Cálculo y matemáticas

Sabe calcular y falla los problemas: qué pasa ahí

Por El equipo de Kodomi Club · 31 de agosto de 2026 · 8 min

Sabe calcular y falla los problemas: qué pasa ahí

El cálculo está bien y el problema sale mal. Casi nunca es de matemáticas: es de lectura, de representar la situación o de decidir qué operación toca.

Es una de las situaciones que más desconcierta en casa. El niño resuelve veinte sumas seguidas sin fallar una. A continuación se le da un problema —«Ana tiene 5 canicas y le regalan 3, ¿cuántas tiene ahora?»— y se queda mirando la hoja.

La conclusión rápida es que no se esfuerza o que no lee bien. La real es que un problema no es una cuenta con un texto delante: pide cuatro cosas seguidas, y solo la última es calcular. Cuando algo falla, casi nunca es esa. En La tienda, por ejemplo, hay que calcular tanto como en una hoja de sumas y casi ningún niño se atasca, porque la situación se entiende sola.

Los cuatro pasos de un problema

Leer y entender. Enterarse de qué está pasando: quién hay, qué tiene, qué le ocurre. Si la lectura todavía cuesta, aquí se gasta todo y no queda nada para lo demás.

Representar la situación. Hacerse una imagen de lo que ocurre. Ana con cinco canicas, alguien que le da tres más. Este paso es invisible y es el que más se salta.

Decidir qué operación. Sumar, restar. Esto no se deduce de las palabras: se deduce de la situación. Y es donde de verdad se atascan la mayoría.

Calcular. El último y el único que se practica en las hojas de cuentas.

Saber en cuál de los cuatro se atasca cambia por completo lo que hay que hacer, y averiguarlo cuesta un minuto: se le lee el problema en voz alta y se le pregunta qué está pasando, sin pedirle que lo resuelva. Si no sabe contarlo, el atasco está en los dos primeros.

El error de las palabras clave

Hay un atajo que se enseña mucho y que funciona seis meses y estropea los tres años siguientes: buscar palabras que indican la operación. «En total» es sumar, «le quedan» es restar.

El problema es que en cuanto los enunciados se complican, el atajo se rompe: «Ana tiene 8 canicas, que son 3 más que Luis. ¿Cuántas tiene Luis?» lleva «más» y es una resta. Un niño entrenado a buscar palabras responde 11 sin pestañear.

Y hay algo peor: mientras usa el atajo, no está entendiendo la situación, así que no está construyendo lo único que sirve a largo plazo. Es un préstamo con intereses altos.

Lo que sí funciona: dibujarlo

El mejor sustituto del atajo es también el más simple. Que dibuje lo que pasa. No un dibujo bonito: palotes, círculos, rayas.

Cinco palotes, tres palotes más al lado. Ahí la operación aparece sola, sin tener que decidir nada — se ve. Y para el problema de Luis, dibujar dos filas y compararlas resuelve en diez segundos lo que las palabras enredaban.

Dibujar tiene además una ventaja escondida: obliga a hacer el paso de representar, que era el que se saltaba. Un niño que no puede dibujar el problema es un niño que no ha entendido la situación, y eso se descubre antes de que dé una respuesta al azar.

Se puede dejar de dibujar cuando ya no haga falta. Suele pasar solo.

Empezar por problemas sin números

Es la técnica que más rápido desatasca y casi nadie la usa: se cuenta la situación y se pregunta qué habría que hacer, no cuánto sale.

«Ana tenía canicas y le han regalado más. ¿Ahora tiene más o menos que antes?» Sin cifras, sin cuentas. El niño no puede refugiarse en calcular y tiene que pensar en la situación, que es exactamente lo que hay que entrenar.

Cuando eso sale bien, se ponen los números y el problema se resuelve solo. Mayor, menor o igual trabaja justo esa idea previa: comparar cantidades antes de operar con ellas.

El problema al revés: inventarlo él

Hay un ejercicio que vale por diez hojas y que casi nadie hace: pedirle que invente un problema cuya respuesta sea una cuenta dada.

«Inventa un problema que se resuelva con 5 + 3.» Al principio salen cosas raras y algunas ni siquiera funcionan, y eso es exactamente lo interesante: para inventarlo hay que entender qué situaciones producen una suma, que es el paso que falla al resolver.

Cuando le salga bien con sumas, se pasa a restas, que es bastante más difícil — hay al menos tres situaciones distintas que se resuelven restando: quitar, comparar y averiguar cuánto falta. Un niño que sabe inventar las tres ya no se equivoca eligiendo la operación.

Y tiene una ventaja práctica: se puede hacer andando, sin papel, en dos minutos.

Los problemas de la vida real

Lo que más rinde no está en ninguna hoja. Un niño de siete años resuelve sin ningún esfuerzo problemas bastante complicados cuando le importan.

Somos cinco y hay tres yogures, ¿cuántos faltan? Tenemos ocho euros y esto vale tres, ¿llega? Faltan veinte minutos para salir y la ducha son diez, ¿da tiempo?

Ahí están los cuatro pasos completos —entender, representar, decidir, calcular— y el niño los hace sin darse cuenta, porque la situación es suya. Media docena de preguntas así a la semana enseñan más que una hoja de problemas.

La tienda es la versión de pantalla de eso: comprar, pagar, contar el cambio. La situación se entiende sola y por eso el niño puede dedicar toda la cabeza a lo matemático.

Cuando el atasco es de lectura

Conviene comprobarlo antes que nada, porque cambia el plan entero: se le lee el problema en voz alta. Si así lo resuelve, no había ningún problema de matemáticas — había un problema de lectura, y lo que toca es leer más, no hacer más cuentas.

Es una comprobación de treinta segundos que ahorra meses de trabajo en la dirección equivocada, y sirve igual con siete años que con nueve.

Cómo practicarlo jugando

Las tres piezas se entrenan por separado y conviene saber cuál toca.

La tienda para la situación completa con sentido: comprar y pagar es un problema de verdad con todos sus pasos.

Mayor, menor o igual para lo que hay debajo de decidir la operación: comparar cantidades y ver qué relación hay entre ellas.

Y Resuelve la operación para que la parte de calcular no consuma atención. Un niño que calcula sin esfuerzo tiene la cabeza libre para pensar en el problema, que es de lo que va todo esto.

Qué imprimir

Problemas para empezar es la hoja de entrada: números hasta diez y una sola pregunta clara, juntar o quitar, para leer con el adulto al lado.

Después, Problemas de sumar y restar, ya con las dos operaciones mezcladas — que es donde de verdad hay que decidir y no solo calcular. Cada problema trae hueco para la operación además del de la respuesta, a propósito: dejarla escrita es lo que permite ver si el fallo fue al decidir o al calcular.

Y cuando eso salga, Problemas de comparar, que es el tipo que más se atasca y tiene su propio artículo.

Antes de los problemas, lo que hace falta es que el cálculo salga solo: Sumas hasta 10 y Restas hasta 10 en dosis cortas, hasta que no haya que pensarlas.

Y Resuelve y colorea tiene aquí un papel concreto: cada cuenta tiene una consecuencia visible, así que el niño practica algo que en los problemas es esencial — comprobar si el resultado tiene sentido antes de darlo por bueno.

Y si lo que falla es restar en concreto, está desarrollado en Restar: por qué cuesta más que sumar.

Lo esencial

Un problema pide entender, representar, decidir la operación y calcular, y solo lo último se practica en las hojas de cuentas. Cuando falla, casi nunca es el cálculo. La comprobación que lo aclara todo en treinta segundos: leerle el problema en voz alta —si así lo resuelve, era lectura—. Enseñar palabras clave funciona medio año y estropea los siguientes; lo que sirve es dibujar la situación con palotes y empezar por problemas sin números, donde hay que decir qué se haría y no cuánto sale.

Para saber más, las fuentes

Para practicarlo jugando

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