Un mandala es un dibujo que se repite alrededor de un centro, y esa repetición es lo que engancha: al pintar el tercer sector ya se sabe qué toca, y se puede seguir sin pensar y sin aburrirse.
Estos tienen pocos sectores y las zonas grandes a propósito, porque a los cinco años una zona pequeña se pinta mal y se abandona la hoja. Colorear siguiendo un modelo se practica en Colorea como el modelo.
Zonas grandes, manos pequeñas
Una zona de dos centímetros se pinta de tres pasadas y queda bien. Una de medio centímetro se sale siempre, por bien que se intente.
Y salirse repetidamente es lo que hace que un niño decida que colorear no se le da bien.
Por eso el tamaño de la zona no es un detalle de diseño: decide si la hoja se termina.
Empezar por el centro
Es lo más pequeño y lo que más cuesta, y con la mano descansada sale mejor.
Además, al ir hacia fuera las zonas se agrandan, con lo que el ejercicio se va haciendo más fácil según se avanza.
Esa curva descendente es la misma que hace que se terminen los crucigramas.
Repetir el color en los sectores iguales
Es la regla que convierte el mandala en un ejercicio de patrón: todas las zonas que ocupan el mismo sitio en su sector se pintan igual.
No hay que imponerlo, pero proponerlo antes de empezar cambia el resultado y el trabajo.
Y obliga a mirar la estructura del dibujo en vez de pintar zona a zona.
O pintar cada zona distinta
También vale, y produce algo bonito. No hay una manera correcta y conviene decirlo.
Con niños que se agobian ante una consigna, dejar libertad total la primera vez y proponer la regla en la segunda funciona mejor.
Lo que importa es que la hoja se termine y que apetezca hacer otra.
Cuántos colores
Con tres o cuatro se ve el patrón. Con doce, el mandala se convierte en una mancha y la repetición no se aprecia.
Elegir los colores antes de empezar y dejarlos en la mesa es un paso de treinta segundos que mejora el resultado.
Y es una decisión, que a los cinco años ya se puede tomar.
Lápiz de color, no rotulador
El rotulador se sale por capilaridad y traspasa el papel; el lápiz permite corregir la presión y quedarse dentro.
Y con lápiz se puede pintar más fuerte o más flojo, que es control de la mano y no solo color.
Las ceras gruesas van bien a los cuatro años, cuando el agarre todavía es de puño.
Lo que entrena la mano
Pintar sin salirse es control de la presión y del recorrido, y es lo mismo que hace falta para escribir dentro de la pauta.
Frenar en el borde es un gesto concreto que se entrena aquí y que después decide si una letra se sale del renglón.
Y aguantar quince minutos coloreando es atención sostenida, que también se entrena.
Lo que entrena la cabeza
Reconocer que un sector se repite, decidir un esquema de color y mantenerlo hasta el final.
Eso es un patrón: descubrirlo, aplicarlo y no perderlo a la mitad.
Es exactamente lo mismo que se pide en una serie de figuras, con la ventaja de que el resultado se cuelga.
Sin corregir el color
Un cielo verde no es un error. En un mandala no hay nada que represente nada, así que cualquier color es correcto.
Lo único que se puede señalar, y con cuidado, es si el esquema que él mismo eligió se ha roto a la mitad.
Y ni siquiera eso hace falta: se ve solo al mirar la hoja terminada.
Cuando se cansa a la mitad
Es normal y no pasa nada. Un mandala se puede dejar y retomar al día siguiente sin que se estropee.
Lo que sí conviene es no obligar a acabarlo de una vez, porque la segunda mitad sale peor y desanima.
Y si se abandona del todo, la hoja siguiente debería tener menos sectores.
Un rato de calma
Es de las pocas tareas que bajan las pulsaciones en vez de subirlas, y por eso funciona bien al final del día.
No pide explicación de nadie ni corrección de nadie, así que se puede hacer mientras el adulto está en otra cosa.
Y en salas de espera y viajes, con una caja de lápices, es difícil de mejorar.
Colgarlo
Un mandala terminado se cuelga bien y se ve bien de lejos, más que casi cualquier otra hoja.
Y verlo en la pared es lo que hace que se pida otro, que es el objetivo.
Poner la fecha detrás permite además comparar los de hace meses y ver cómo ha cambiado el trazo.
Colorear con alguien al lado
Dos mandalas iguales y dos personas, cada una con el suyo. No es una competición: es compañía.
Y al final se comparan, que casi siempre acaba en conversación sobre por qué cada uno eligió esos colores.
Con niños que no quieren hacer nada solos, esto es lo que hace que se sienten.
De dónde vienen los mandalas
Son dibujos que se hacen desde hace siglos en varias culturas, siempre con la misma idea: algo que se repite alrededor de un centro.
Contarlo hace que la hoja deje de ser un pasatiempo y tenga historia detrás.
Y da pie a buscar dibujos parecidos en rosetones de iglesias o en azulejos, que están más cerca de lo que parece.
Qué edad
Cuatro o seis sectores con zonas grandes, desde los cuatro o cinco.
Ocho o diez sectores, a partir de los seis o siete.
Doce o más, con zonas pequeñas, a los ocho o nueve.
Dibujar uno propio
Con un plato para el círculo grande, un vaso para el pequeño y una regla para los sectores.
Es un ejercicio de geometría escondido: hay que repartir el círculo en partes iguales.
Y con seis sectores se puede hacer sin transportador, usando el radio para marcar la circunferencia.
Cuánto por sesión
Uno, quince o veinte minutos. No hay ninguna prisa y no hay nada que corregir.
Va bien como cierre de una sesión de trabajo, o como actividad única de una tarde tranquila.
Y uno por semana es suficiente: es material que se disfruta y que se estropea si se convierte en tarea.
Antes y después de esto
Qué es un mandala y qué entrena colorear uno está en colorear un mandala. Y por qué salirse importa mucho menos de lo que parece, en rellenar y colorear.
Cómo practicarlo jugando
Colorea como el modelo trabaja el color siguiendo una referencia.
¿Qué viene después? entrena el patrón que el mandala repite y Simetría la estructura alrededor de un centro.
Qué imprimir
Mandalas para empezar trae cuatro mandalas de pocos sectores y zonas grandes.
El paso siguiente son Mandalas para colorear. Y para más repetición, Mosaicos para empezar.
Lo esencial
- El tamaño de la zona decide si la hoja se termina: con zonas pequeñas a los cinco años se abandona.
- Se empieza por el centro, que es lo más difícil, y hacia fuera todo se agranda.
- Repetir el color en los sectores iguales convierte el mandala en un ejercicio de patrón.
- Con tres o cuatro colores se ve la repetición; con doce se convierte en una mancha.
- No hay colores equivocados: lo único que se puede señalar es si se rompe el esquema elegido.