«Un cuaderno cuesta 3 euros y una goma 2. Pago con 10. ¿Cuánto me
devuelven?» El niño escribe 5 y se queda tan tranquilo.
Ha calculado bien. Lo que no ha hecho es mirar si eso contesta la pregunta —
y en un problema de dos pasos, la primera cuenta casi nunca la contesta.
Por qué se para en el primer paso
Conviene descartar antes lo otro: si el cálculo todavía cuesta, no queda
atención para la estructura. Sumar jugando lo
dice en dos minutos — si las cuentas piden pensarlas, el problema de dos pasos
va a fallar por ahí y no por la comprensión.
Porque durante dos años todos los problemas han tenido una sola cuenta. El
niño ha aprendido, razonablemente, que problema es igual a operación: se sacan
los números, se opera y se escribe el resultado.
Cuando llega uno de dos pasos, aplica lo mismo. Hace una cuenta, obtiene un
número y da por hecho que ha terminado, porque siempre había sido así.
No es un fallo de cálculo ni de atención: es una expectativa aprendida. Y lo
que hay que romper es esa expectativa, no enseñar a operar dos veces.
La pregunta que lo desbloquea
Una sola, y funciona casi siempre: «¿esto que has calculado es lo que
te preguntan?».
Hecha después de la primera cuenta, obliga a volver al enunciado y comparar.
Y casi siempre la respuesta es no — porque le han preguntado cuánto le devuelven,
no cuánto cuesta todo.
Es mejor que decir «falta otro paso», que da la información hecha. Aquí el
niño descubre él que falta, y ese descubrimiento es el que después hace solo.
Con quince o veinte repeticiones, la pregunta se interioriza y aparece sin que
nadie la haga.
Subrayar la pregunta antes de operar
El otro hábito que lo resuelve, y va antes: leer el enunciado y subrayar
qué se pregunta antes de tocar ningún número.
Porque el problema está en que la pregunta se lee al principio y se olvida
enseguida — la atención se va a los números, que son lo que se sabe manejar.
Subrayada, la pregunta sigue ahí al terminar la primera cuenta, y comparar es
inmediato. Es el mismo mecanismo de tachar lo ya usado: quita carga de
memoria.
Y enlaza con algo más general: mirar antes de empezar, que está contado en Planificar antes de actuar.
Escribir las dos operaciones
Parece un detalle de forma y es lo que hace visible dónde está el fallo.
Si el niño escribe solo el resultado final, no se puede saber dónde falló: si
en decidir la primera operación, en la segunda, o en calcular. Y él tampoco puede
revisarlo.
Con las dos escritas, un error se localiza en diez segundos. Y con el tiempo
el niño aprende a revisarlas él, que es lo que de verdad interesa.
Conviene pedirlo siempre, incluso cuando la primera cuenta se hace de cabeza.
Escribirla no es una molestia burocrática: es lo que hace el problema
revisable.
El resultado intermedio, que confunde
Hay una dificultad extra que merece nombrarse: en un problema de dos pasos
aparece un número que no estaba en el enunciado.
En el ejemplo del principio, el 5 no lo ha dicho nadie: sale de la primera
cuenta y hay que sostenerlo para usarlo en la segunda. Eso es memoria de trabajo,
y es lo que se agota primero.
Por eso escribirlo ayuda tanto: apuntado en el papel, deja de haber que
recordarlo. Y por eso estos problemas cansan tanto más que veinte cuentas
sueltas.
Dos o tres por sesión es lo razonable. Con cinco, los últimos salen mal por
cansancio y no por el problema.
Cuándo toca
Hacia los ocho años, y con dos condiciones previas.
Que los problemas de un paso salgan sin dudar. Si todavía se piensa cuál es la
operación en «tenía 9 y da 4», meter dos pasos es apilar dificultades.
Y que el cálculo esté automatizado. Un niño que cuenta con los dedos gasta ahí
toda la atención y no le queda para la estructura, que es lo que este tipo de
problema entrena.
Las dos se comprueban en cinco minutos, y merece la pena hacerlo antes de
empezar y no después de tres semanas de frustración.
Comprar y pagar. Sumar lo que cuesta todo y restar del
dinero. Es la más común y la más útil.
Multiplicar y quitar. Tres cajas de seis y se pierden cuatro.
Aparece en cuanto se sabe multiplicar.
Juntar y repartir. Doce niños y llegan ocho, en cuatro
equipos. Junta suma y división.
Tiempo. Cuánto dura todo y a qué hora se acaba. La más
difícil, porque además hay que manejar horas y minutos.
Lo que no funciona
Enseñar palabras clave. «En total es sumar» falla enseguida
en dos pasos, donde hay dos operaciones y una sola pregunta — está contado en Problemas de matemáticas.
Explicarle el problema. Termina el ejercicio y no enseña
nada. La ayuda que sirve es una pregunta.
Poner muchos seguidos. El cansancio produce errores que
parecen de comprensión y no lo son.
Corregir solo el resultado. Sin ver las dos operaciones no se
sabe qué corregir.
Contarlo hacia atrás
Hay una técnica que funciona muy bien a partir de los ocho y que además
enseña a planificar: empezar por la pregunta y retroceder.
«¿Cuánto me devuelven?» Para saberlo necesito cuánto he pagado y cuánto he
gastado. El dinero lo sé; lo gastado no. Entonces eso es lo primero que hay que
calcular.
Ese razonamiento —qué necesito para contestar, y qué necesito para eso— es lo
que convierte un problema en un plan. Y una vez hecho, las cuentas salen en
orden solas.
Al principio hay que guiarlo con las preguntas. A las diez o quince veces,
muchos niños empiezan a hacerlo por su cuenta y se nota en que ya no hacen la
primera cuenta al azar.
Inventar el problema, que enseña el doble
Un ejercicio que cuesta cero y rinde mucho: pedirle que se invente uno.
Se le da el material —«tienes que usar 4, 3 y 20, y que hagan falta dos
cuentas»— y que escriba el enunciado. Para inventarlo hay que entender la
estructura por dentro, no solo aplicarla.
Y sale además una comprobación clarísima: si el problema que inventa se
resuelve con una sola cuenta, todavía no ha visto qué hace que sean dos.
Funciona muy bien entre hermanos o con el adulto: cada uno inventa uno y el
otro lo resuelve. Y descubrir que el tuyo estaba mal planteado enseña más que
resolver cinco bien.
Cómo practicarlo jugando
Sumar jugando y Restar jugando automatizan el cálculo, que es
la condición previa: sin eso, no queda cabeza para la estructura.
Descompón el número trabaja partir y
juntar cantidades, que es lo que pasa entre los dos pasos.
Cinco minutos de cálculo al día, y dos problemas en papel. No más.
Qué imprimir
Problemas de dos
pasos agrupa las formas más frecuentes en hojas separadas —comprar y pagar,
repartir y juntar, tiempo— y pide escribir las dos operaciones en el hueco, que
es lo que hace el problema revisable.
Antes de esa, Problemas de sumar y
restar de un solo paso.
Y si lo que falla es el cálculo y no la estructura, Sumas hasta 100 y Restas hasta 100.
Lo esencial
El niño para en el primer paso porque durante dos años problema ha significado
una operación, y aplica lo aprendido. Lo que hay que romper es esa expectativa, y
lo hace una sola pregunta: «¿esto que has calculado es lo que te preguntan?». El
hábito que lo previene es subrayar la pregunta antes de tocar los números. Y hay
que escribir las dos operaciones siempre: sin ellas no se puede saber dónde falló
ni él puede revisarlo. Dos o tres por sesión, que cansan más que veinte
cuentas.