Entre las primeras frases escritas de un niño aparece siempre esta: «voyalcole»
o «me gus talacasa». Palabras pegadas donde deberían ir separadas, y palabras
partidas por la mitad donde no tocaba.
Se lee como un descuido y no lo es. Es una de las cosas más razonables que hace
un niño al empezar a escribir, y merece la pena entender por qué antes de
intentar corregirlo. Detrás está una habilidad que se puede entrenar aparte —oír
el lenguaje partido en trozos—, y que en pantalla trabaja Cuántas sílabas antes incluso de que el niño
escriba su primera frase.
Al hablar no hay espacios
Aquí está todo el asunto. Cuando decimos «voy al cole» no hacemos ninguna pausa
entre las tres palabras: sale un chorro continuo de sonido. Los huecos entre
palabras son una invención de la escritura — de hecho, durante siglos se escribió
sin ellos.
Un niño que escribe lo que oye escribe, correctamente, lo que oye: un bloque.
Para poner los espacios en su sitio hace falta saber de antemano dónde acaba una
palabra y empieza otra, y eso no se deduce del sonido: hay que saberlo.
Por eso las palabras que más se pegan son siempre las mismas: las cortitas que
nunca van solas. El, la, un, de, a, mi, se, que. Un niño no ha oído nunca
«el» suelto en una conversación; lo ha oído siempre enganchado a algo.
Y por qué a veces las parte
El error contrario —«mi ha mando», «a delante»— tiene la misma raíz por el otro
lado. El niño sabe que las palabras se separan y no sabe dónde, así que corta por
donde le suena. Y donde le suena es casi siempre entre sílabas, porque la sílaba
sí se oye: es la unidad natural del habla.
De hecho, un niño que parte palabras por sílabas está demostrando que oye bien
la estructura de lo que dice. Lo que le falta es otra cosa: saber que la palabra
—y no la sílaba— es la unidad que se separa al escribir.
El paso previo: contar palabras
Antes de escribir nada, hay un ejercicio oral que resuelve buena parte del
problema y que casi nadie hace: contar cuántas palabras tiene una frase.
Se dice una frase corta —«el gato duerme»— y el niño pone un dedo, o una
ficha, o un garbanzo por cada palabra. Tres. Después «el gato duerme en la
cama»: seis.
Cuesta bastante más de lo que parece, y el sitio donde se atasca es siempre el
mismo: las palabras pequeñas. Un niño que cuenta «gato-duerme» dos y se salta el
«el» está enseñando exactamente cuál es su dificultad, y ahí es donde hay que
trabajar.
Es lo mismo que se hace con las sílabas en Cuántas sílabas, un escalón más arriba: si oír
las sílabas de una palabra ya sale solo, oír las palabras de una frase es el paso
siguiente natural.
Los tres trucos que funcionan al escribir
Un dedo entre palabra y palabra. Literalmente: al terminar una
palabra, se pone el dedo índice de la otra mano sobre el papel y la siguiente
empieza después del dedo. Es antiguo, es tonto y funciona mejor que cualquier
explicación, porque convierte una regla abstracta en un gesto físico.
Decir la frase entera antes de escribirla. Y decirla despacio,
marcando las palabras. El niño que escribe mientras piensa qué quería decir no
tiene atención libre para los espacios; el que ya tiene la frase decidida, sí.
Leer en voz alta lo que ha escrito, señalando. No para
corregirlo: para que lo vea él. Cuando el dedo va por «voyalcole» y la boca dice
tres palabras, la discrepancia salta sola, y una falta que se descubre uno mismo
vale por cinco corregidas.
Las palabras que más se pegan
Si uno mira varios textos de un mismo niño, las mismas palabras aparecen
pegadas una y otra vez, y son siempre de dos clases.
Los artículos y las preposiciones cortas: el, la, un, de, a, en. Nunca
se oyen solas y no significan nada por sí mismas, así que para el niño no son
palabras: son el principio de la siguiente.
Y los pronombres pegados al verbo: me gusta, se cayó, lo tiene. Aquí
además el idioma juega en contra, porque en otros casos sí van pegados de verdad
—dámelo, ponlo— y no hay forma de deducir cuándo.
Saber cuáles son ayuda a no corregirlo todo: se puede elegir una —«hoy miramos
solo los "de"»— y dejar el resto. Una palabra trabajada a fondo se arregla; diez
señaladas a la vez no se arregla ninguna.
Cuánto dura y cuándo mirar de cerca
A los cinco y seis años es lo normal y no hay que darle importancia. Durante el
primer curso de Primaria va desapareciendo, primero en las palabras largas y al
final en las pequeñas, que son las últimas en despegarse.
Hacia los siete u ocho, cuando ya escribe frases largas con soltura, lo
esperable es que quede solo alguna palabra pegada de vez en cuando — casi siempre
un «a» o un «de» junto a lo que viene detrás.
Si a esa edad sigue escribiendo bloques enteros sin ningún espacio, y además le
cuesta contar las palabras de una frase dicha en voz alta, merece la pena
comentarlo con su maestro. No para alarmarse: para que alguien que lo ve trabajar
todos los días diga si va dentro de lo suyo o no.
Lo que no ayuda
Corregir cada espacio de un texto entero. Un niño que recibe una hoja llena de
marcas rojas no aprende dónde van los espacios: aprende que escribir es una
actividad en la que se equivoca todo el rato.
Es mejor elegir una frase —la primera— y trabajarla entera con él, y dejar el
resto como está. La ortografía de los espacios se arregla con muchas frases
cortas bien hechas, no con una larga corregida a fondo.
Cómo practicarlo jugando
Lo que hay debajo de todo esto es oír el lenguaje por dentro: separar el
chorro de sonido en trozos. Se entrena hablando, y se entrena en pantalla.
Cuántas sílabas parte la palabra en sus
trozos, que es el escalón inmediatamente anterior a partir la frase en palabras.
Forma la palabra hace el camino inverso
—juntar sílabas hasta que aparece una palabra— y con eso deja claro dónde empieza
y acaba una palabra, que es exactamente la información que falta.
Y En una palabra trabaja la idea de que
una palabra es una unidad con significado propio, no un trozo cualquiera de
sonido: hay que encontrar la palabra que nombra a un grupo de cosas.
Qué imprimir
Las Tablas de sílabas para que
la sílaba deje de costar: mientras leer «ca-sa» requiera esfuerzo, no queda
atención libre para pensar en espacios.
Y los crucigramas, que
tienen aquí una virtud que no se busca a propósito: cada palabra ocupa sus
casillas y ninguna otra, así que la frontera entre palabras se ve dibujada. Para
un niño que escribe todo pegado, ver la palabra con sus límites marcados aclara
bastante.
Lo que hay antes de todo esto —oír los sonidos del lenguaje— está en La conciencia fonológica.
Lo esencial
Al hablar no hay huecos entre palabras: los espacios son una convención de la
escritura, así que escribir «voyalcole» es lo que sale de escribir lo que se oye.
Las que más se pegan son las palabras pequeñas, que el niño nunca ha oído
sueltas. El ejercicio previo es oral: contar cuántas palabras tiene una frase con
los dedos. Al escribir funcionan tres cosas — el dedo como separador, decir la
frase antes de escribirla y releerla señalando—. Y es normal hasta los siete
años, así que no hace falta corregir cada espacio.