Casi toda la lectura que un niño hace por gusto es narrativa: cuentos,
cómics, historias. Casi toda la lectura que le van a exigir a partir de
tercero es explicativa: cómo funciona el ciclo del agua, por qué hay
estaciones, qué hace un volcán. Y son dos maneras distintas de leer.
En un cuento, lo que sostiene la lectura es qué pasará después. En un
texto explicativo lo que hay que seguir es una cadena de causas: esto pasa
porque aquello, y como consecuencia ocurre lo otro. Si se lee un texto de
ciencia como si fuera un cuento, se llega al final habiendo entendido
palabras sueltas.
Qué tiene de distinto
Un texto explicativo tiene tres cosas que un cuento no tiene, y conviene
nombrarlas.
Primero, vocabulario nuevo que no se puede saltar: magma, lava, gota. Si
el niño no se para en esas palabras, el resto del párrafo no significa nada.
Segundo, conectores que cargan con todo el peso —porque, así que, cuando, por
eso—: son palabras pequeñas y decir mal una cambia la explicación entera. Y
tercero, un orden que no es cronológico sino lógico.
Ese segundo punto es el que más se descuida. El juego Une las frases trabaja exactamente eso:
elegir la palabra que dice qué relación hay entre dos mitades de una frase, y
ver que cambiarla cambia lo que se afirma. Un niño que domina «porque» frente
a «aunque» lee un texto de ciencia con otra precisión.
Las preguntas que valen
Hay dos tipos de preguntas sobre un texto y solo uno enseña algo.
Las de localizar: «¿de qué color es el gato?». La respuesta está escrita
con esas mismas palabras y se contesta buscando. Son útiles para comprobar
que ha leído y no enseñan a entender.
Las de juntar: «¿por qué los colores salen separados?». La respuesta está
repartida entre dos frases y hay que unirlas. Estas son las que valen, y son
las que hay que hacer más despacio y sin dar pistas. Si el niño no la
encuentra, releed juntos en voz alta ese trozo concreto y volved a
preguntar.
Una tercera categoría, todavía mejor cuando ya se manejan las anteriores:
las que piden aplicar. «Si hoy llueve y no hay sol, ¿habrá arcoíris?» No está
en el texto y se deduce de él. Es la prueba de fuego de haber entendido.
Contestar con una frase entera
Parece un detalle de forma y no lo es. Si a «¿por qué sube el magma?» el
niño responde «porque pesa menos», ha entendido. Si responde «poco», puede
que haya entendido o puede que haya copiado la palabra que estaba cerca del
signo de interrogación.
Pedir la frase entera obliga a reconstruir la idea y deja ver dónde está
el agujero, si lo hay. Y de paso entrena algo que se le va a pedir toda la
vida escolar: escribir una respuesta que se sostenga sola, sin depender de la
pregunta.
Al principio cuesta y hay que insistir sin agobiar. Una manera suave:
repetir su respuesta corta convertida en frase entera y pedirle que la
escriba así. En unas semanas lo hace solo.
Antes de leer y después de leer
Dos gestos que cambian mucho el rendimiento. Antes: mirar el título y
preguntar qué cree que va a explicar el texto. Eso enciende lo que ya sabe
del tema y hace que la lectura tenga dónde engancharse.
Después: pedirle que lo cuente en tres frases sin mirar. No es un examen;
es la manera de comprobar si la cadena de causas ha quedado o solo han
quedado palabras sueltas. Si al contarlo se salta el «porque», ahí está el
agujero.
Ordenar los pasos de un proceso es una habilidad relacionada y se puede
entrenar aparte: Qué va antes pide colocar
las viñetas de una historia en su orden, y muchas de esas historias son
procesos —cómo nace una rana, cómo se hace una tarta— donde el orden no es
opcional. Es lo que contamos en el
artículo sobre leer para aprender.
El vocabulario que no se puede saltar
En un cuento, una palabra desconocida se puede saltar sin perder mucho:
el contexto la rellena. En un texto explicativo no. Si «magma» se salta, el
párrafo siguiente habla de algo que no existe.
Por eso conviene un gesto pequeño antes de empezar: leer el texto por
encima buscando las palabras que no conoce, y dejarlas resueltas. Son dos o
tres, no más, y resolverlas cuesta un minuto. Hacerlo después, en mitad de la
lectura, rompe el hilo justo cuando más falta hace.
Hay un matiz importante: no se trata de dar la definición del diccionario
sino la de andar por casa. Magma es «roca derretida de debajo del suelo». Con
eso basta para leer el texto, y la definición fina llegará cuando haga
falta.
Y conviene fijarse en un detalle que se escapa: muchos textos explicativos
definen sus propias palabras dentro, con una fórmula del tipo «a esa roca
derretida se le llama magma». Enseñar a reconocer esas fórmulas —«se le
llama», «es decir», «esto es»— vale para toda la vida escolar, porque a
partir de secundaria los libros están llenos de ellas.
Releer no es fracasar
Muchos niños de ocho años creen que releer un párrafo es señal de que lo
han hecho mal. Es al revés, y merece la pena decírselo con esas palabras: los
textos que explican algo se leen dos veces, y la segunda es donde se
entienden.
La primera lectura sirve para hacerse una idea general; la segunda, para
seguir la cadena de causas. Un adulto lo hace sin darse cuenta. Un niño
necesita que alguien le dé permiso.
Cómo practicarlo jugando
Une las frases es el más directo para
esto: las palabras que sostienen una explicación son exactamente las que ese
juego pide elegir.
Qué sobra trabaja encontrar lo que tienen
en común varios elementos, que es la base de cualquier clasificación. Y Qué va antes pone en orden los pasos de un
proceso, con historias que son procesos de verdad.
Qué imprimir
Comprensión: cómo
funciona trae tres textos cortos —el arcoíris, las abejas, los volcanes—
con preguntas de los tres tipos y las respuestas al final para quien
corrige.
Para textos de otro registro está Comprensión: una noticia,
que enseña a leer con las cinco preguntas del periodista. Y Comprensión de textos
informativos es el material previo, algo más sencillo.
Y conviene elegir bien los primeros textos. Los que funcionan a los ocho
años explican algo que el niño ha visto: el arcoíris, la lluvia, por qué
flota un barco. Cuando el fenómeno es del todo desconocido, la lectura se
convierte en memorizar palabras, que es exactamente lo que queríamos
evitar.
Lo esencial
- Un texto explicativo no se lee como un cuento: hay que seguir una cadena
de causas, no una sucesión de hechos.
- Las palabras pequeñas —porque, así que, aunque— cargan con la
explicación. Confundir una cambia lo que el texto afirma.
- Las preguntas que enseñan son las que obligan a juntar dos frases, no las
que se contestan buscando una palabra.
- Responder con la frase entera deja ver si ha entendido o ha copiado lo
que había cerca.
- Antes: qué crees que va a explicar. Después: cuéntamelo en tres frases
sin mirar. Ahí se ve el agujero.