Lectura y lenguaje

Leer para hacer: las instrucciones

Por El equipo de Kodomi Club · 2 de septiembre de 2026 · 8 min

Leer para hacer: las instrucciones

Un cuento se lee de corrido; una instrucción hay que ejecutarla en orden. Es la lectura más práctica que existe y casi nunca se trabaja.

Un niño de siete años lee perfectamente las instrucciones de un juego de mesa, empieza a jugar y a los dos minutos se ha saltado una regla. Otro lee una receta y mete la mezcla en el horno sin haberlo encendido antes.

No es falta de atención. Leer una instrucción es un tipo de lectura distinto del de un cuento, y nadie lo enseña como tal.

Qué cambia respecto a un cuento

El orden es obligatorio. En un cuento se puede saltar una frase y seguir entendiendo. En una receta, saltarse un paso estropea el resultado.

Hay que retener mientras se hace. No basta con entenderlo: hay que sostener el paso tres en la cabeza mientras las manos hacen el dos.

Hay que leerlo entero antes. Es la regla que más se salta y la que más disgustos evita: si el horno tenía que estar caliente, enterarse en el paso cinco ya es tarde.

Se relee constantemente. Nadie memoriza una receta: se vuelve a mirar cada dos pasos. Volver al texto aquí no es debilidad — es el método.

La versión sin texto de todo esto es Dictado en cuadrícula: una orden de dos partes que hay que sostener mientras se ejecuta, con un dibujo al final.

Por qué se salta pasos

Tres motivos, y ninguno es no querer.

Cree que ya sabe cómo sigue. Ha visto hacer eso antes y adelanta. Es lo mismo que pasa al leer: la cabeza predice, y aquí la predicción estorba.

El paso tiene dos cosas dentro. «Corta el papel y dóblalo por la mitad» son dos órdenes en una frase, y muchos niños hacen la primera y siguen leyendo.

No sabe por dónde iba. Al levantar la vista del papel para hacer algo y volver, se pierde. Es un problema de localización, no de comprensión.

El tercero se resuelve con un truco de dos segundos: poner el dedo o una regla en el paso que se está haciendo.

Los cuatro hábitos que lo arreglan

Leerlo todo antes de tocar nada. Se dice en voz alta la primera vez y se repite siempre igual, como en cualquier otra rutina.

Contar cuántos pasos hay. Antes de empezar. Saber que son seis cambia cómo se lee, y de paso da una manera de comprobar si falta alguno.

Marcar los que ya están. Con lápiz, tachando o con el dedo. Quita carga de memoria y es lo mismo que hace un adulto con una lista de la compra.

Comprobar el resultado contra el texto. «Dice que tiene que quedar plano, ¿ha quedado plano?» Es la parte que casi nunca se hace y la que enseña que la instrucción se puede consultar también al final.

Dónde practicarlo sin ningún material

En la cocina. Es el sitio natural y el que más motiva, porque al final se come. Una receta de cuatro pasos a los siete años es perfecta.

Con los juegos de mesa nuevos. Que lea él las reglas y las explique a los demás. Explicar obliga a haberlas entendido en orden.

Montando algo. Un mueble pequeño, un juguete de piezas. Las instrucciones con dibujos son la entrada perfecta porque no piden leer mucho.

Con la lista de la compra. Que la lleve él y vaya tachando. Es una instrucción larga y sin orden obligatorio, que es un nivel más fácil.

Las instrucciones del examen, que son otro asunto

Merece un apartado porque es donde esto se paga caro y se ve poco.

En una ficha de clase, el enunciado dice «rodea», «subraya» o «une con flechas», y un niño que va rápido hace lo que suele hacerse en esas hojas en vez de lo que pide esa. Colorea donde había que rodear.

No es que no sepa el contenido: es que no ha leído la instrucción, porque la ha dado por supuesta. Y en un examen eso se corrige como si fuera un fallo de conocimiento.

El hábito que lo evita es subrayar el verbo del enunciado antes de empezar. Suena a manía y en dos semanas se nota.

Cuántos pasos a cada edad

Cuatro y cinco años. Dos pasos, dichos de viva voz. «Coge el vaso y ponlo en la mesa.» Escrito todavía no.

Seis años. Tres pasos escritos y cortos, con dibujos si los hay.

Siete y ocho. Cuatro o cinco pasos, ya sin dibujos, y con pasos que contienen dos acciones.

Ocho y nueve. Instrucciones con condiciones: «si sobra masa, haz otra bola». Las condiciones son un salto grande y conviene señalarlas.

El vocabulario que hace falta

Hay un puñado de palabras que aparecen en casi todas las instrucciones y que muchos niños no tienen del todo.

Las de orden: primero, después, a continuación, por último, mientras, antes de. Las de posición: encima, debajo, hacia dentro, por la mitad, a lo largo. Y las de cantidad imprecisa: un poco, la mitad, hasta que.

Merece la pena mirarlas cuando algo no sale: muchas veces el paso está bien leído y lo que falla es que «a lo largo» no significaba nada. Se enseñan haciendo, no explicando.

Escribir instrucciones, que enseña el doble

Hay una vuelta de tuerca que rinde mucho y que casi nunca se propone: que sea el niño quien escriba las instrucciones de algo.

Cómo se hace un bocadillo. Cómo se llega del portal al parque. Las reglas del juego que se acaba de inventar. Al escribirlas descubre solo lo que un lector necesita saber, y eso es imposible de explicar de otra manera.

La prueba está en ejecutarlas al pie de la letra, sin poner nada de nuestra parte. Si pone «pon el jamón» sin decir antes «abre el pan», sale un desastre divertido y la lección queda clara en diez segundos.

Es además la manera más rápida de que entienda por qué una instrucción tiene que ir en orden y por qué no se puede dar nada por supuesto.

Cómo practicarlo jugando

Dictado en cuadrícula es el más parecido: una orden de dos partes que hay que retener mientras se ejecuta, y con un dibujo al final que compensa el esfuerzo.

Qué va antes entrena el orden de los hechos, que es lo que hay debajo de seguir unos pasos: si no se sostiene qué fue primero, tampoco se sostiene qué paso va antes.

Y Pon la mesa junta las dos cosas: una instrucción con cantidad y con posición, que es exactamente la forma de una receta.

Cinco minutos. Y una receta de verdad el fin de semana, que vale por todo lo demás.

Qué imprimir

Leer instrucciones tiene tres textos con pasos —un avión de papel, plantar una lenteja y un juego para dos— con preguntas sobre el orden y sobre por qué cada paso está donde está. Con soluciones.

Tienen una ventaja: los tres se pueden hacer de verdad después de leerlos, y una instrucción ejecutada se entiende de otra manera.

Para la parte de retener mientras se ejecuta, Dictado en cuadrícula en papel, donde el adulto lee la orden y el niño la sigue sin saber qué va a salir.

Y si el problema es enterarse de lo que se lee en general, antes va Comprensión lectora, contado en Leer de corrido y no enterarse.

Lo esencial

Leer una instrucción no es leer un cuento: el orden es obligatorio, hay que retener el paso siguiente mientras las manos hacen el actual, y hay que leerlo entero antes de empezar. Se salta pasos por tres motivos —cree que ya sabe cómo sigue, el paso lleva dos órdenes dentro, o se pierde al volver al papel— y los tres tienen remedio concreto. Los hábitos que lo arreglan son cuatro: leerlo todo antes, contar los pasos, marcar los hechos y comprobar el resultado contra el texto. Y en clase, subrayar el verbo del enunciado evita la mitad de los fallos que se corrigen como si fueran de contenido.

Para practicarlo jugando

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