Cuando en una casa se decide empezar a trabajar diez minutos al día con un niño
de cinco años, lo primero que se piensa es dónde. Y lo segundo, casi siempre, es
comprar un escritorio infantil.
No hace falta. Lo que decide si esos diez minutos funcionan no es el mueble: es
la altura a la que quedan sus codos, dónde está la luz y cuántas cosas hay encima
de la mesa. Esas tres se arreglan gratis en cualquier cocina. Y hay una cuarta que
pesa más que todas juntas, la hora del día, que no tiene nada que ver con el sitio
— aunque para los ratos de pantalla, como una partida corta de Trazar letras, valga cualquier sitio y cualquier
momento.
La altura, que es lo único no negociable
La postura correcta se describe con tres ángulos rectos: pies apoyados en el
suelo con las rodillas a noventa grados, caderas a noventa, y codos a la altura de
la mesa o un poco por debajo.
En una casa normal eso no pasa casi nunca. Un niño de cinco años en una silla de
adulto tiene los pies colgando y la mesa a la altura del pecho, y desde ahí escribe
con el hombro levantado y la muñeca torcida. Cansa en cinco minutos y estropea el
trazo.
Las dos soluciones cuestan cero. Un cojín firme —o dos libros gordos— sobre la
silla sube al niño hasta la mesa. Y una caja de zapatos, un taburete bajo o una
pila de libros bajo los pies resuelve lo de las piernas colgando, que es la parte
que casi nadie mira y la que más afecta: un niño sin apoyo en los pies se mueve
todo el rato porque no tiene dónde sujetarse.
La luz
Por el lado contrario a la mano que escribe. Un diestro necesita la luz por la
izquierda; un zurdo, por la derecha. Si viene del mismo lado que la mano, la propia
mano hace sombra justo encima de lo que está escribiendo.
Es un ajuste de diez segundos —girar el flexo o cambiar de sitio en la mesa— y
casi nadie lo hace. Y de noche conviene que además de la lámpara de la mesa haya
luz general en la habitación: un foco sobre el papel con el resto a oscuras cansa
la vista bastante.
El vacío
Encima de la mesa: la hoja, un lápiz, una goma. Nada más.
Esto es más importante de lo que parece a los cinco años. Cualquier cosa que
esté a la vista compite por la atención, y a esa edad la atención se va sola sin
que el niño pueda evitarlo. Un estuche abierto con veinte rotuladores no es
material: es veinte decisiones pendientes.
De ahí una costumbre que ahorra discusiones: preparar la mesa antes de
llamarle. Si el niño llega y está todo puesto, empieza. Si llega y hay que buscar
el lápiz, apartar los platos y decidir qué hoja, se ha ido la mitad de los diez
minutos y con ella las ganas.
Por qué la cocina suele ganar
Contra lo que dice la intuición, la mesa de la cocina o del salón funciona mejor
que un escritorio en su habitación, y por un motivo que no tiene que ver con el
mueble: en la cocina hay un adulto.
A los cuatro, cinco y seis años, la compañía es la mitad de por qué la cosa
funciona. No hace falta estar encima corrigiendo —de hecho conviene no hacerlo—,
basta con estar ahí haciendo algo propio. Un niño solo en su cuarto con una ficha
dura tres minutos.
El escritorio en la habitación empieza a tener sentido más adelante, hacia los
ocho o nueve, cuando las tareas son más largas y el niño ya sostiene el trabajo
solo. Comprarlo a los cuatro es amueblar un problema que todavía no existe.
Lo que no importa nada
Que sea un mueble infantil. Una mesa es una superficie plana a
la altura correcta. El color y los dibujos no aportan.
Que esté decorado con letras y números. Los pósteres del
abecedario en la pared de enfrente no enseñan nada y sí distraen. Si se pone algo,
que sea a un lado y no delante.
Que tenga muchos materiales. Un lápiz que escriba bien, una
goma que borre y papel. Los estuches de cuarenta piezas son para el adulto que los
compra.
Que sea siempre el mismo sitio. Ayuda, pero es lo menos
importante de la lista. Vale más trabajar todos los días en sitios distintos que
tres veces por semana en el rincón perfecto.
Lo que sí decide: la hora
Y aquí está la parte que hace inútil todo lo anterior si se falla.
El mejor rato es el que se puede repetir todos los días, y en una casa española
con jornada partida eso casi nunca es después de cenar. A las nueve de la noche un
niño de cinco años no rinde, y lo que se le está enseñando es que esto es lo último
y lo peor del día.
Funciona mejor pegarlo a algo que ya ocurra siempre: al volver del cole y antes
de la merienda, o después de merendar y antes de salir al parque. Que sea corto —de
verdad corto— y que termine con algo agradable, no que sea lo que hay que sufrir
antes de lo agradable.
Todo esto está desarrollado en Diez
minutos al día: cómo montar la rutina en casa.
Cómo practicarlo jugando
Para los ratos de pantalla, el rincón importa mucho menos: no hay lápiz que
sujetar ni papel que colocar. Lo que sí conviene es que el aparato esté apoyado en
la mesa y no en las manos, y que el niño esté sentado, por la postura del cuello.
Trazar letras, Une los puntos y Laberinto son de los que mejor encajan en un rato
corto de mesa: duran poco, tienen final claro y dejan al niño con la sensación de
haber terminado algo, que es exactamente lo que hay que instalar.
Qué imprimir
Para empezar la rutina, hojas que se acaben en cinco minutos y se vea cuándo
están terminadas. Los laberintos
cumplen las dos cosas; Trazos y
líneas también, con una fila por sesión y sin obligación de acabar la hoja.
Un detalle práctico del rincón: tener las hojas ya impresas en una carpeta, no
imprimir cada día. La impresora es el enemigo número uno de cualquier rutina
diaria — el día que no hay tinta, se rompe la cadena.
Y sobre la postura y el agarre, que es lo que este rincón tiene que permitir,
está Cómo coger bien el lápiz.
Lo esencial
El rincón de trabajo se monta con lo que hay: lo que importa es que los codos
queden a la altura de la mesa, que los pies se apoyen en algo y que la luz venga
del lado contrario a la mano que escribe. Encima de la mesa, solo lo que se va a
usar, y preparado antes de llamar al niño. La cocina suele funcionar mejor que su
habitación porque ahí hay un adulto, y el escritorio propio tiene sentido hacia los
ocho o nueve años. Y por encima de todo lo demás está la hora: la que se pueda
repetir todos los días.