Hay una escena que se repite en todas las casas con un niño de tres años.
Señala un jersey azul y dice «verde». Se le corrige. Al minuto siguiente señala
una hoja verde y dice «azul». Y uno empieza a preguntarse si ve bien.
Ve perfectamente. Lo que todavía no tiene es la frontera. Distinguir dos
colores y saber cómo se llama cada uno son dos habilidades distintas, y la
segunda llega bastante después que la primera.
Ver el color y nombrarlo no es lo mismo
Un bebé de pocos meses ya distingue el rojo del azul: se le puede demostrar
sin palabras, porque mira más rato lo que cambia. La vista funciona desde muy
pronto y casi nunca es el problema.
El problema es que el color es un continuo. Entre el azul y el verde no hay
ninguna línea: hay una transición suave, y cada idioma decide dónde cortarla. El
niño no tiene que aprender a ver la diferencia, que ya la ve. Tiene que aprender
dónde pone el español la frontera, y eso es información cultural, no biológica.
Por eso a esta edad funciona tan bien cualquier cosa que obligue a decidir
«esto sí, esto no» con un color delante. En Caza del arcoíris hay que recoger solo lo
de un color entre cosas de varios, que es exactamente esa decisión repetida
muchas veces seguidas y sin explicaciones.
El orden en que salen
Casi siempre es el mismo, y tiene su lógica. Primero el rojo y el amarillo:
son los más separados de todo lo demás, los que menos se confunden con nada y
los que más aparecen en juguetes y dibujos.
Después el azul y el verde, que son vecinos y por eso se pisan durante meses.
Un niño puede tener el rojo perfectamente y seguir bailando entre azul y verde
medio año más. No es que haya olvidado nada: es que la frontera entre esos dos
es la más difícil de todas.
Luego el negro y el blanco, que se aprenden tarde por un motivo curioso —no
son colores «de verdad» y aparecen menos como respuesta a la pregunta «¿de qué
color es?»—. Y al final el naranja, el rosa, el morado y el marrón, que son los
que hay que aprender de uno en uno.
Si a los cuatro años tiene seis o siete colores firmes, va bien. Si tiene
tres, tampoco pasa nada todavía.
El error que retrasa el asunto
Es preguntar «¿de qué color es esto?» todo el rato.
La pregunta directa exige recuperar la palabra de memoria sin ninguna ayuda,
que es lo más difícil que se puede pedir. Un niño que no está seguro contesta al
azar, acierta la mitad de las veces por casualidad y no aprende nada de ninguna
de las dos.
Funciona mucho mejor al revés: dar la palabra y pedir la cosa. «Tráeme el
coche rojo.» Ahí no hay que recordar nada — solo reconocer, que es bastante más
fácil. Y como hay que elegir entre varios, la respuesta correcta se nota
enseguida y la equivocada también.
Cuando eso sale ocho o nueve veces de cada diez, entonces sí tiene sentido dar
la vuelta a la pregunta.
Los tonos, que son otra cosa
Hacia los cuatro o cinco años aparece un salto que se pasa por alto: entender
que el azul claro y el azul oscuro siguen siendo azul.
Parece obvio y no lo es. Para un niño que acaba de aprender que cada color
tiene su nombre, un azul muy claro es un color distinto y merece un nombre
distinto. Que dos cosas visiblemente diferentes se llamen igual, y a la vez el
azul y el verde —que se parecen mucho más entre sí— se llamen distinto, es un
lío razonable.
Ordenar del más claro al más oscuro resuelve eso mejor que cualquier
explicación, porque pone los tonos en fila y se ve que son el mismo color con
más o menos luz. Es lo que hace Tonos de
color, y de paso entrena algo que después hace falta para muchas cosas:
ordenar una serie por una cualidad que cambia poco a poco.
Mezclar, que es donde se entiende de verdad
La pregunta «¿de dónde sale el verde?» tiene una respuesta que se puede ver, y
verla cambia cómo se piensa el color entero.
Con pintura, con plastilina o con dos vasos de agua teñida: amarillo y azul
dan verde, rojo y amarillo dan naranja, rojo y azul dan morado. La primera vez
que un niño lo hace con las manos suele quedarse callado un momento, que es la
cara de estar reordenando algo por dentro.
Lo que aprende ahí no es una lista de mezclas. Es que los colores no son
etiquetas sueltas sino un sistema, con unos pocos que dan todos los demás. En Mezclamos colores está la versión sin
manchas, útil para repetirlo veinte veces cuando en casa no apetece sacar la
pintura.
Cuando de verdad conviene mirarlo
Hay una diferencia entre confundir los nombres y no separar los colores.
Lo primero es normal hasta bien entrados los cuatro años y a veces más. Lo
segundo se nota en otra cosa: el niño no falla en el nombre, falla en emparejar.
Se le pide que junte las fichas del mismo color y junta cosas que a un adulto le
parecen claramente distintas. Y falla siempre con la misma pareja de colores, no
al azar.
Esa combinación —fallo constante, siempre con los mismos dos colores, y en
emparejar y no en nombrar— es la que merece una consulta con el pediatra. No es
frecuente, y en las niñas menos que en los niños. Con los nombres bailando y el
emparejado correcto no hay nada que mirar: hay que esperar.
Cómo practicarlo jugando
Los tres juegos de color hacen tres cosas distintas y conviene no
mezclarlas.
Caza del arcoíris es el primero:
recoger todo lo de un color entre cosas de varios. Solo pide reconocer, que es
por donde se empieza, y va bien desde los tres años.
Tonos de color viene después, cuando los
básicos ya están: ordenar del más claro al más oscuro. Es más de lógica que de
color, y por eso funciona mejor a partir de los cuatro o cinco.
Y Mezclamos colores es el que explica
de dónde salen: dos colores que se juntan y dan un tercero. Conviene haberlo
hecho antes con pintura de verdad al menos una vez — la pantalla repite bien lo
que las manos ya han entendido, pero no lo sustituye.
Cinco minutos, uno de los tres, sin preguntar «¿de qué color es?» ni una vez.
Sobre por qué las sesiones cortas y diarias ganan a las largas, hay más en Diez minutos al día.
Qué imprimir
Para las primeras semanas, el Bingo de figuras y colores:
se juega dando la palabra y buscando la casilla, que es la dirección fácil, y al
ser un juego de mesa el adulto dice el color en voz alta muchas veces sin que
parezca una lección.
Cuando ya haya cinco o seis colores firmes, Sudoku de colores: hay que colocar
cada color sin repetirlo en una fila, así que el color deja de ser el tema y
pasa a ser la herramienta. Es la señal de que está aprendido.
Y Colorea por números para
el rato largo: cada número es un color, y la hoja obliga a mantener la
correspondencia durante veinte minutos. Sirve igual para el color que para el
número.
Lo esencial
Distinguir los colores y saber cómo se llaman son dos cosas distintas: la
vista funciona desde bebé y lo que falta son las fronteras del idioma. Salen en
un orden bastante fijo —rojo y amarillo antes, azul y verde después, y esos dos
se pisan durante meses—. Preguntar «¿de qué color es?» es la manera más lenta;
decir el color y pedir la cosa, la más rápida. Y conviene mirarlo solo cuando
falla el emparejado, siempre con la misma pareja: con los nombres bailando no
hay nada que mirar.