De todas las actividades que se le ponen a un niño de cinco años, colorear
por números es la que menos aparenta. No hay nada que resolver, no hay
respuesta correcta que buscar, no se aprende ningún contenido nuevo. Un adulto
mira la hoja, ve una cuadrícula con cifras y piensa que es un modo elegante de
tener al niño quieto veinte minutos.
Y sin embargo. Si uno se sienta a mirar cómo la hace un niño que todavía no
la domina, ve tres cosas fallar una detrás de otra, y ninguna tiene que ver con
los colores.
Lo que de verdad pasa mientras colorea
La primera es reconocer la cifra. No contar, no sumar: reconocer. Un niño de
cuatro o cinco años sabe decir la serie del uno al diez de carrerilla mucho
antes de identificar un 6 suelto en mitad de una cuadrícula, sin sus vecinos al
lado que le den contexto. Ahí se ve enseguida quién sabe los números y quién
sabe recitarlos, que no es lo mismo. En Colorea
por números pasa igual en la pantalla: la cifra aparece sola, sin la serie
que la sostenga, y hay que reconocerla tal cual.
La segunda es sostener una regla en la cabeza mientras se hace otra cosa. La
leyenda dice que el uno es rojo. Para colorear la casilla hay que recordar esa
correspondencia el tiempo que tarda la mano en llegar y en rellenar el cuadrado
— unos segundos, que a esa edad son muchos. Los primeros días el niño vuelve a
mirar la leyenda en cada casilla, y eso es exactamente lo que hay que entrenar:
que deje de hacerlo.
La tercera es la más aburrida de nombrar y la que más pesa: terminar. Una
hoja de cien casillas no se acaba de un tirón, y hacia la mitad aparece el
momento en que ya se ha entendido el juego y todavía queda la mitad. Ese
momento es el ejercicio. Aguantarlo una vez hace más por la capacidad de
trabajo de un niño que tres actividades brillantes abandonadas a los cinco
minutos.
A qué edad se empieza
Con cuatro años, si la cuadrícula es grande y los colores son tres o cuatro.
La condición no es la edad sino que reconozca las cifras que aparecen: si hay
que ir preguntando «¿esto qué número es?» en cada casilla, la hoja se convierte
en un examen de números disfrazado de dibujo, y el niño lo nota.
Entre los cinco y los siete es donde mejor encaja. A partir de ahí sigue
gustando, pero ya no entrena nada nuevo: se convierte en lo que parecía desde
fuera, un rato agradable. Que también está bien, y no hay que fingir que todo
lo que hace un niño tiene que servir para algo.
Los tres errores que la estropean
Empezar por la cuadrícula. Lo primero es colorear los
cuadraditos de la leyenda, diciendo el número en voz alta: «uno, rojo; dos,
azul». Treinta segundos. A partir de ahí la leyenda ya está en color y se
consulta de un vistazo, en lugar de leerse entera cada vez.
Ir por filas. Es lo natural y es lo peor: obliga a cambiar
de lápiz en casi todas las casillas. Ir por colores —todas las del uno, luego
todas las del dos— reduce los cambios de lápiz de cuarenta a cuatro, y además
mantiene el dibujo escondido hasta el final, que es la mitad de la gracia.
Corregir. Si se equivoca de casilla, no pasa absolutamente
nada: un cuadrado de otro color no impide reconocer el dibujo. Borrar deja el
papel sucio y transmite que la hoja tiene que quedar perfecta, y ahí es donde
un niño decide que colorear es una actividad en la que se le juzga.
Por qué las cifras saltan de una hoja a otra
En nuestras fichas los números no empiezan en uno en cada hoja. En una
aparece la leyenda con 1, 4, 6 y 7, y eso descoloca a algunos padres. Está
hecho a propósito: el reparto es el mismo para todo el cuaderno, de modo que el
1 es rojo en las cuatro hojas.
Si cada hoja repartiera sus propios números, en la primera el 1 sería rojo y
en la tercera marrón. El niño que se aprendió la leyenda el día anterior —que
es justamente lo que queremos que pase— coloreaba a ciegas y encima acertaba a
veces, que es la peor forma de equivocarse. Con el reparto común, lo que
aprendió el lunes le sirve el jueves.
Si no le gusta colorear
Hay niños a los que rellenar superficies les resulta insoportable, y casi
siempre es la mano: cuando el trazo todavía cuesta, mantener el lápiz dentro de
una raya durante cien casillas es trabajo físico. No es falta de interés, es
cansancio, y se nota en que empiezan con ganas y se rinden a la tercera fila.
La solución no es insistir ni convertirlo en negociación. Se parte la hoja:
dos filas hoy, dos mañana, con el papel guardado a la vista. Y se cambia de
herramienta — con rotulador grueso cunde el triple que con lápiz de color, y
para un niño al que le cuesta, esa diferencia es la que decide si termina. Si
aun así no hay manera, el problema está más abajo y conviene volver una
temporada a lo que prepara la mano antes de escribir; lo contamos en Grafomotricidad: por dónde
empezar.
Cómo practicarlo jugando
En pantalla el ejercicio cambia de naturaleza, y conviene saber en qué. No
hay que sostener el lápiz ni rellenar el cuadrado, así que desaparece la parte
motriz y también la de resistencia: una partida dura lo que dura, y no aparece
el momento de la mitad. Queda la parte de reconocer la cifra y mantener la
regla, más rápida y con más repeticiones.
Por eso no compiten: Colorea por
números sirve para automatizar la correspondencia número–color en muchas
rondas cortas, y la hoja impresa sirve para lo otro. Un niño que ha jugado unas
cuantas partidas llega a la ficha sin tener que pararse en cada casilla.
Cerca hay dos que trabajan lo mismo por otro lado. Colorea como el modelo quita el número
y deja solo la comparación: hay que mirar el dibujo de al lado y reproducirlo,
que es sostener una imagen en la cabeza en vez de una regla. Y Adivina el color va a la parte de abajo del
todo, la de nombrar los colores, para el niño al que todavía se le mezclan el
morado y el azul.
Qué imprimir
Colorea por números son
cuatro dibujos escondidos en cuadrículas de cifras, con la leyenda debajo y sin
hoja de respuestas: el dibujo tiene que aparecer bajo el lápiz y no antes. En
dos de las hojas el fondo lleva dos cifras distintas en vez de una, y eso cambia
bastante el ejercicio — con una sola, el patrón del fondo delata la silueta y se
puede colorear sin mirar; con dos, hay que leer todas las casillas.
Si buscas la versión sin números, Unir los puntos hace algo parecido por
otro camino: también esconde un dibujo, pero lo que ordena la tarea es la serie
numérica en lugar de una leyenda. Lo contamos en Unir los puntos y otros clásicos
que siguen funcionando.
Y cuando esa ya salga sin pensar, el escalón siguiente es Colorea por coordenadas:
la casilla ya no dice de qué color va, hay que localizarla por su letra y su
número. Es el mismo dibujo escondido y el primer contacto con un sistema de
coordenadas, que es lo que después hay debajo de un mapa o de una tabla.
Lo esencial
Colorear por números entrena reconocer cifras sueltas, sostener una regla
mientras se hace otra cosa y terminar algo largo. Se empieza hacia los cuatro
años si ya reconoce los números, y encaja mejor entre los cinco y los siete.
Se colorea primero la leyenda, se va por colores y no se corrige nada. El
dibujo que aparece al final no es el premio del trabajo: es la única señal que
el niño tiene de que valía la pena aguantar hasta el final, así que conviene no
estropearla contándole antes qué va a salir.