Copiar el enunciado de la pizarra es de las tareas que más tiempo consumen
en primaria y de las que menos se enseñan. Se da por hecho que copiar es
fácil, y no lo es.
Un niño que copia letra a letra sube la vista treinta o cuarenta veces por
línea. Cada una de esas idas y venidas es una oportunidad de perder el sitio,
y de ahí salen las palabras a medias y las líneas saltadas. Retener una
instrucción mientras se ejecuta es lo que trabaja Dictado en cuadrícula.
El problema es de mirada
Lo primero que conviene comprobar, y se hace en un minuto: sentarse al
lado mientras copia y contar cuántas veces levanta la vista en una línea.
Si son más de cinco o seis, está copiando en trozos demasiado pequeños. Y
ese número dice bastante más sobre dónde está el problema que cualquier queja
general sobre la lentitud.
La solución no es «fíjate más» ni «ve más rápido». Es enseñar a retener
grupos: leer una palabra entera, o dos, antes de bajar la vista.
Leer la frase antes de copiarla
El gesto que más cambia el resultado: leer la frase completa una vez,
entera, antes de escribir nada.
Suena a pérdida de tiempo y ahorra el triple. Con la frase leída, el niño
sabe hacia dónde va, reconoce las palabras cuando las vuelve a mirar y no
tiene que descifrarlas otra vez.
Y hay un efecto lateral importante: se entera de lo que está copiando.
Copiar sin leer produce hojas correctas de las que no se recuerda nada.
De letra a palabra
La progresión natural va de copiar letra a letra, a copiar sílaba a
sílaba, a copiar palabra a palabra, y por último grupos de dos o tres
palabras.
Cada escalón triplica la velocidad y reduce los errores, porque hay menos
idas y venidas donde perderse. Y se sube por práctica, no por instrucción,
aunque decirlo ayuda.
Una manera de forzarlo: tapar el modelo con un papel después de leer la
palabra y destaparlo solo si hace falta. Con eso, el niño intenta retener en
vez de mirar.
Comparar al final
El segundo hábito que hay que instalar: cuando acabe, comparar su frase
con el modelo palabra por palabra, señalando con el dedo.
Es la única manera de encontrar la palabra que falta, y encontrarla uno
mismo enseña mucho más que que se la señalen. Además obliga a releer, que es
lo que casi nadie hace.
Al principio hay que hacerlo juntos y en voz alta. En unas semanas lo hace
solo si se le ha pedido siempre.
Qué se corrige y qué no
Tres cosas merecen corrección: palabras que faltan, palabras cambiadas y
líneas saltadas. Son errores de copia y se arreglan mirando mejor.
La letra fea, en cambio, conviene dejarla estar mientras sea legible. Un
niño de ocho años que copia bien y con letra irregular está haciendo lo
importante; insistir en la caligrafía a la vez es pedir dos cosas.
Y la lentitud tampoco se corrige señalándola. Se corrige con los grupos
más grandes, que es otra cosa.
Frases con puntuación
Copiar una frase con mayúscula, comas y punto final añade algo que las
palabras sueltas no tienen: hay que reproducir señales que no se pronuncian.
Muchos niños copian el texto entero y se dejan la mayúscula y el punto,
porque no los ven: no suenan. Señalarlo una vez suele bastar, y después
comprobarlo al comparar.
Es también la puerta de entrada a la puntuación de verdad: copiando se ve
dónde van las comas antes de aprender por qué.
Copiar de arriba y copiar de al lado
No es lo mismo copiar de un modelo que está en la misma hoja, justo
encima, que de la pizarra al otro lado del aula.
La distancia obliga a reenfocar la vista cada vez, y eso cansa y aumenta
los errores. Por eso conviene empezar en la hoja, con el modelo cerca, y
llevarlo a la pizarra después.
Si en clase le cuesta especialmente copiar de lejos y en casa lo hace
bien, merece la pena una revisión de la vista antes de sacar
conclusiones.
El papel y la postura
Dos detalles que parecen menores. El papel ligeramente inclinado, en la
dirección de la mano que escribe, evita que el brazo tape lo escrito.
Y el modelo colocado arriba y no a un lado: subir y bajar la vista es más
cómodo que girar la cabeza, y las líneas se pierden menos.
Son cambios de diez segundos que reducen bastante la fatiga en una sesión
de copia larga.
Por qué sigue valiendo la pena
Se oye a veces que copiar es una tarea inútil de otra época. No lo es, por
tres motivos concretos.
Fija la forma escrita de las palabras, que es como se aprende ortografía
sin reglas. Entrena la coordinación entre mirar y escribir, que hace falta
para todo. Y da una razón para leer con atención algo que si no se leería por
encima.
Lo que sí es inútil es copiar veinte líneas seguidas como castigo. Dos
frases bien copiadas enseñan; veinte mal copiadas instalan la costumbre de
hacerlo mal. En el
artículo sobre copiar está el argumento completo.
Copiar lo propio
Hay una variante que vale doble y que casi no se usa: copiar en limpio un
texto que ha escrito él mismo.
Tiene dos ventajas sobre copiar un modelo ajeno. La primera es que conoce
el contenido, así que puede retener grupos grandes desde el principio. La
segunda es que, al copiar, ve sus propios fallos y los arregla sobre la
marcha, que es la manera más natural de aprender a revisar.
Y le da al texto un destino: la versión en limpio es la que se cuelga o se
regala. Copiar deja de ser un trámite y se convierte en el último paso de algo
que le importa.
Cuánto por sesión
Dos frases a los siete años, tres o cuatro a los nueve. Es un ejercicio que
cansa la mano deprisa, y en cuanto la mano se cansa la letra se rompe y la
atención se va.
Mejor dos frases al día que ocho un sábado. Y mejor pararse cuando la
letra empieza a deteriorarse que llegar al final de la hoja.
Cómo practicarlo jugando
Dictado en cuadrícula entrena
oír, retener y ejecutar, que es la misma cadena de la copia con el modelo
en el oído en vez de en la vista.
Forma la palabra trabaja la palabra
letra a letra, y Recuerda y
encuentra la memoria de trabajo, que es lo que permite retener grupos más
grandes.
Qué imprimir
Caligrafía de
frases son cuatro hojas con frases largas, con mayúsculas y punto final,
para leer y copiar debajo.
Para frases más cortas, Copiar
frases. Y para la letra en sí, La letra ligada.
Lo esencial
- Copiar mal casi nunca es un problema de mano. Contad cuántas veces
levanta la vista en una línea: si son más de seis, ahí está.
- Leer la frase entera antes de escribir nada ahorra el triple del tiempo
que cuesta.
- La progresión va de letra a sílaba, a palabra, a grupos. Cada escalón
triplica la velocidad.
- Comparar al final palabra por palabra con el dedo: encontrar uno mismo lo
que falta enseña más que que se lo señalen.
- Dos frases al día valen más que ocho un sábado, y hay que parar cuando la
letra empieza a romperse.