarde— convierte los deberes en un trámite del adulto y
enseña al niño que si espera lo suficiente, alguien se lo hará.
Sobre la duración conviene ser realista: a los seis años, quince minutos de
tarea son quince minutos. Si una hoja lleva cuarenta, el problema no es que el
niño se distraiga sino que la hoja es demasiado larga para su edad, y eso se le
puede decir tranquilamente a su maestro.
Cómo practicarlo jugando
A los seis años lo que hace falta no es contenido nuevo, es fluidez en lo que
ya se ha visto. Y la fluidez se consigue con muchas repeticiones cortas, que es
justamente lo que una pantalla hace mejor que una hoja.
Leer por sílabas para que descifrar
deje de costar. Sumar jugando para que las
sumas pequeñas dejen de calcularse. Descompón el número para lo que hay
debajo de ambas: entender de qué está hecho cada número.
Diez minutos, todos los días si se puede. Y conviene resistir la tentación de
subir de nivel en cuanto acierta: la fluidez se construye repitiendo lo que ya
sale bien, no pasando a lo siguiente en cuanto sale una vez.
Qué imprimir
Para el cálculo, Sumas hasta
10 y Restas hasta 10: es la
franja donde se juega todo este curso y donde conviene quedarse hasta que salga
sin dedos.
Para la lectura, la sopa de
letras encaja bien a esta edad: obliga a leer palabras enteras y a
sostenerlas en la cabeza mientras se busca, sin que parezca un ejercicio de
lectura.
Y si ya lee con soltura, las
horas, que es el contenido nuevo que mejor cae en este curso y el que más se
usa fuera del papel.
Lo esencial
A los seis años se leen palabras conocidas de un vistazo y se descifran las
nuevas por sílabas; entender lo leído llega después, cuando descifrar deja de
costar. Se suma y se resta hasta diez, y lo que hay que entrenar es que algunos
resultados salgan sin contar. Se aguantan quince o veinte minutos y aparece por
primera vez la capacidad de terminar algo aburrido. Las diferencias dentro de una
misma clase son enormes a esta edad y predicen muy poco: lo que hay que mirar es
si avanza, no dónde está.