La rutina de diez minutos al día se rompe por motivos bastante tontos. No por
falta de ganas: porque el lápiz está romo, porque las tijeras están en el cajón
de la cocina, porque hay que buscar una hoja en blanco y en ese minuto y medio se
ha ido el momento.
Una caja preparada resuelve eso, y es probablemente lo que más rendimiento da
por euro gastado en todo esto. Cabe en una caja de zapatos y no cuesta ni veinte
euros.
Lo que sí merece la pena
Antes de comprar nada conviene saber qué se va a trabajar. Si la sesión va a
ser de mano, hacen falta lápices y plastilina; si va a ser de números, garbanzos.
Y los días en que no dé tiempo a preparar nada, Trazar letras cubre el hueco en cinco minutos
sin material ninguno — que también es una manera de que la caja no sea una
excusa.
Lápices triangulares y gruesos. El grosor importa: un lápiz
fino obliga a apretar los dedos y cansa antes. Los triangulares colocan el agarre
de pinza solos, sin que nadie tenga que corregir nada.
Un sacapuntas que funcione. Parece una tontería y no lo es:
media hoja de trazos con la punta rota no entrena nada y frustra bastante.
Ceras gruesas o rotuladores de punta ancha. Para rellenar
grande a los tres y cuatro años. Los lápices de colores finos son para más
tarde.
Tijeras de punta redonda, y buenas. Las malas no cortan, el
niño fuerza, se dobla el papel y concluye que no sabe recortar. Es el material
donde más se nota la calidad.
Plastilina. Lo que más prepara la mano y lo que menos parece
trabajo. Que sea blanda: la dura desanima antes de empezar.
Folios en blanco. Muchos. Es el material más barato y el que
más se usa.
Una goma que borre. Las duras manchan y rompen el papel, y
entonces el niño prefiere no borrar — con lo cual no revisa nada.
Lo que casi nunca se usa
Merece la pena decirlo porque es donde se va el dinero.
Los estuches de sesenta rotuladores. Se usan seis. El resto se
secan sin abrir y, mientras tanto, elegir entre sesenta colores es una decisión
que a los cuatro años cansa.
Los cuadernos de fichas por edades. Traen ochenta páginas de
las que sirven veinte, mezclan seis tipos de tarea por hoja y suelen ir un año
por delante. Es más eficaz imprimir tres hojas de lo que toca esta semana.
Los libros de colorear con dibujos minúsculos. Son de adulto
disfrazados de infantiles: las zonas pequeñas son una trampa para una mano de
seis años.
Las pizarras mágicas de borrado instantáneo. Divertidas y sin
apenas resistencia: el trazo no cuesta nada y por eso no entrena la mano.
Las cosas que no son material escolar
La mitad de la caja no se compra en una papelería, y es la mitad que más se
usa.
Pinzas de la ropa. Abrirlas con dos dedos es el ejercicio de
pinza más directo que existe. Y sirven para juegos de clasificar.
Un cordón y macarrones. Ensartar trabaja precisión y
coordinación, y además se pueden hacer series — un macarrón, dos, uno, dos —, que
es lógica de la buena.
Garbanzos o botones en un bote. Para contar, repartir y
comparar. Todo lo de A contar funciona mejor con
cosas que se tocan.
Un dado. Convierte cualquier hoja en juego: se tira y se hace
esa cantidad de ejercicios.
Un espejo pequeño. Para la simetría, y porque muchos niños
descubren solos lo que significa jugando con él.
Una tira con los números del 0 al 20. Un folio y un
rotulador. Es la recta numérica que después se da por supuesta en clase.
Dónde se pone
Esto importa casi tanto como el contenido.
La caja tiene que estar donde se trabaja y a la altura del
niño. Si hay que ir a por ella a otra habitación, se pierde el momento — y ese
minuto es exactamente la diferencia entre hacerlo y no hacerlo.
Y tiene que poder cogerla él. Que saque y guarde sus cosas es parte de la
rutina, no un extra: empezar y recoger son los dos bordes que convierten diez
minutos sueltos en una costumbre. Hay más sobre el sitio en El rincón de trabajo en casa.
Una advertencia: no conviene que sea la caja de los juguetes ni que se mezcle
con ellos. Su valor está en que abrirla ya significa algo.
La carpeta de lo hecho
Un añadido que cuesta cero y que cambia bastante: una carpeta o un archivador
donde van todas las hojas terminadas.
Sirve para tres cosas. Ver el progreso, que a los seis años motiva más que
cualquier elogio — las hojas de septiembre al lado de las de mayo hablan solas.
Dar sentido a terminar, porque lo terminado va a algún sitio. Y decidir qué toca
después, mirando lo último que costó.
Lo que no debe ser es una colección de lo bonito. Van todas, también las
regulares y las de un día flojo. En cuanto se selecciona, deja de ser un registro
y pasa a ser una exposición, y entonces las hojas empiezan a hacerse para que
queden bien.
Qué imprimir y cada cuánto
Tres hojas por semana bastan, y conviene imprimirlas el domingo y dejarlas en
la caja. Buscar e imprimir en el momento es el otro sitio donde se pierde la
sesión.
Y mejor tres hojas de lo mismo que una de cada cosa: la repetición espaciada
es lo que fija, y cambiar de tema cada día da sensación de avance sin avance
ninguno — lo mismo que se cuenta en Diez minutos al día.
Cómo se mantiene
Una caja preparada deja de estarlo en tres semanas si nadie la revisa, y
entonces vuelve el problema que venía a resolver.
Cinco minutos el domingo: sacar punta a todos los lápices, tirar los
rotuladores secos, reponer folios y dejar las hojas de la semana dentro. Es la
tarea más aburrida de todo esto y la que más sostiene la rutina.
Y conviene que la haga el niño en cuanto pueda, a partir de los seis. No como
castigo ni como favor: es su caja, y mantener las propias herramientas forma
parte de usarlas. De paso se entera de lo que hay.
Cómo practicarlo jugando
Los días en que no hay hoja preparada o no apetece papel, la pantalla cubre el
hueco sin romper la rutina, que es lo que de verdad importa.
Trazar letras para la mano, Une los puntos para el control del trazo y A contar para los números. Cinco minutos, a la misma
hora que se haría la hoja.
Lo importante no es qué se hace: es que se haga a la misma hora y que se
acabe.
Qué imprimir
Para tener siempre algo listo en la caja, tres que sirven casi cualquier día y
a casi cualquier edad de la casa.
Primeros trazos para tres
y cuatro años: una línea por hoja y renglones anchos.
Laberintos de 5 a 6 años para
el término medio, con tres por hoja y final visible en cada uno.
Y Tres en raya para imprimir para los
días en que no apetece trabajar: doce tableros, un lápiz cada uno y dos minutos
por partida. Cuenta como rato de mesa igual, y a veces es lo que salva la
costumbre.
Lo esencial
La rutina se rompe por motivos tontos —el lápiz romo, las tijeras
desaparecidas— y una caja preparada al lado de la mesa resuelve más que cualquier
cuaderno. Lo que merece la pena es poco y barato: lápices gruesos triangulares,
tijeras buenas, plastilina blanda y folios. Lo que se compra y no se usa son los
estuches de sesenta rotuladores y los cuadernos de ochenta páginas. Media caja no
es material escolar: pinzas, macarrones, un dado y una tira de números. Y una
carpeta con todo lo terminado, sin seleccionar, que es donde se ve el
progreso.