En España la clase se forma por año natural: todos los nacidos en el mismo año
van juntos. Eso significa que en un aula de Infantil conviven un niño nacido el 2
de enero y otro nacido el 30 de diciembre, con casi doce meses de diferencia.
Dicho así parece poco. Puesto en proporción, no lo es: para un niño de cinco
años, once meses son una quinta parte de todo lo que ha vivido. Es como comparar a
un adulto de cuarenta con uno de cuarenta y ocho en cualquier habilidad que se
esté aprendiendo desde cero.
En qué se nota
Prácticamente en todo lo que se mide en Infantil y en los primeros cursos de
Primaria, y no porque el pequeño sea peor: porque lleva menos tiempo.
La mano. Once meses de diferencia en fuerza y control fino son
muchísimos a los cuatro años. El de diciembre escribe peor, se cansa antes y se
sale más. En Trazar letras se ve bien: el
recorrido es el mismo y lo que cambia es cuánto aguanta antes de que el trazo se
tuerza.
La lectura. Empezar a leer es una cuestión de maduración
además de enseñanza, y unos meses cambian mucho el momento en que arranca.
Aguantar sentado. Quizá lo más visible en clase. El de enero
aguanta quince minutos y el de diciembre diez, y el que se levanta es el segundo —
con la etiqueta correspondiente.
Lo social. Esperar el turno, compartir, gestionar un enfado.
Todo eso madura por meses, y el pequeño de la clase es, sistemáticamente, el que
peor lo lleva.
Hasta cuándo dura
La diferencia se va estrechando cada año, porque once meses pesan cada vez menos
en proporción: son una quinta parte de la vida a los cinco años, una décima a los
diez y prácticamente nada a los quince.
En la práctica se nota bastante en Infantil, se sigue notando en los dos
primeros cursos de Primaria y a partir de los nueve o diez ya casi no se distingue
de las diferencias normales entre personas.
Lo que sí puede quedarse más tiempo es otra cosa, y es lo único preocupante de
todo esto: la idea que el niño se hace de sí mismo. Un niño que durante tres años
ha sido el que peor escribe y el que más tarda puede concluir que se le dan mal
los estudios, y esa conclusión sí dura.
Qué conviene hacer en casa
Saberlo y decirlo. No al niño en plan excusa, sino tenerlo
presente al comparar. Si el suyo es de noviembre y va «por detrás» de los demás,
buena parte de esa distancia es la fecha del carné de identidad.
Comparar con él mismo. La pregunta útil no es dónde está
respecto a la clase sino si en tres meses lee un poco mejor que antes. Esa sí
informa.
Ajustar lo que se le pide en casa. Si a los cinco años aguanta
diez minutos, la sesión es de diez, aunque sus compañeros hagan quince. Lo que
construye el hábito es terminar, no la duración.
Contarlo en el colegio si hace falta. Los maestros lo saben, y
aun así merece la pena mencionarlo en una tutoría cuando aparezca una comparación:
«es de diciembre» es información relevante y a veces se olvida.
Lo que no conviene hacer
Presionar para que alcance. Es la reacción natural y la que peor
funciona: media hora extra de fichas no compensa once meses de maduración, y sí
consigue que asocie el trabajo con la sensación de ir por detrás.
Decírselo a él como excusa. «Es que tú eres el pequeño de la
clase» le da una explicación que puede usar para dejar de intentar cosas. La
información es para el adulto.
Sacar conclusiones a los cinco años. El mes de nacimiento
predice bastante bien cómo va un niño en Infantil y casi nada cómo irá a los doce.
Es de las variables que más se notan a corto plazo y menos a largo.
Repetir curso por ser de diciembre
Es una idea que aparece en algunas familias hacia primero de Primaria, y merece
una respuesta clara: la fecha de nacimiento, por sí sola, no es motivo.
Repetir mueve al niño a un grupo donde será el mayor, con los mismos contenidos
otra vez, y le separa de los compañeros con los que lleva tres años. Eso tiene un
coste alto y solo compensa cuando hay bastante más que un cumpleaños tardío por
medio.
La decisión no es de la familia sola: la toma el centro, con el equipo docente,
y se habla con tiempo. Si aparece la propuesta, lo razonable es pedir que se
concrete qué se espera conseguir con el año extra — si la respuesta es «madurar»,
merece la pena preguntar qué se hará distinto para que eso ocurra.
Y el caso contrario
Los de enero tienen la ventaja, y merece la pena saber que también trae su
trampa: van sobrados los primeros cursos, sin necesidad de esforzarse, y cuando la
ventaja se diluye —hacia los nueve o diez— se encuentran por primera vez con algo
que cuesta y sin haber practicado nunca esforzarse.
De ahí que en esos casos convenga proponer cosas un poco por encima de lo que
ya sabe hacer. No para adelantar temario: para que la experiencia de que algo
cueste aparezca cuando todavía es fácil de manejar.
Cómo practicarlo jugando
La ventaja de los juegos en esta situación concreta es que se ajustan al niño y
no al curso: nadie mira si tiene la edad de la clase.
Leer por sílabas y A contar funcionan igual con un niño que va justo que
con uno adelantado, porque lo que hacen es repetir hasta que algo salga solo, y eso
no tiene edad.
Y Trazar letras resuelve la parte de la mano
sin la exigencia de escribir bien: se practica el recorrido sin que el resultado
quede escrito en un papel que se pueda comparar con el del compañero.
Qué imprimir
Lo importante aquí no es qué ficha sino cuál: la de su nivel, no la de
su curso. Un niño de seis años nacido en diciembre puede necesitar las sumas hasta 5 mientras en clase van
por el diez, y eso está bien.
Nuestras fichas llevan una franja de edad orientativa, y esa franja se usa como
lo que es: una orientación. La hoja buena es aquella en la que el niño acierta la
mayoría y falla alguna, sea cual sea la edad que ponga arriba.
Las referencias de cada edad están en Qué se espera de un niño de 5 años y en
Qué se espera de un niño de 6 años,
y conviene leerlas con el mes de nacimiento en la mano.
Lo esencial
En una clase española hay hasta doce meses de diferencia entre el mayor y el
pequeño, y a los cinco años eso es una quinta parte de la vida vivida: se nota en
la mano, en la lectura, en aguantar sentado y en lo social. La diferencia se
estrecha cada año y hacia los nueve o diez casi desaparece. Lo único que puede
durar es la idea que el niño se hace de sí mismo, así que conviene compararlo
consigo mismo y no con la clase, y ajustar lo que se le pide a lo que puede, no a
lo que hacen los demás.