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Encuentra las diferencias: qué entrena de verdad

Por El equipo de Kodomi Club · 30 de agosto de 2026 · 7 min

Encuentra las diferencias: qué entrena de verdad

Parece un pasatiempo de sala de espera y es uno de los pocos ejercicios que entrenan comparar de forma ordenada. Qué pasa por la cabeza del niño y cómo ayudarle sin resolvérselo.

«Encuentra las cinco diferencias» está en todas las revistas infantiles desde hace medio siglo, y precisamente por eso no se le suele mirar dos veces. Se asume que entrena la vista, o la atención, o algo por el estilo, y ahí se acaba el análisis.

Lo que entrena es más concreto y bastante más útil: comparar dos cosas de forma ordenada. Que suena a poco hasta que uno se da cuenta de la cantidad de tareas escolares que consisten exactamente en eso.

Lo que hace el niño que no sabe todavía

Si se observa a un niño de cinco años la primera vez que se enfrenta a una de estas hojas, se ve un patrón muy claro. Mira el dibujo de arriba entero. Mira el de abajo entero. Levanta la cabeza y dice que son iguales.

No está siendo perezoso: está haciendo lo único que sabe hacer, que es comparar dos impresiones generales. Y las impresiones generales de dos dibujos casi idénticos son idénticas. Para encontrar algo hay que hacer otra cosa — partir cada dibujo en trozos y comparar los trozos uno a uno—, y eso no se le ocurre solo a casi nadie.

Por eso este ejercicio se enseña, no se pone. La diferencia entre un niño al que se le ha explicado el método y otro al que se le ha dado la hoja es enorme, y no tiene nada que ver con la vista.

El método, dicho en una frase

Se compara por zonas, siempre en el mismo orden. La mitad de arriba de los dos dibujos primero; después la de abajo. O por cuadrantes, si el dibujo es grande.

Lo importante no es qué orden se elija sino que haya uno. Mirar saltando de un sitio a otro produce dos cosas: se repasa tres veces la misma esquina y se deja media hoja sin ver. Con un recorrido fijo, cuando se acaba se ha mirado todo, y el niño puede saber que ha terminado — que es la otra mitad del ejercicio.

La versión de pantalla, Encuentra las diferencias, ayuda aquí de una manera que el papel no puede: al tocar una diferencia se confirma al instante, y ese aviso inmediato hace que el método se afiance en unas pocas partidas en vez de en unas cuantas semanas.

A qué edad

Desde los cuatro con dibujos muy simples y dos o tres diferencias grandes. Entre los cinco y los ocho es donde mejor funciona, con cinco diferencias y figuras que pueden cambiar de forma, de tamaño o desaparecer.

La señal de que la hoja es demasiado difícil no es que tarde: es que abandone sin encontrar ninguna. Si encuentra dos de cinco y se atasca, la hoja está en su punto — ahí es donde se aprende.

Cuando se atasca

Es el momento decisivo y donde más se estropea la actividad, porque lo que apetece es señalar la diferencia que falta. Si se hace, se acabó el ejercicio: la última es siempre la más difícil y es la que de verdad valía.

Lo que funciona es acotar el terreno sin resolver. «Una está en la mitad de abajo.» Si sigue atascado, «está en estas dos filas». Se le quita lo imposible —no saber por dónde volver a mirar— y se le deja el trabajo entero.

Y conviene decirle qué tipos de cambio existen, porque no son evidentes. Una figura puede convertirse en otra, puede hacerse más grande o más pequeña, o puede haber desaparecido. Un niño que solo busca «algo distinto» pasa por encima de una figura que falta sin verla: no hay nada raro donde no hay nada.

Cuántas diferencias y de qué tipo

Cinco es el número que mejor funciona a partir de los cinco años, y no es casualidad: con tres, la hoja se acaba antes de que aparezca el momento de tener que buscar en serio; con ocho, la parte final se convierte en una tortura y el niño abandona con la mitad hechas, que es la peor manera de terminar.

Del tipo de cambio depende la dificultad mucho más que del número. Una figura que cambia de forma se ve enseguida. Una que cambia de tamaño cuesta bastante más, porque hay que comparar dos cosas que están lejos la una de la otra en la hoja. Y una que ha desaparecido es la más difícil de todas: no hay nada raro donde no hay nada, y el ojo no se detiene en un hueco.

Por eso, cuando queda una sola diferencia sin encontrar, suele ser una de esas dos. Sirve de mucho preguntarle: «¿has mirado si falta algo?». No es señalar la respuesta y a menudo basta.

Por qué nuestras diferencias no son de color

En las fichas, el color nunca cambia. Es deliberado: estas hojas se imprimen muchísimas veces en blanco y negro, y una diferencia de «era roja y ahora es azul» ahí simplemente desaparece. El niño busca cinco diferencias, encuentra cuatro y se vuelve loco con la quinta, que no existe en el papel que tiene delante.

Tampoco desaparecen más de una cuarta parte de las figuras. Si faltan demasiadas, el segundo dibujo se queda medio vacío y la diferencia salta a la vista sin necesidad de comparar nada — que es justo lo contrario de lo que se quería.

Dónde se nota fuera de la hoja

Comparar dos cosas parecidas buscando en qué se distinguen es lo que hace un niño cuando revisa una suma, cuando copia una palabra de la pizarra y comprueba que la ha copiado bien, o cuando distingue una b de una d.

Esa última merece un párrafo. Confundir letras simétricas a los seis años es normal y no significa nada por sí solo, pero lo que ayuda a salir de ahí no es repetir la letra cien veces: es mirar las dos juntas y decir en qué se diferencian. Es exactamente la operación de esta hoja.

Cómo practicarlo jugando

Encuentra las diferencias es la misma tarea con confirmación inmediata, y por eso es mejor para aprender el método; la hoja impresa es mejor para practicarlo, porque no hay nadie que confirme y hay que sostener la búsqueda solo.

Cerca están Encuentra el objeto, que es rastreo visual sin comparación —más fácil, buen paso previo—, y Recuerda y encuentra, que añade memoria: hay que retener lo que se ha visto y reconocerlo después. Los tres juntos cubren las tres cosas que se mezclan en cualquier tarea de «mira bien».

Qué imprimir

Encuentra las diferencias son tres pares de dibujos con cinco diferencias cada uno y sus respuestas al final. Las diferencias las coloca el programa, así que siempre hay exactamente cinco: no puede pasar que el adulto cuente seis ni que la solución diga una cosa y el dibujo otra.

Si el niño todavía se pierde comparando, antes van los laberintos, que entrenan seguir un recorrido con la vista sin tener que comparar nada. Lo contamos en Laberintos para niños: qué entrenan de verdad.

Lo esencial

Buscar diferencias no entrena la vista: entrena comparar por partes y en orden. Un niño que no lo ha aprendido mira los dos dibujos enteros y dice que son iguales, y tiene razón desde donde mira. Se le enseña un recorrido fijo —arriba primero, abajo después—, se le cuenta que una figura puede cambiar, crecer, encoger o faltar, y cuando se atasca se acota la zona en vez de señalar. La última diferencia es la que vale; resolvérsela es tirar el ejercicio.

Para practicarlo jugando

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