Casi todo lo que se escribe sobre trabajar en casa da por supuesto que hay un
niño. En la mayoría de las casas hay dos, con dos o tres años de diferencia, una
sola tarde y un solo adulto disponible.
Hacer dos sesiones seguidas no funciona: mientras uno trabaja, el otro
interrumpe. Y hacer lo mismo con los dos tampoco, porque lo que es adecuado para
uno aburre o abruma al otro. Hay una salida, y no consiste en repartir el tiempo
sino en elegir bien qué se hace juntos y qué no.
Lo que sí funciona con los dos a la vez
La clave está en buscar actividades donde la diferencia de edad no dé ventaja.
Existen y son más de las que parece.
Los juegos de memoria. Aquí el pequeño gana con frecuencia, y
no porque nadie se deje: a los cinco años se recuerda la posición de una carta
mejor que a los ocho, porque se guarda como imagen en lugar de como palabra. Encuentra la pareja es el ejemplo perfecto
de partida en la que los dos compiten de igual a igual.
La búsqueda visual. Encontrar algo en una lámina llena de
cosas es cuestión de método, no de edad, y un niño de cinco con método gana a uno
de ocho sin él.
Los juegos de mesa cortos. Un dominó, un bingo. Las reglas son
las mismas y el azar iguala bastante.
Cocinar, medir, contar cosas de casa. Cada uno hace la parte
que le toca —el mayor lee la receta, el pequeño cuenta los huevos— y los dos
trabajan de verdad.
Lo que hay que separar
Todo lo que sea de nivel: leer, escribir, calcular. Ahí no hay forma de que los
dos hagan lo mismo, y forzarlo produce lo peor de los dos mundos — el pequeño
copiando y el mayor aburrido.
Lo que funciona es el turno con relevo. Diez minutos con el mayor mientras el
pequeño hace algo que no necesita adulto —colorear, plastilina, una pantalla—, y
después al revés. Con dos bloques de diez minutos se cubre a los dos en veinte, y
eso sí cabe en una tarde.
La condición para que salga es que el que espera tenga algo preparado de
antemano, no algo que haya que buscar en el momento. Ahí es donde se rompe:
buscar la hoja del pequeño mientras el mayor espera acaba con los dos
esperando.
La comparación, que es el problema de verdad
Más que la logística, lo que decide si esto va bien es que ninguno de los dos
acabe midiéndose con el otro.
Tres cosas que ayudan bastante:
No corregir en voz alta delante del otro. Si el mayor oye que
al pequeño le sale algo bien, o al revés, la sesión se convierte en un marcador.
Las correcciones van en voz baja y para uno.
No decir «tu hermano a tu edad ya…». Además de que duele, casi
siempre es falso: los recuerdos de cómo iba el mayor son notoriamente poco
fiables. Y en el colegio pesa incluso el mes de nacimiento, como contamos en Nacido en diciembre.
Que cada uno tenga su carpeta. Sus hojas, guardadas aparte. Que
lo suyo sea suyo y no un montón común donde se ve quién ha hecho más.
Cuando el pequeño quiere hacer lo del mayor
Pasa siempre y es buena señal, porque significa que lo que hace el mayor parece
interesante. Prohibirlo no funciona y darle la hoja del mayor tampoco: la hará
mal, lo sabrá, y aprenderá que lo interesante es lo que él no puede.
La salida es darle su versión de lo mismo. Si el mayor hace sumas, el pequeño
cuenta objetos y escribe la cifra. Si el mayor hace una sopa de letras, el pequeño
busca solo su letra inicial en la rejilla. La actividad se llama igual y cada uno
hace lo suyo — que es exactamente lo que se necesita.
Y hay un papel que le encanta al pequeño y que no cuesta nada: ser el que
comprueba. Con la hoja de respuestas en la mano, revisar lo del mayor le da un
trabajo real y de paso le hace mirar lo que todavía no puede hacer.
Cuando el mayor tiene que esperar
Es el otro lado y suele llevarse peor, porque el mayor entiende perfectamente
que le están robando tiempo.
Lo que ayuda es que su espera sea un encargo y no un vacío: «mientras hago esto
con tu hermano, haz estos cinco y me los enseñas». Con final visible y con algo
que enseñar después.
Y conviene que alguna vez sea al revés — que el pequeño espere primero. Si el
orden es siempre el mismo, el que va segundo lo nota, y con razón.
Enseñar al pequeño: la mejor tarea del mayor
Es lo que más rinde de todo esto y casi nunca se usa: pedirle al mayor que le
explique algo al pequeño.
Para explicar una cosa hay que tenerla ordenada en la cabeza, así que el que más
aprende ahí es el mayor. Y para el pequeño, oírlo de su hermano tiene un peso que
no tiene oírlo de un adulto.
Funciona con cosas concretas y cortas: cómo se juega a esto, cómo se sujetan las
tijeras, cómo se cuentan las casillas. No funciona si se convierte en que el mayor
haga de profesor toda la tarde — eso acaba en pelea y además no es su trabajo.
Cómo practicarlo jugando
Los tres que mejor aguantan una diferencia de edad de dos o tres años:
Encuentra la pareja, por lo que
decíamos: la memoria de posición no mejora con la edad tanto como uno esperaría, y
las partidas quedan igualadas de verdad.
Encuentra el objeto, que es búsqueda
visual pura y depende del método más que de los años.
Y Qué sobra, que se puede jugar por turnos con
una vuelta que iguala: el pequeño dice cuál sobra y el mayor tiene que explicar por
qué. Cada uno hace la parte que le corresponde y la partida es la misma.
Qué imprimir
Los materiales que se juegan entre varios son los que resuelven este problema:
el dominó, el memori y el bingo de figuras y colores,
donde además el adulto puede cantar y los dos niños juegan.
Para el trabajo por separado, la misma familia en dos niveles: sumas hasta 5 para uno y sumas y restas hasta 20
para el otro. Se llaman igual y cada uno hace la suya.
Y cómo montar la rutina para que veinte minutos alcancen para dos está en Diez minutos al día.
Lo esencial
Con dos niños de edades distintas no se hacen dos sesiones: se eligen
actividades donde la edad no dé ventaja —memoria, búsqueda visual, juegos de
mesa— y se separa lo que sí es de nivel, en turnos de diez minutos con lo del que
espera preparado de antemano. La comparación es el problema de verdad: nada de
corregir en voz alta delante del otro ni de «tu hermano a tu edad ya…». Al pequeño
se le da su versión de lo que hace el mayor, y al mayor se le pide de vez en
cuando que le explique algo — que es quien más aprende explicando.