Un niño de siete años usa «casita», «perrito» y «abuelito» todos los días sin
haber pensado nunca que las tres llevan la misma terminación y que esa
terminación significa algo.
Enseñárselo cuesta cinco minutos y abre una puerta: el español tiene piezas
que se pegan al final de las palabras para cambiarles el sentido, y con cinco o
seis se manejan cientos de palabras.
Las dos familias
Las que hacen pequeño: -ito, -ita, -illo, -illa, -ín, -uelo. Casita, mesilla, chiquitín.
Las que hacen grande: -ón, -ona, -ote, -ota, -azo, -aza. Casona, librote, manaza.
Con eso ya se puede jugar: se coge una palabra cualquiera y se hace grande y pequeña. Zapato, zapatito, zapatón. Perro, perrito, perrazo.
Comparar tamaños es justo lo que entrena Grande o pequeño, y aquí el tamaño está dentro de la palabra.
Lo que hay que decir además
Que muchas veces no hablan de tamaño. Es lo más interesante del tema y lo que casi nunca se cuenta.
«Abuelito» no es un abuelo pequeño: es cariño. «Hermanito» tampoco. «Un momentito» no dura menos que un momento — dura lo mismo, dicho de manera más amable.
Y al revés: «¡qué golpetazo!» no habla de un golpe grande sino de uno fuerte y brusco. «Portazo» no es una puerta grande.
Esto se entiende a los ocho años sin problema si se dan ejemplos de la vida de casa, y enseña algo real sobre cómo se habla.
Las que se independizaron
Es la parte que más sorprende: hay palabras que parecen diminutivos y ya significan otra cosa.
Un bocadillo no es una boca pequeña. Una zapatilla no es un zapato chico. Una bombilla no es una bomba. Una carretilla no es una carreta pequeña, y una manzanilla no es una manzana.
Todas empezaron siendo diminutivos hace mucho y se fueron separando hasta ser palabras por su cuenta.
Buscar estas es lo que más engancha, y enseña lo mismo que las palabras compuestas que engañan: no basta con el parecido, hay que comprobar el significado.
Cómo se enseña
Con una palabra sencilla y las dos direcciones a la vez. Casa, casita, casona. Perro, perrito, perrazo.
Seis palabras de casa hechas pequeñas y grandes, con las dos familias de terminaciones:
Diminutivos y aumentativos: ejemplos con casa, perro y mano
| Palabra | Diminutivo | Aumentativo |
| casa | casita | casona |
| perro | perrito | perrazo |
| mano | manita | manaza |
| zapato | zapatito | zapatón |
| cabeza | cabecita | cabezota |
| golpe | golpecito | golpazo |
Después se pasa a que lo haga él con palabras que se le den: libro, silla, coche, pan.
La mitad saldrán bien y algunas no existirán, y esas son las buenas. «Pancito» no se dice en España pero sí en América, y eso da para una conversación.
Y conviene terminar clasificando: de una lista de palabras, cuáles hacen pequeño y cuáles grande. Es lo mismo que hace Clasifica en cestas con objetos.
Los que suenan mal
Hay un detalle práctico que merece mencionarse porque los niños lo notan: algunos aumentativos suenan a insulto.
«Cabezón», «narizota», «manazas». No son neutros, y usarlos con una persona delante no sienta bien.
Conviene decirlo directamente en vez de dejar que lo descubra por su cuenta: estas palabras existen, se entienden, y hay que saber cuándo no se dicen.
Es además una buena manera de introducir algo más amplio: que la misma información se puede decir de varias maneras y no todas valen igual.
El caso de los nombres propios
Con los nombres pasa lo mismo y es lo más cercano que hay: Juanito, Manolito, Anita, Carmencita.
Y hay algunos que ya no se sienten como diminutivos aunque lo sean, porque se usan como nombre a secas.
Preguntarle cómo le llaman en casa suele abrir el tema mejor que cualquier ejemplo: casi todos los niños tienen una versión pequeña de su nombre.
Ahí se ve clarísimo que el diminutivo no es tamaño: nadie llama Juanito a alguien porque sea bajo.
A qué edad
Seis años. Solo oral, y solo -ito: casa/casita, perro/perrito.
Siete. Las dos familias, y hacer una palabra grande y pequeña.
Ocho. Que no todas hablan de tamaño, y las que se independizaron.
Nueve. Las variantes regionales, que existen y son un buen tema: -ico en Aragón, -iño en Galicia, -ín en Asturias.
Lo que no funciona
Dar la lista de terminaciones para aprender. Son piezas para usar, no vocabulario que memorizar.
Corregir los inventos. Si dice «librito» y también «librete», la pregunta buena es si lo ha oído alguna vez, no si está bien.
Empezar por las excepciones. Bocadillo y zapatilla son lo más divertido, pero si aparecen antes de la regla la deshacen.
Explicar la morfología. Los términos sufijo, derivación y morfema no aportan nada a los ocho años.
Dónde aparecen sin buscarlos
Estas terminaciones están por todas partes y en cuanto se enseñan se empiezan
a ver, que es la señal de que el tema ha entrado.
En la comida. Bocadillo, tortilla, panecillo, mantequilla,
galletita. Media cocina lleva diminutivo.
En los sitios. Villanueva, Puentecilla, y cualquier pueblo con
«-ejo» o «-uela» en el nombre.
En cómo se habla en casa. «Un ratito», «un poquito», «ahora
mismito». Ahí ninguna habla de tamaño: todas suavizan lo que se pide.
Señalar dos o tres al día durante una semana hace más que cualquier ficha,
porque las oye dichas de verdad y no como ejemplo.
El vocabulario que se gana
Hay un beneficio que no es de gramática y que es el más importante: estas
terminaciones multiplican las palabras que un niño entiende.
Si sabe que -ería es el sitio donde se vende algo y que -ero es quien lo hace,
entiende panadería, pescadería, relojería y librero sin que nadie se las
enseñe.
Es el mismo mecanismo de las raíces compartidas, contado en Familias de palabras: pocas piezas y muchas
combinaciones.
Y funciona en la dirección útil, que es la de entender lo que se lee. Una
palabra desconocida deja de ser un muro si se le reconocen las partes.
Cuando el diminutivo cambia la ortografía
Hay un detalle que aparece al escribirlos y que conviene tener previsto,
porque produce dudas: a veces la palabra cambia de letra al hacerse pequeña.
Chico da chiquito, con qu. Amigo da amiguito, con gu. Lápiz da lapicito, con
c. Son los mismos cambios de siempre, los que mantienen el sonido cuando cambia
la vocal que viene detrás.
No hay que explicar la regla entera. Basta con decir lo que se ve: la letra
cambia para que la palabra siga sonando igual.
Y conviene practicar cuatro o cinco de estas, porque son justo las palabras
que un niño de ocho años escribe a diario y donde el error queda feo.
Cómo practicarlo jugando
Grande o pequeño trabaja la idea de tamaño, que es la que está detrás de estas terminaciones.
En una palabra y Clasifica en cestas entrenan agrupar por lo que las palabras tienen en común.
Cinco minutos. Y una palabra hecha grande y pequeña al día, de las que salgan hablando.
Qué imprimir
Palabras grandes y pequeñas tiene una hoja para clasificar por terminación, otra para separar las de tamaño de las de cariño, y una tercera con las que se independizaron.
Palabras hechas de dos trabaja el otro mecanismo de formar palabras, que es juntar dos enteras.
Y Familias de palabras completa el cuadro: raíz común delante, terminación variable detrás.
Lo esencial
Hay terminaciones que hacen la palabra pequeña —ito, -illo— y otras que la hacen grande —-ón, -ote, -azo—, y con cinco o seis se manejan cientos de palabras. Lo que casi nunca se cuenta y más enseña es que muchas veces no hablan de tamaño: abuelito es cariño y golpetazo es fuerza. Y hay unas cuantas que ya se independizaron —bocadillo, zapatilla, bombilla— y son las que más enganchan, porque enseñan a comprobar el significado en vez de fiarse del parecido.