«Encuentra las cinco diferencias» está en todas las revistas infantiles desde
hace medio siglo, y precisamente por eso no se le suele mirar dos veces. Se
asume que entrena la vista, o la atención, o algo por el estilo, y ahí se acaba
el análisis.
Lo que entrena es más concreto y bastante más útil: comparar dos cosas de
forma ordenada. Que suena a poco hasta que uno se da cuenta de la cantidad de
tareas escolares que consisten exactamente en eso.
Lo que hace el niño que no sabe todavía
Si se observa a un niño de cinco años la primera vez que se enfrenta a una de
estas hojas, se ve un patrón muy claro. Mira el dibujo de arriba entero. Mira el
de abajo entero. Levanta la cabeza y dice que son iguales.
No está siendo perezoso: está haciendo lo único que sabe hacer, que es
comparar dos impresiones generales. Y las impresiones generales de dos dibujos
casi idénticos son idénticas. Para encontrar algo hay que hacer otra cosa —
partir cada dibujo en trozos y comparar los trozos uno a uno—, y eso no se le
ocurre solo a casi nadie.
Por eso este ejercicio se enseña, no se pone. La diferencia entre un niño al
que se le ha explicado el método y otro al que se le ha dado la hoja es enorme, y
no tiene nada que ver con la vista.
El método, dicho en una frase
Se compara por zonas, siempre en el mismo orden. La mitad de arriba de los dos
dibujos primero; después la de abajo. O por cuadrantes, si el dibujo es grande.
Lo importante no es qué orden se elija sino que haya uno. Mirar saltando de un
sitio a otro produce dos cosas: se repasa tres veces la misma esquina y se deja
media hoja sin ver. Con un recorrido fijo, cuando se acaba se ha mirado todo, y
el niño puede saber que ha terminado — que es la otra mitad del ejercicio.
La versión de pantalla, Encuentra las diferencias, ayuda
aquí de una manera que el papel no puede: al tocar una diferencia se confirma al
instante, y ese aviso inmediato hace que el método se afiance en unas pocas
partidas en vez de en unas cuantas semanas.
A qué edad
Desde los cuatro con dibujos muy simples y dos o tres diferencias grandes.
Entre los cinco y los ocho es donde mejor funciona, con cinco diferencias y
figuras que pueden cambiar de forma, de tamaño o desaparecer.
La señal de que la hoja es demasiado difícil no es que tarde: es que abandone
sin encontrar ninguna. Si encuentra dos de cinco y se atasca, la hoja está en su
punto — ahí es donde se aprende.
Cuando se atasca
Es el momento decisivo y donde más se estropea la actividad, porque lo que
apetece es señalar la diferencia que falta. Si se hace, se acabó el ejercicio:
la última es siempre la más difícil y es la que de verdad valía.
Lo que funciona es acotar el terreno sin resolver. «Una está en la mitad de
abajo.» Si sigue atascado, «está en estas dos filas». Se le quita lo imposible
—no saber por dónde volver a mirar— y se le deja el trabajo entero.
Y conviene decirle qué tipos de cambio existen, porque no son evidentes. Una
figura puede convertirse en otra, puede hacerse más grande o más pequeña, o puede
haber desaparecido. Un niño que solo busca «algo distinto» pasa por encima de una
figura que falta sin verla: no hay nada raro donde no hay nada.
Cuántas diferencias y de qué tipo
Cinco es el número que mejor funciona a partir de los cinco años, y no es
casualidad: con tres, la hoja se acaba antes de que aparezca el momento de tener
que buscar en serio; con ocho, la parte final se convierte en una tortura y el
niño abandona con la mitad hechas, que es la peor manera de terminar.
Del tipo de cambio depende la dificultad mucho más que del número. Una figura
que cambia de forma se ve enseguida. Una que cambia de tamaño cuesta bastante
más, porque hay que comparar dos cosas que están lejos la una de la otra en la
hoja. Y una que ha desaparecido es la más difícil de todas: no hay nada raro
donde no hay nada, y el ojo no se detiene en un hueco.
Por eso, cuando queda una sola diferencia sin encontrar, suele ser una de esas
dos. Sirve de mucho preguntarle: «¿has mirado si falta algo?». No es señalar la
respuesta y a menudo basta.
Por qué nuestras diferencias no son de color
En las fichas, el color nunca cambia. Es deliberado: estas hojas se imprimen
muchísimas veces en blanco y negro, y una diferencia de «era roja y ahora es
azul» ahí simplemente desaparece. El niño busca cinco diferencias, encuentra
cuatro y se vuelve loco con la quinta, que no existe en el papel que tiene
delante.
Tampoco desaparecen más de una cuarta parte de las figuras. Si faltan
demasiadas, el segundo dibujo se queda medio vacío y la diferencia salta a la
vista sin necesidad de comparar nada — que es justo lo contrario de lo que se
quería.
Dónde se nota fuera de la hoja
Comparar dos cosas parecidas buscando en qué se distinguen es lo que hace un
niño cuando revisa una suma, cuando copia una palabra de la pizarra y comprueba
que la ha copiado bien, o cuando distingue una b de una d.
Esa última merece un párrafo. Confundir letras simétricas a los seis años es
normal y no significa nada por sí solo, pero lo que ayuda a salir de ahí no es
repetir la letra cien veces: es mirar las dos juntas y decir en qué se
diferencian. Es exactamente la operación de esta hoja.
Cómo practicarlo jugando
Encuentra las diferencias es
la misma tarea con confirmación inmediata, y por eso es mejor para aprender el
método; la hoja impresa es mejor para practicarlo, porque no hay nadie que
confirme y hay que sostener la búsqueda solo.
Cerca están Encuentra el objeto, que
es rastreo visual sin comparación —más fácil, buen paso previo—, y Recuerda y encuentra, que añade memoria:
hay que retener lo que se ha visto y reconocerlo después. Los tres juntos cubren
las tres cosas que se mezclan en cualquier tarea de «mira bien».
Qué imprimir
Encuentra las
diferencias son tres pares de dibujos con cinco diferencias cada uno y sus
respuestas al final. Las diferencias las coloca el programa, así que siempre hay
exactamente cinco: no puede pasar que el adulto cuente seis ni que la solución
diga una cosa y el dibujo otra.
Si el niño todavía se pierde comparando, antes van los laberintos, que entrenan seguir un
recorrido con la vista sin tener que comparar nada. Lo contamos en Laberintos para niños: qué
entrenan de verdad.
Lo esencial
Buscar diferencias no entrena la vista: entrena comparar por partes y en
orden. Un niño que no lo ha aprendido mira los dos dibujos enteros y dice que son
iguales, y tiene razón desde donde mira. Se le enseña un recorrido fijo —arriba
primero, abajo después—, se le cuenta que una figura puede cambiar, crecer,
encoger o faltar, y cuando se atasca se acota la zona en vez de señalar. La
última diferencia es la que vale; resolvérsela es tirar el ejercicio.