Un niño de siete años lee perfectamente las instrucciones de un juego de
mesa, empieza a jugar y a los dos minutos se ha saltado una regla. Otro lee una
receta y mete la mezcla en el horno sin haberlo encendido antes.
No es falta de atención. Leer una instrucción es un tipo de lectura distinto
del de un cuento, y nadie lo enseña como tal.
Qué cambia respecto a un cuento
El orden es obligatorio. En un cuento se puede saltar una
frase y seguir entendiendo. En una receta, saltarse un paso estropea el
resultado.
Hay que retener mientras se hace. No basta con entenderlo:
hay que sostener el paso tres en la cabeza mientras las manos hacen el dos.
Hay que leerlo entero antes. Es la regla que más se salta y
la que más disgustos evita: si el horno tenía que estar caliente, enterarse en el
paso cinco ya es tarde.
Se relee constantemente. Nadie memoriza una receta: se vuelve
a mirar cada dos pasos. Volver al texto aquí no es debilidad — es el método.
La versión sin texto de todo esto es Dictado en cuadrícula: una orden de dos
partes que hay que sostener mientras se ejecuta, con un dibujo al final.
Por qué se salta pasos
Tres motivos, y ninguno es no querer.
Cree que ya sabe cómo sigue. Ha visto hacer eso antes y
adelanta. Es lo mismo que pasa al leer: la cabeza predice, y aquí la predicción
estorba.
El paso tiene dos cosas dentro. «Corta el papel y dóblalo por
la mitad» son dos órdenes en una frase, y muchos niños hacen la primera y siguen
leyendo.
No sabe por dónde iba. Al levantar la vista del papel para
hacer algo y volver, se pierde. Es un problema de localización, no de
comprensión.
El tercero se resuelve con un truco de dos segundos: poner el dedo o una
regla en el paso que se está haciendo.
Los cuatro hábitos que lo arreglan
Leerlo todo antes de tocar nada. Se dice en voz alta la
primera vez y se repite siempre igual, como en cualquier otra rutina.
Contar cuántos pasos hay. Antes de empezar. Saber que son
seis cambia cómo se lee, y de paso da una manera de comprobar si falta alguno.
Marcar los que ya están. Con lápiz, tachando o con el dedo.
Quita carga de memoria y es lo mismo que hace un adulto con una lista de la
compra.
Comprobar el resultado contra el texto. «Dice que tiene que
quedar plano, ¿ha quedado plano?» Es la parte que casi nunca se hace y la que
enseña que la instrucción se puede consultar también al final.
Dónde practicarlo sin ningún material
En la cocina. Es el sitio natural y el que más motiva, porque
al final se come. Una receta de cuatro pasos a los siete años es perfecta.
Con los juegos de mesa nuevos. Que lea él las reglas y las
explique a los demás. Explicar obliga a haberlas entendido en orden.
Montando algo. Un mueble pequeño, un juguete de piezas. Las
instrucciones con dibujos son la entrada perfecta porque no piden leer mucho.
Con la lista de la compra. Que la lleve él y vaya tachando.
Es una instrucción larga y sin orden obligatorio, que es un nivel más fácil.
Las instrucciones del examen, que son otro asunto
Merece un apartado porque es donde esto se paga caro y se ve poco.
En una ficha de clase, el enunciado dice «rodea», «subraya» o «une con
flechas», y un niño que va rápido hace lo que suele hacerse en esas hojas en vez
de lo que pide esa. Colorea donde había que rodear.
No es que no sepa el contenido: es que no ha leído la instrucción, porque la
ha dado por supuesta. Y en un examen eso se corrige como si fuera un fallo de
conocimiento.
El hábito que lo evita es subrayar el verbo del enunciado antes de empezar.
Suena a manía y en dos semanas se nota.
Cuántos pasos a cada edad
Cuatro y cinco años. Dos pasos, dichos de viva voz. «Coge el
vaso y ponlo en la mesa.» Escrito todavía no.
Seis años. Tres pasos escritos y cortos, con dibujos si los
hay.
Siete y ocho. Cuatro o cinco pasos, ya sin dibujos, y con
pasos que contienen dos acciones.
Ocho y nueve. Instrucciones con condiciones: «si sobra masa,
haz otra bola». Las condiciones son un salto grande y conviene señalarlas.
El vocabulario que hace falta
Hay un puñado de palabras que aparecen en casi todas las instrucciones y que
muchos niños no tienen del todo.
Las de orden: primero, después, a continuación, por último, mientras, antes
de. Las de posición: encima, debajo, hacia dentro, por la mitad, a lo largo. Y
las de cantidad imprecisa: un poco, la mitad, hasta que.
Merece la pena mirarlas cuando algo no sale: muchas veces el paso está bien
leído y lo que falla es que «a lo largo» no significaba nada. Se enseñan
haciendo, no explicando.
Escribir instrucciones, que enseña el doble
Hay una vuelta de tuerca que rinde mucho y que casi nunca se propone: que sea
el niño quien escriba las instrucciones de algo.
Cómo se hace un bocadillo. Cómo se llega del portal al parque. Las reglas del
juego que se acaba de inventar. Al escribirlas descubre solo lo que un lector
necesita saber, y eso es imposible de explicar de otra manera.
La prueba está en ejecutarlas al pie de la letra, sin poner nada de nuestra
parte. Si pone «pon el jamón» sin decir antes «abre el pan», sale un desastre
divertido y la lección queda clara en diez segundos.
Es además la manera más rápida de que entienda por qué una instrucción tiene
que ir en orden y por qué no se puede dar nada por supuesto.
Cómo practicarlo jugando
Dictado en cuadrícula es el más
parecido: una orden de dos partes que hay que retener mientras se ejecuta, y con
un dibujo al final que compensa el esfuerzo.
Qué va antes entrena el orden de los
hechos, que es lo que hay debajo de seguir unos pasos: si no se sostiene qué fue
primero, tampoco se sostiene qué paso va antes.
Y Pon la mesa junta las dos cosas: una
instrucción con cantidad y con posición, que es exactamente la forma de una
receta.
Cinco minutos. Y una receta de verdad el fin de semana, que vale por todo lo
demás.
Qué imprimir
Leer instrucciones
tiene tres textos con pasos —un avión de papel, plantar una lenteja y un juego
para dos— con preguntas sobre el orden y sobre por qué cada paso está donde
está. Con soluciones.
Tienen una ventaja: los tres se pueden hacer de verdad después de leerlos, y
una instrucción ejecutada se entiende de otra manera.
Para la parte de retener mientras se ejecuta, Dictado en cuadrícula en
papel, donde el adulto lee la orden y el niño la sigue sin saber qué va a
salir.
Y si el problema es enterarse de lo que se lee en general, antes va Comprensión lectora, contado en Leer de corrido y no enterarse.
Lo esencial
Leer una instrucción no es leer un cuento: el orden es obligatorio, hay que
retener el paso siguiente mientras las manos hacen el actual, y hay que leerlo
entero antes de empezar. Se salta pasos por tres motivos —cree que ya sabe cómo
sigue, el paso lleva dos órdenes dentro, o se pierde al volver al papel— y los
tres tienen remedio concreto. Los hábitos que lo arreglan son cuatro: leerlo
todo antes, contar los pasos, marcar los hechos y comprobar el resultado contra
el texto. Y en clase, subrayar el verbo del enunciado evita la mitad de los
fallos que se corrigen como si fueran de contenido.