Un bingo de dividir parece un juego con cuentas metidas dentro, y lo interesante está en un detalle de diseño que casi nunca se nota.
Cuando alguien canta «cuarenta y dos entre seis», todos los jugadores tienen que calcular, no solo el que tiene el siete. Por eso una partida de cuatro da treinta divisiones por cabeza y solo unas pocas tachadas. La misma cuenta en pantalla la hace Divisiones con resto.
Todos calculan todo
Es el motivo por el que un bingo rinde tanto: para saber si el resultado está en tu cartón, primero hay que calcularlo.
Con cuatro jugadores y treinta fichas cantadas, cada uno hace treinta cuentas y tacha seis o siete. Las otras veintitantas se hacen igual.
Ninguna hoja consigue eso: en una hoja se hacen las cuentas propias y punto.
El sentido inverso
En el cartón están los resultados y lo que se canta es la división. Así que hay que ir del problema al resultado, calculando de verdad.
Y hay una versión mejor todavía: cantar el resultado y que cada uno tache una división que lo dé. Eso obliga a producir en vez de reconocer.
Conviene guardarla para cuando el bingo normal salga fácil, porque es bastante más difícil y no conviene empezar por ahí.
Quien canta también trabaja
El que saca las fichas tiene que leerlas bien y en voz alta, y si además comprueba los cartones, calcula el doble.
Por eso conviene turnarse: el papel de cantar no es el de un adulto, es un puesto más de la partida.
Y con un adulto cantando, el ritmo se puede ajustar a quien va más lento sin que se note.
El ritmo lo decide el más lento
Si se canta demasiado rápido, el que tarda deja de calcular y empieza a mirar el cartón esperando el número, que es justo lo contrario de lo que se busca.
Un par de segundos de más entre ficha y ficha no aburren a nadie y mantienen a todos calculando.
Y si alguien va muy por detrás, conviene bajar el rango de números antes que acelerar a los demás.
El cartón pequeño
Tres por tres con el centro libre es lo razonable. Con cartones de cinco por cinco la partida se alarga y la atención se cae antes de que nadie cante línea.
Partidas cortas y repetidas rinden más que una larga: en veinte minutos caben tres partidas y en cada una se reparten los cartones otra vez.
Y con cartones pequeños se gana más a menudo, que es lo que hace que se pida otra.
Con resultados repetidos
Un detalle que hay que cuidar al preparar: si dos divisiones distintas dan el mismo número, la ficha vale para las dos y eso está bien.
Lo que no puede pasar es que un resultado no esté en ningún cartón, porque entonces la ficha se canta y no sirve para nada.
Con dieciséis resultados posibles y cartones de nueve casillas, eso se resuelve solo.
Cuando se equivoca
Si alguien tacha un número que no era, lo normal es que se descubra al cantar línea y se compruebe. Ahí es donde el error se ve.
Conviene que la comprobación la haga otro jugador, no el adulto: revisar el cartón de otro es un ejercicio y además quita el papel de juez.
Y conviene que no pase nada por equivocarse: se destacha y se sigue. La partida continúa.
Las tablas que hacen falta
Un bingo de dividir se atasca si las tablas no están. Y eso se nota enseguida: el niño mira el cartón sin calcular.
En ese caso conviene bajar a un bingo de multiplicar unas semanas, que es el mismo formato con la operación que sí sale.
Insistir con divisiones cuando las tablas fallan solo consigue que el juego deje de apetecer.
Aprender a perder
Un bingo se gana por suerte, no por ser más rápido, y eso conviene decirlo: quien gana es el que tenía los números, no el que calcula mejor.
Es de los pocos juegos donde perder no dice nada de uno mismo, y por eso funciona bien con niños a los que perder les cuesta.
Y permite seguir jugando hasta que todos canten línea, que alarga la partida sin que nadie se quede fuera.
Guardar el material
Las fichas recortadas se pierden en veinticuatro horas si no se guardan. Un sobre con el nombre escrito y una caja donde vivan todos.
Y conviene plastificar o pegar en cartulina los cartones: uno que aguanta veinte partidas rinde mucho más que uno que se rompe a la tercera.
Con una funda y un rotulador borrable, además, los cartones se pueden usar muchas veces sin imprimirlos de nuevo.
Variantes con el mismo material
Bingo a la contra: gana el último en llenar el cartón. De repente interesa no tener los números que salen, y hay que estar igual de atento.
Dos fichas cantadas seguidas y se tacha el resultado de sumarlas. Sube el nivel sin imprimir nada.
Y mezclar las fichas del bingo de multiplicar con las del de dividir en la misma bolsa, que obliga a mirar el signo antes de calcular.
Qué edad
El de sumar, desde los seis. El de multiplicar, desde los siete u ocho. El de dividir, desde los ocho, con las tablas ya puestas.
Y a cualquiera de esas edades funciona mejor con tres o cuatro jugadores que con dos: con más gente hay más cuentas y más espera entre turnos.
Con abuelos o tíos también sirve, y ahí el adulto que calcula despacio ayuda más de lo que parece.
Cuánto por sesión
Dos o tres partidas cortas, veinte minutos. Es un juego y en cuanto se alarga deja de serlo.
Va muy bien un día a la semana, y mejor si es fijo: el material se saca sin discusión y se guarda igual.
Y conviene alternarlo con el memori y con los laberintos, que trabajan lo mismo con otro formato.
Antes y después de esto
El mismo formato con las tablas de multiplicar está en el bingo de las tablas. Y por qué reconocer un resultado es la habilidad que falta, en la tabla al revés.
Cómo practicarlo jugando
Divisiones con resto entrena buscar el múltiplo más cercano, que es lo que se hace en cada ficha cantada.
Tablas de multiplicar sostiene lo que aquí se aplica, y Encuentra la pareja mantiene el formato corto de partida.
Qué imprimir
El Bingo de dividir trae cartones para tres jugadores y las fichas con las divisiones para quien canta.
Para el formato con multiplicaciones, el Bingo de multiplicar. Y para emparejar en vez de cantar, el Memori de dividir.
Lo esencial
- Para saber si el resultado está en tu cartón hay que calcularlo: por eso todos hacen todas las cuentas.
- Cantar el resultado y que cada uno tache una división que lo dé es la versión difícil, y va después.
- El ritmo lo decide el más lento: si se canta rápido, deja de calcular y espera el número.
- Cartones de tres por tres y partidas cortas: se gana más a menudo y se pide otra.
- Si mira el cartón sin calcular, faltan tablas. Conviene bajar al bingo de multiplicar unas semanas.