Entre el garabato libre y la primera letra hay un escalón que casi nadie nombra: llevar la punta del lápiz desde un sitio concreto hasta otro sitio concreto. Un niño de tres años puede pintarrajear media hora y no haber hecho eso ni una vez.
La hoja que lo entrena es la más simple que existe: dos dibujos, una línea de puntos entre ellos y un punto naranja donde se empieza. Es el mismo control que después pide seguir un recorrido en Laberinto, sólo que en línea recta y sin paredes.
Primero el dedo, después el lápiz
El recorrido se hace dos o tres veces con el dedo antes de coger nada. La mano aprende el camino sin la dificultad añadida de sujetar un objeto, y el trazo posterior sale bastante más limpio.
Con niños que aprietan o que van muy rápido, el dedo hace además de freno: no se puede ir deprisa arrastrando el dedo por el papel, y ese ritmo se conserva un poco al cambiar al lápiz.
Es un paso de treinta segundos y se salta siempre. Merece la pena convertirlo en costumbre desde la primera hoja: se mira, se recorre con el dedo, y entonces se pinta.
Por dónde se empieza
El punto naranja no es decoración: a los tres años, «empieza por aquí» no se deduce del dibujo. Sin marca, la mitad de los niños empiezan por el final y trazan hacia la izquierda.
Y el sentido importa por lo que viene después. Casi todas las letras se escriben de izquierda a derecha y de arriba abajo; cuanto antes se instale ese sentido en la mano, menos trabajo cuesta más adelante.
Si el niño es zurdo, el sentido es el mismo, pero conviene girar un poco la hoja hacia la derecha para que la mano no tape lo que va trazando. Ese giro se enseña una vez y se queda.
Recta, onda y zigzag
Las tres líneas están puestas en ese orden por una razón. La recta sólo pide mantener la dirección. La onda pide curvar sin parar, que es el gesto de la letra ligada. El zigzag pide parar, cambiar de dirección y seguir, y eso es lo más difícil de los tres.
Si el zigzag se le atraganta, no hay que insistir: se vuelve a las ondas una semana más. La capacidad de frenar y girar en un punto llega hacia los cuatro años y no se adelanta a base de repetir.
Un aviso que ahorra disgustos: en el zigzag, el trazo bonito no es el objetivo. Lo que se mira es si el lápiz llega hasta el vértice antes de cambiar de dirección, no si la línea sale temblorosa.
El tamaño de la hoja
Estas líneas cruzan el folio entero a propósito. Un recorrido corto se hace con los dedos; uno largo obliga a mover el antebrazo, y el movimiento de brazo es el que hay que construir primero.
De hecho, la versión anterior a esta hoja no es de papel: es una línea de tiza en el suelo, o una cuerda en el pasillo, o el dedo por el cristal empañado. Todo eso es la misma tarea a otra escala.
Y la versión vertical rinde todavía más: la misma hoja pegada en la pared. En vertical la muñeca se coloca sola en la posición que después hace falta para escribir.
Cuánto rato
Cinco minutos a los tres años. Una hoja de cuatro caminos es una sesión completa, y si se termina con ganas de más, mejor: se guarda para el día siguiente.
Lo que no funciona es una carpeta de veinte hojas seguidas. Con esta edad, la cantidad no mejora nada y convierte la mesa en un sitio del que hay que escapar.
Conviene además que sea a la misma hora y en el mismo sitio. Un rato de lápiz que aparece en momentos al azar se vive como una interrupción del juego; uno que está siempre después de la merienda se acepta sin discusión.
Qué mirar mientras lo hace
Tres cosas, y ninguna es la calidad de la línea. Cómo coge el lápiz, si la otra mano sujeta el papel y si se para al llegar al final o sigue de largo.
La mano que no escribe es la que más se olvida. A los tres años se queda colgando o debajo de la mesa, y entonces la que traza carga además con sujetar la hoja, que se mueve todo el rato.
Y pararse en el objetivo es control de verdad. Un niño que atraviesa el dibujo final y sigue hasta el borde no está fallando la línea: está fallando el freno, que es otra cosa y se entrena con juegos de parar y arrancar.
Después de los caminos
Lo siguiente son las figuras grandes cerradas —el círculo, el cuadrado—, donde hay que volver al punto de partida. Después las cenefas, que repiten un patrón a lo largo de un renglón.
Y en paralelo, los puntos numerados: unir del uno al diez con una línea es un camino con paradas, y añade el orden de los números sin que sea una ficha de matemáticas.
Las letras llegan bastante después, y llegan mejor. Un niño que ha hecho cien caminos tiene ya el gesto; sólo tiene que aprender qué forma dibuja cada uno.
Si no quiere coger el lápiz
Es muy común a los tres años y casi nunca significa nada. Lo que funciona no es insistir, es cambiar de herramienta: una cera gorda, un rotulador que pinta sin apretar, tiza en la terraza.
También funciona cambiar la tarea por una que no parezca de mesa: repartir gomets a lo largo de la línea, pasar un coche de juguete por el camino, poner lentejas encima de los puntos.
Todo eso es el mismo ejercicio con otra cara, y el niño que lo hace tres semanas acaba cogiendo el lápiz por su cuenta. La resistencia casi siempre es al formato, no a la tarea.
Antes y después de esto
Por dónde se empieza con la mano está en grafomotricidad: por dónde empezar, y cómo se sujeta el lápiz, en cómo coger el lápiz.
El paso siguiente, las figuras grandes cerradas, está en figuras del tamaño de un palmo. Y para la mano antes del papel, plastilina, pinzas y fuerza de mano.
Cómo practicarlo jugando
Laberinto pide el mismo recorrido controlado, con el dedo y sin lápiz.
Une los puntos convierte el camino en una secuencia con paradas, y Traza las letras es el paso siguiente cuando el gesto ya está.
Qué imprimir
Los primeros caminos trae doce recorridos: rectos, ondulados y en zigzag, con el punto de salida marcado.
Primeros trazos es el material de fondo de esta etapa, y Trazos y líneas amplía los tipos de línea.
Lo esencial
- Entre el garabato y la letra está el escalón de ir de un punto a otro.
- El recorrido se hace primero con el dedo: treinta segundos que cambian el trazo.
- El punto de salida hay que marcarlo: a los tres años no se deduce.
- Recta, onda y zigzag, en ese orden; el zigzag pide frenar y girar, y eso llega a los cuatro.
- Cinco minutos bastan, y la mano que no escribe tiene que sujetar el papel.