Un niño que devora novelas de aventuras puede sacar malas notas en
conocimiento del medio. Y la explicación no es que no lea bien: es que un texto de
ciencias se lee de otra manera y nadie se lo ha dicho.
Son dos maneras distintas de leer, y en casa y en clase se practica casi solo
una.
Qué cambia respecto a un cuento
La habilidad de fondo es agrupar: encontrar la idea que reúne varias cosas.
Eso es lo que hace En una palabra con
palabras sueltas, y es exactamente lo que hay que hacer con un párrafo para poder
resumirlo.
No hay historia que tire. Un cuento se sostiene solo porque
uno quiere saber qué pasa. Un texto informativo no tiene ese motor: hay que poner
el interés desde fuera.
Los datos importan. En un cuento da igual si el gato era
naranja o gris. En un texto de ciencias, el número de púas del erizo es justamente
lo que hay que retener.
Se vuelve atrás. Un cuento se lee hacia delante. Un texto
informativo se relee, se busca, se comprueba.
Hay palabras nuevas de verdad. Evaporar, raíz, hibernar. Y
suelen ser justo las que llevan el significado.
Se lee más despacio, y hay que decirlo
Muchos niños aplican al texto de ciencias la velocidad del cuento, llegan al
final y no han retenido nada. No es falta de atención: es velocidad
equivocada.
Conviene decirlo con esas palabras: «esto no se lee de corrido». Y darle
permiso para parar, releer un párrafo y volver atrás, que muchos creen que está
mal visto.
La señal de que va bien es que tarde más en una página de ciencias que en una
de novela. Si tarda lo mismo, está leyendo como si fuera un cuento.
Subrayar, que aquí sí sirve
En un cuento no tiene sentido; en un texto informativo es la herramienta
principal.
Y hay que enseñarlo, porque el subrayado por defecto de un niño es pintar media
página. La regla que funciona: una idea por párrafo, y solo las palabras
imprescindibles.
Lo que mejor lo enseña es ponerle un límite: «puedes subrayar cinco palabras en
todo el texto». Obliga a elegir, y elegir es todo el ejercicio.
Con las hojas de comprensión funciona igual: subrayar dónde está la respuesta
antes de escribirla convierte el ejercicio en localización en vez de en
adivinanza.
Contarlo con el texto tapado
Es la comprobación más útil y la más rápida: al terminar, tapar la hoja y decir
de qué iba en una frase.
Si sale, se ha leído bien. Si no sale, se relee — y ese bucle es exactamente lo
que después se llama estudiar.
Funciona mejor que preguntar por datos sueltos, porque obliga a jerarquizar:
hay que decidir qué era lo importante entre todo lo que ponía.
Y con el tiempo se puede pedir dos frases, o tres, o un esquema. Es la misma
operación creciendo.
Las palabras nuevas, que son el premio
Un texto informativo bien elegido trae dos o tres palabras que el niño no
tiene, y esas palabras valen más que el contenido.
Conviene pararse en una o dos por hoja y no en todas: preguntar qué significa,
mirar si se deduce del texto, y usarla ese mismo día en otra frase.
Y ayuda mucho que sean palabras con las que se puede hacer algo: hibernar,
evaporar, absorber. Se pueden ver o comprobar, y eso las fija.
Comprobarlo en la realidad
Es lo que separa un texto de ciencias de cualquier otro: lo que dice se puede
mirar.
Se lee que el agua se evapora y se deja un vaso al sol. Se lee cómo bebe una
planta y se mira una maceta. Se lee sobre el erizo y se busca una foto o un vídeo
corto.
Ese paso de la página a la cosa es lo que convierte la lectura en conocimiento,
y es el que más se salta. Cuesta dos minutos y multiplica lo que queda.
De aquí al estudio
Todo esto es literalmente lo que se pide a partir de tercero, cuando aparecen
los temas de conocimiento del medio y hay que estudiar de un libro.
Leer despacio, subrayar poco, contarlo con el libro cerrado y comprobar lo que
no salga. Un niño que ha hecho eso con textos de cinco líneas a los siete años
llega a los temas de dos páginas con el método hecho.
Y quien no, se enfrenta al primer examen releyendo cuatro veces, que es lo que
menos fija — está contado en Reconocer y
recordar.
Qué textos elegir
Cortos. Cinco líneas a los siete años. Un párrafo a los
nueve.
Sobre algo que le interese. Animales, dinosaurios, espacio,
volcanes. El interés hace el trabajo del motor que en un cuento hace la
historia.
Con datos comprobables. Mejor si se puede mirar después.
Con dos o tres palabras nuevas, no diez. Con diez, el texto
deja de entenderse y no hay comprensión que valga.
Los títulos y los dibujos, que no son adorno
Un texto informativo trae ayudas que un cuento no tiene, y casi ningún niño
las usa: los títulos, las palabras en negrita, los dibujos y sus pies.
Leer el título y mirar los dibujos antes de leer el texto da una idea
de qué va a contar, y con esa idea en la cabeza el texto se entiende bastante
mejor. Se llama anticipar y es gratis.
Los pies de foto son además donde suele estar la información más concreta, y
son cortos. Merece señalarlo: no es texto de relleno, es el resumen.
Y las palabras en negrita están así por algo — normalmente son las que hay que
saber. Enseñar a mirarlas ahorra la mitad del subrayado.
Preguntar antes de leer
Hay un gesto de treinta segundos que cambia bastante lo que queda: antes de
empezar, preguntar qué sabe ya del tema.
«Vamos a leer sobre las abejas. ¿Qué sabes tú de las abejas?» El niño saca lo
que tiene, y el texto llega a un sitio donde ya hay algo — se engancha en vez de
caer en el vacío.
Y funciona también al revés al terminar: «¿qué has aprendido que no sabías?».
Esa pregunta obliga a comparar el antes y el después, que es una manera muy
directa de darse cuenta de que se ha aprendido algo.
Las dos juntas cuestan un minuto y hacen más que releer el texto otra vez.
Cómo practicarlo jugando
En una palabra entrena encontrar la idea
que agrupa varias cosas, que es exactamente resumir un párrafo.
Qué sobra trabaja distinguir lo que encaja de
lo que no —que es lo que hace falta para subrayar poco— y ¿Dónde vive cada uno? el conocimiento del
medio del que van estos textos.
Cinco minutos. Y un texto de cinco líneas, que es una sesión entera.
Qué imprimir
Leer sobre animales y Leer sobre el mundo son textos
informativos cortos con preguntas: unos de animales y otros de plantas, agua y
cómo funcionan las cosas.
Las dos mezclan preguntas de buscar el dato con alguna de deducir, para que no
sea solo copiar la frase — está contado en Leer
entre líneas.
Y si la comprensión de textos narrativos todavía cuesta, Comprensión lectora va antes.
Lo esencial
Un texto informativo no se lee como un cuento: no hay historia que tire, los
datos importan, se vuelve atrás y hay palabras nuevas de verdad. Se lee más
despacio, y hay que decírselo al niño porque muchos aplican la velocidad de la
novela y no retienen nada. Subrayar sirve aquí y no en un cuento, con una regla:
una idea por párrafo y pocas palabras. La comprobación es contarlo con el texto
tapado. Y lo que convierte la lectura en conocimiento es el paso final —mirar en
la realidad lo que se ha leído—, que cuesta dos minutos y casi nadie da.