De todas las palabras del idioma, hay una que un niño va a escribir varios
miles de veces antes de cumplir diez años, y que además le importa más que
ninguna otra: la suya.
Eso convierte el nombre en el mejor punto de entrada a la escritura y también
en el sitio donde más fácil es estropearla, porque la carga emocional es alta: un
niño que se siente torpe escribiendo su nombre se siente torpe de una manera
bastante personal. El recorrido de cada letra conviene tenerlo trabajado antes,
sin la presión de que sea su palabra, y para eso está Trazar letras.
Reconocerlo antes que escribirlo
Hay una fase previa que dura meses y que casi nadie aprovecha: reconocer el
nombre escrito sin saber ni una letra.
Un niño de tres años reconoce su nombre como reconoce el logotipo de una
marca — por la forma general, sin leer nada. Y eso ya sirve para mucho: se pone su
nombre en la percha, en el vaso, en la caja de los juguetes, y él identifica lo
suyo. Ahí ya está aprendiendo que unas rayas significan algo, que es la idea más
importante de toda la lectura.
De esa fase sale sola la siguiente: empieza a fijarse en la primera letra. «Esa
es mi letra.» Y a partir de ahí la busca en todas partes — en los carteles, en las
matrículas, en el paquete de galletas—. Es el momento de jugar mucho con el sonido
inicial, que es lo que hace Primer sonido.
Por qué en mayúsculas
El nombre se enseña primero en mayúsculas, y hay tres razones concretas.
Las mayúsculas están hechas de rectas y curvas simples, casi todas de una o dos
partes. Una M son cuatro trazos rectos; una m minúscula pide tres arcos
enlazados con la mano sin levantar. A los cuatro años, la primera es posible y la
segunda no.
Todas ocupan el mismo alto. No hay letras que suban ni que bajen, así que no
hace falta manejar todavía la idea del renglón con sus tres alturas.
Y son las que ve por todas partes: los carteles, los rótulos, los títulos de
los cuentos. La correspondencia entre lo que escribe y lo que ve alrededor es
directa.
Lo demás —cuándo pasar a minúsculas y cómo— está en Mayúsculas o minúsculas: ¿con
cuál se empieza?
Los nombres largos y los que llevan tilde
Un niño llamado Álvaro tiene ocho letras más una tilde; uno llamado Ana tiene
tres. No es lo mismo y no hay que fingir que lo es.
Con un nombre largo, lo que funciona es partirlo. Se empieza por la primera
letra sola durante semanas —esa es «su» letra—, después las tres primeras, y el
resto se completa con la ayuda de un modelo. Que escriba «ALV» y el adulto termine
no es hacer trampas: es la manera de que el nombre entero no se convierta en un
muro.
La tilde se deja para el final, y bastante más tarde. A los cuatro años no
aporta nada y sí una raya más que colocar. Cuando llegue el momento, además, tiene
la ventaja de ser la primera tilde que el niño entiende para qué está: le marca
por dónde suena su propio nombre.
Y los nombres con letras difíciles —la S al revés, la J, la Z— van a salir mal
un tiempo. La S girada es tan normal a los cinco años que no merece ni comentario.
Cómo se enseña, en concreto
Con un modelo delante, siempre. Escrito por el adulto en
grande, en la parte de arriba de la hoja. Copiar mirando no es hacer trampas: es
cómo se aprende. Escribir de memoria llega solo, meses después.
Letra a letra y en orden. Primero la inicial hasta que salga
sola. Después las dos primeras. Y así. Intentar el nombre completo desde el primer
día produce una fila de garabatos que no se parece a nada, y el niño lo sabe.
Grande. Muy grande. En un folio en blanco, con rotulador
grueso, ocupando media hoja. La letra pequeña dentro de un renglón viene después:
al principio el movimiento sale del brazo entero y no de los dedos.
Diciendo la letra en voz alta. Mientras la escribe. Así el
nombre no se queda en un dibujo memorizado: se convierte en una secuencia de
letras que se pueden reconocer en otro sitio.
Los apellidos, que llegan antes de lo que parece
En España un niño no escribe solo su nombre: en el colegio le van a pedir
nombre y dos apellidos en cada hoja, y eso puede ser una fila de veinticinco
letras. Conviene tenerlo en cuenta y no dejarlo para el último momento.
La forma de que no se haga un muro es la misma que con los nombres largos: por
partes y a lo largo de meses. Primero el nombre. Después la inicial del primer
apellido. Después el primer apellido entero, y el segundo cuando el primero salga
sin mirar el modelo.
Y merece la pena escribirlo siempre en el mismo sitio de la hoja —arriba a la
derecha— desde el primer día. Cuando en primero le pidan poner el nombre en cada
ficha, la mano irá sola a ese rincón y una cosa menos que decidir.
El error de convertirlo en caligrafía
Es el riesgo principal y aparece siempre por el mismo camino: el nombre sale, y
entonces se empieza a pedir que salga mejor.
Un niño de cinco años que escribe su nombre reconocible ha conseguido algo
grande. Pedirle a continuación que las letras midan igual, que no se salga y que
no tiemble convierte su primera victoria en la primera vez que no es suficiente.
La letra bonita llega con los años y con la mano más fuerte. Lo que hay que
cuidar ahora es otra cosa: que las letras vayan en el orden correcto, que cada
una empiece por donde tiene que empezar —la mayoría desde arriba— y que no las
dibuje al revés. Eso sí importa, porque son costumbres que después cuesta mucho
cambiar.
Cómo practicarlo jugando
Trazar letras es el que más directamente
sirve: se practica el recorrido de cada letra con el dedo, sin la carga de que sea
su nombre y sin gastar mano. Un niño que ha trazado la A cincuenta veces en
pantalla la escribe mucho mejor la primera vez que la hace con lápiz.
Aprende las letras une cada letra con
palabras que empiezan por ella, que es lo que convierte «mi letra» en una letra de
verdad, con su sonido y su sitio en el idioma.
Y Primer sonido trabaja el oído, que es de
donde sale el interés: un niño que se da cuenta de que «Marta», «mesa» y «mano»
empiezan igual acaba de descubrir algo por su cuenta.
Qué imprimir
Escribir las vocales
y Escribir las
consonantes traen cada letra con su modelo y su contorno para repasar. Lo
práctico es no hacerlas en orden alfabético sino ir a las letras del nombre
primero: son las que le importan y las que va a usar mañana.
Antes de las letras, si la mano aún no está, Trazos y líneas: rectas, curvas
y ganchos son las piezas de las que están hechas todas las mayúsculas, y
practicarlas sueltas es más fácil que dentro de una letra.
Lo esencial
El nombre es la primera palabra que un niño escribe y la que más le importa,
así que conviene no convertirla en un ejercicio de caligrafía. Antes de escribirlo
hay meses de reconocerlo escrito, que ya enseñan lo esencial. Se empieza en
mayúsculas —son rectas simples y todas del mismo alto—, letra a letra, muy grande
y con un modelo delante. Los nombres largos se parten; la tilde se deja para
mucho después. Y cuando salga reconocible, se celebra y no se pide que salga
mejor.